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Juan Carlos Corvera, presidente fundador de la fundación Educatio ServandaCedida

Juan Carlos Corvera, presidente fundador de Educatio Servanda

«El modelo educativo hace que reine la mediocridad y no se valore el esfuerzo y la meritocracia»

El presidente de Educatio Servanda advierte que «no serviría de nada hacer una ley educativa dentro del mismo terreno de juego» ni «seguir poniendo parches» sin atacar a la raíz de un sistema educativo que ha recibido el mayor varapalo de su historia

Un proyecto con la intención de «provocar un cambio en el modelo social» que respondía a una vocación. Así nacía el proyecto de Juan Carlos Corvera. 20 años después, la fundación Educatio Servanda ha logrado fundar 17 colegios, tres centros de FP y más de 27.000 alumnos desde primaria a bachillerato se forman en sus aulas.

El presidente fundador de la institución narraba para El Debate la necesidad de formar a los estudiantes en sus dimensiones humana y espiritual, la pérdida de autoridad del docente y la falta de un nuevo modelo educativo frente al fracaso de la LOMLOE, ilustrado en los desastrosos resultados del último informe PISA.

– Estamos en precampaña electoral y, a la hora de escoger a quién votar, Benedicto XVI hablaba de los 'principios no negociables'. ¿Cuáles son los de Educatio Servanda?

– Tenemos a san Juan Pablo II como patrón. Diría que lo nuclear es hacer una institución cristocéntrica, Cristo en el centro de todos nuestros proyectos. En cuanto a la forma, como san Juan Pablo II nos decía: «No tengáis miedo». No tener complejo a exhibir y a representar una institución que tiene al Señor en el centro. Después, en otro orden, estar siempre acompañados de la Iglesia, al no pertenecer a ninguna institución religiosa o movimiento. En Educatio Servanda somos laicos de muy distintos carismas y nuestro sitio es la diócesis, que es la que los acoge.

– En estos 20 años, ¿qué ha cambiado más, la educación, los alumnos, la sociedad?

– Las tres cosas. Intentamos adaptarnos a la realidad que viven nuestros alumnos, que también es distinta hoy que hace 20 años. Tampoco la educación hace 30 años era lo mismo que hace 60. Hay unas dificultades nuevas en esta época que no estaban en las anteriores, pero también otros medios. Es verdad que los alumnos y las familias son mucho más heterogéneos que antes. Antes la sociedad occidental tenía, más o menos, una configuración, una cultura, tenía tradiciones. Esto sí que es una diferencia más allá de las pantallas y de cuestiones instrumentales. Si vamos a la cuestión más antropológica, lo que verdaderamente ha cambiado es que el hombre ya no sabe quién es.

Hay una crisis antropológica de primer orden, que anunció Benedicto XVI con esa famosa frase de la emergencia educativa, porque el hombre ha perdido la referencia fundamental de que es criatura, se considera una persona autónoma, autorreferencial y eso preconfigura por completo la vida entera de una persona. Y eso preconfigura por completo la vida entera de una persona hasta el punto de no saber a dónde va. San Juan Pablo II dijo: «Solo Cristo revela el hombre al propio hombre». Entonces, cuando desaparece esa referencia fundamental para un católico, el hombre y el mundo que le rodea desaparecen. Y la dispersión antropológica, las mutaciones antropológicas con tantas cosas que vemos en nuestra sociedad nos parecen ya normales. Eso es una diferencia fundamental y está en el corazón del proyecto educativo.

Lo que verdaderamente ha cambiado es que el hombre ya no sabe quién esJuan Carlos Corvera, presidente fundador de la fundación Educatio Servanda

– ¿Se está olvidando de educar a la persona como ser humano?

Los colegios concertados tenemos un ideario, todos deberían tener expuesto y anunciar claramente cuál es su concepción de la educación del hombre, porque no existe la educación neutra. Todos los proyectos educativos tienen detrás una idea sobre el hombre que están educando.

Y, por lo tanto, en función de la visión antropológica que tú tienes de la persona, es hacia donde con un cierto proyecto.

