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La educación en la encrucijadaIsmael Sanz

Ranking de Shanghái 2026: muchas universidades buenas, ninguna de élite

España coloca 30 universidades entre las 1.000 mejores del mundo, pero ninguna entre las 150 primeras. Dos trabajos recientes ayudan a entender por qué y qué implicaciones tiene

El pasado 15 de agosto se publicó la edición 2026 del Academic Ranking of World Universities (ARWU), el conocido ranking de Shanghái. España sitúa 30 universidades entre las 1.000 mejores del mundo, seis menos que en 2025, y 12 entre las 500 primeras. La Universidad de Barcelona vuelve a ser la mejor clasificada, en el tramo 151-200, seguida de la Autónoma de Barcelona y la Complutense de Madrid, ambas en el 201-300. Ninguna universidad española entra en el top 100, como en las ediciones anteriores. Reino Unido coloca 57 universidades entre las 1.000, Alemania 51, Italia 42 y Francia 27: en volumen, España está en la zona media de los grandes sistemas europeos. El sistema español es ancho, pero tiene poca altura.

Qué mide el ranking y dónde falla España

ARWU mide investigación de frontera: premios Nobel y medallas Fields de antiguos alumnos (10 %) y del profesorado (20 %), investigadores altamente citados de Clarivate (20 %), artículos en Nature y Science (20 %), artículos indexados en la Web of Science (20 %) y rendimiento per cápita (10 %). No hay ningún indicador de docencia, empleabilidad o abandono. El gráfico 1 muestra el perfil de las 12 universidades españolas del top 500 en los tres indicadores bibliométricos principales.

Las universidades españolas puntúan razonablemente en volumen de publicaciones indexadas (la Universidad de Barcelona alcanza 47,8 sobre 100, la Autónoma de Barcelona 44,6 y la Complutense 42,1), pero se quedan lejos en los indicadores que capturan la excelencia: ninguna supera los 20 puntos en artículos en Nature y Science ni en investigadores altamente citados, y solo la Complutense puntúa en el indicador de alumnos con Nobel o Fields. El 30% del ranking, el que corresponde a los grandes premios, es prácticamente inaccesible para todo el sistema español. Con ese lastre, entrar en el top 100 exigiría puntuaciones mucho más altas en los indicadores bibliométricos de las que hoy alcanza cualquier universidad española.

Universidad de élite

Un trabajo reciente de David Cutler y Edward Glaeser, de la Universidad de Harvard, publicado por el NBER en abril de 2026, ofrece una lectura útil para interpretar estos resultados. Los autores se preguntan cómo han sobrevivido las universidades durante casi mil años y concluyen que su fortaleza reside en un modelo organizativo híbrido: un gremio de profesores con gran autonomía intelectual, que atrae a personas con un gusto extremo por el conocimiento, combinado con una entidad independiente que protege el capital de la institución y ofrece garantías a los donantes. Ese equilibrio ha permitido a las universidades reinventarse una y otra vez.

Cutler y Glaeser muestran que la investigación universitaria estadounidense está extraordinariamente concentrada. Diez universidades acumulan la mitad de todo el gasto en investigación desde 1997, 25 concentran tres cuartas partes y 50 acumulan el 90 %. Esas mismas 25 universidades enseñan a menos del 5 % de los estudiantes de grado, y las 100 que realizan prácticamente toda la investigación del país forman aproximadamente a uno de cada diez estudiantes (gráfico 2). Citas, Nobel y patentes siguen el rastro del dinero: las 69 universidades de su primer nivel acumulan 185 de los 204 premios Nobel del periodo 1980-2020.

Las universidades que dominan el ranking de Shanghái son el resultado de una concentración deliberada de recursos, de una filantropía sin equivalente en Europa y de décadas de financiación federal competitiva canalizada a través de las universidades. Un sistema como el español, con financiación autonómica homogénea y escasa diferenciación entre instituciones, produce con naturalidad muchas universidades correctas y ninguna excepcional.

El contexto financiero: la OCDE avisa

El informe de la OCDE sobre sostenibilidad financiera de la educación superior, publicado en 2025, sitúa esta discusión en su marco presupuestario. España destina el 1,37 % del PIB a las instituciones de educación terciaria, una cifra muy próxima a la media de la OCDE (1,41 %) y superior a la de la UE-25 (1,24 %) e Italia (0,96 %), pero lejos de Estados Unidos (2,31 %) o Reino Unido (2,08 %), donde el gasto privado explica la diferencia (gráfico 3). El gasto público español, un 0,94 % del PIB, coincide exactamente con la media de la OCDE.

Dos rasgos españoles llaman la atención en el informe. Primero, más del 75 % del gasto corriente de las universidades públicas se destina a retribuciones del personal, uno de los porcentajes más altos de la OCDE, lo que deja poco margen para infraestructuras científicas y financiación competitiva. Segundo, España forma parte del grupo de países en los que la participación de fuentes privadas distintas de los hogares (empresas y fundaciones) ha caído en la última década, justo lo contrario de lo que sugiere el modelo que describen Cutler y Glaeser. La OCDE añade que la caída demográfica de las cohortes jóvenes obligará a reestructurar la red de instituciones y que cada vez más sistemas canalizan la financiación de la investigación mediante mecanismos competitivos y acuerdos de rendimiento con cada institución.

Conclusión

El ranking de Shanghái no mide la calidad docente ni el valor que las universidades españolas aportan a sus estudiantes y a sus territorios, que es considerable. Sí mide con precisión la capacidad de un sistema para generar ciencia de frontera, y en esa dimensión los datos de 2026 confirman un techo estructural. La evidencia de Cutler y Glaeser sugiere que ese techo tiene mucho que ver con la falta de concentración de recursos y de diferenciación institucional; el informe de la OCDE indica que la coyuntura demográfica y presupuestaria hará inevitable abrir ese debate. La pregunta para la política universitaria española es si quiere aspirar a tener alguna universidad entre las 100 mejores del mundo y, si es así, si está dispuesta a asumir el coste de decidir dónde concentrar el esfuerzo.

Ismael Sanz es profesor de la Universidad Rey Juan Carlos y Funcas