Nuestra visión del hombre es un hombre creado, fruto del pecado original; hay que reconstruir toda su unidad rota y hay un proyecto antropológico que es el católico de siempre, traído en un contexto de educación. Sobre ese modelo se añaden todas las disciplinas –humanidades, ciencias, etc,– que se tienen que aprender en un colegio. Un colegio católico no se puede centrar exclusivamente en una cuestión de excelencia académica. La excelencia verdaderamente es el hombre completo, en su concepción antropológica y en su cultura y en su formación.

– Cuando llegas al colegio, lo primero que se encuentra es la frase escrita en piedra: «Educar en la Verdad para ser libre». ¿Qué significa esta frase?

– Y Verdad escrito en mayúsculas porque es Jesucristo. Educamos en la verdad en sus dos dimensiones: la mayúscula y la minúscula. Las verdades de las ciencias y las humanidades, un proyecto que huye del relativismo moral. No todo es relativo. Hay verdades inmutables, que es donde hay que educar a nuestros jóvenes.

Cuanta más cultura, más información, cuanto más conocemos de aquello sobre lo que tenemos que decidir, más libres somos sobre nuestra propia elección. La verdad y la libertad se relacionan siempre en proporción directa. Si me conozco personalmente, con mi antropología adecuada y correcta, quién soy, puedo ser más libre sobre mis propias decisiones.

– Y, en todo esto, ¿dónde queda la familia?

– Es central. El proyecto está completamente subordinado al de la familia. Los padres somos los que tenemos el derecho original, primario e inalienable de la educación de nuestros hijos. Los hijos son de los padres, porque si decimos que no lo son, entonces, ¿de quién son? La exministra Celaá diría que «son del Estado».

Los hijos son de los padres y nosotros somos quienes tenemos la responsabilidad de su educación. Y nos acompañamos de instituciones educativas para procurar a nuestros hijos una enseñanza en aquellas materias a las que nosotros no podemos llegar en casa. El orden ontológico es persona - familia - escuela - Estado. Si ponemos primero al Estado, estamos alterando por completo el orden.

– ¿Qué papel juega el docente en este orden? ¿Se ha perdido el respeto por su figura o ha sido incluso el propio profesor quien ha perdido ese sentido de responsabilidad en la formación?

– Los docentes lo tienen complicado por muchas cosas. Y lo tienen cada vez más difícil, por citar algunos, porque ha perdido autoridad. Sin autoridad es muy difícil enseñar. Si la mitad del tiempo que un profesor tiene para hablar de una cuestión concreta es pidiendo que los chicos estén en silencio, poniendo orden, pues lo pierde para enseñar.

Cuando hay un conflicto, sistemáticamente, aunque no siempre, el padre se pone de la parte del alumno y en contra del profesor, que se desmotiva y a la siguiente dice: ‘pues que el niño haga lo que quiera porque me meto yo en un lío’. No es tan fácil. Tienen poco reconocimiento social, no tienen el salario que deberían tener, la cantidad de burocracia que tienen que hacer los profesores es enorme. La enseñanza no está para hacer papeles y que esté todo el mundo cubierto si pasa algo. El sistema en sí cada vez dificulta más la relación del alumno y el profesor.

El modelo educativo hace que reine la mediocridad y no se valore el esfuerzo y la meritocraciaJuan Carlos Corvera, presidente fundador de la fundación Educatio Servanda

– Mencionaba antes a la exministra Celaá. Estamos a las puertas de una nueva legislatura después de que por el Ministerio de Educación hayan pasado dos ministras y su legislación ha sido prácticamente nula. ¿Qué balance se puede hacer?

– Tengo una opinión muy negativa, no solo de esta última legislatura. Aunque ha habido nuevas leyes, la LOMLOE es una vuelta de tuerca más en un sistema educativo fallido. El sistema de enseñanza en España es un sistema fallido, lo dice el informe PISA de hace un mes. Cuando año tras año el modelo de medición arroja peores datos, no es un problema puntual, es estructural. Y no es cuestión de dinero, porque la inversión en educación por ratio por alumno está en la media de la OCDE. No es un problema de ratios, que también estamos en la media. Es un problema de modelo.

Nos hemos ocupado de legislar en un terreno de juego pensado por una serie de corrientes pedagógicas y filosóficas preeducativas. Me parece que no serviría de nada hacer una ley educativa dentro del mismo terreno de juego. No podemos seguir poniendo parches en las leyes actuales porque no va a la raíz.

– ¿Por dónde pasa ese modelo?

Uno de los paradigmas es poner como mantra la igualdad entre los alumnos. Es un error absoluto. Ningún alumno es igual a otro. Ninguna persona lo es. Hemos confundido la igualdad en la oportunidad de acceso a la enseñanza, que nadie la discute, con la uniformidad.

Las leyes están obsesionadas con que todo el mundo estudie lo mismo a la vez, a la hora, las mismas asignaturas, sin diferenciar itinerarios y sin tener en cuenta las capacidades que tienen alumnos diferentes.

Parece que garantiza que todo el mundo estudie una carrera y la termine. No todo el mundo está capacitado. No pasa nada porque se especialicen en una rama y otra. Un ejemplo anecdótico: si el 90 % de los alumnos fueran a estudiar una carrera de Ingeniería de Caminos, ¿qué nivel hay en esa Ingeniería? Es cuestión de sentido común. Para que todos puedan serlo, habría que bajar el nivel de la existencia.

Si mi objetivo es que todo el mundo tenga unos estudios superiores, produzco una pérdida de excelencia. Si paso de curso igual que el que no estudia, ¿qué alumno es el que va a imitar al otro? Es un modelo que hace que reine la mediocridad y no se valore el esfuerzo y la meritocracia.

Si una escuela católica no pone en contacto a los alumnos y a sus familias con Jesucristo, está faltando a su misión primordial, la insustituibleJuan Carlos Corvera, presidente fundador de la fundación Educatio Servanda

- ¿Qué papel puede jugar la educación concertada dentro del sistema educativo, perseguida tantas veces por parte de la izquierda en nuestro país?

– Una oportunidad de libertad de elección. Si no existieran los colegios de la escuela concertada con ideario católico –prácticamente están todos– y solamente fueran privados, se daría la imposibilidad de la igualdad de oportunidades en el acceso y solo estudiarían los que tuvieran dinero.

La concertada, sea cristiana o sea de cualquier otro ideario, lo que hace es que da una mayor oportunidad de elección a las familias. Es fundamental si no queremos un sistema uniforme, que es a donde nos quieren llevar muchas veces. Por eso tiene tantos ataques la concertada, porque se sale del modelo de escuela, como dicen, única, pública y laica.

- En otros proyectos educativos católicos, se puede comprobar que la mayor barrera con la que se encuentran los docentes principalmente es la de transmitir la fe. ¿Qué se debe revisar? ¿Qué se hace aquí diferente?

– Se debe tener claro lo que uno quiere cuando abre una escuela católica. Si queremos enseñar a los alumnos la paz, la solidaridad, que no sean egoístas, que sean buenos compañeros, no hace falta un colegio de ideario católico. Se abre para poner en contacto a los alumnos y a sus familias con la persona de Jesucristo, que es lo específico de la escuela católica. Si una escuela no lo hace, está faltando a su misión primordial, la insustituible para un colegio católico.

Se hace a través del día a día desde el departamento pastoral, pero también desde el conserje, los que limpian y los profesores. Se crea una atmósfera de un colegio que tiene esta misma concepción de la vida en sus protagonistas.

– ¿Faltan católicos en la vida pública?

– No lo sé. Lo que me parece es que tenemos que hacer autocrítica. De manera creciente estamos viendo cómo los jóvenes tienen cada vez un menor complejo de decir que son cristianos. Los católicos tenemos que estar presentes en la vida pública, estas corrientes que dicen que el hecho religioso es algo que se debe vivir en privado son una falacia. Yo soy del Atlético de Madrid y no lo escondo. Y si soy católico, no debo esconderme. El católico tiene que manifestar su fe allí donde está, sin hacer cosas extrañas, con naturalidad, pero sin esconderse.