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Sánchez prepara el «estado de conmoción» con Trump y Venezuela

Cada excepcionalidad es una fuga hacia adelante y ahora la intervención de Trump en Venezuela puede reportarle ese «cisne negro» –esa oportunidad inesperada– que anhela y que, en su desespero, le retrotraiga a julio de 2023, cuando su dulce derrota no le supuso desalojar La Moncloa

Imagen de archivo del presidente del Gobierno, Pedro SánchezEuropa Press

En horas 96, el dictador Maduro pasó de montar su privativa fiesta de Nochevieja para conjurar los ultimátum estadounidenses, luego de que Donald Trump determinara una recompensa por él como líder del cártel de los Soles, a ser capturado en territorio venezolano por fuerzas especiales en la operación «Resolución Absoluta». De interpretar la versión chavista del «Don't Worry, Be Happy», de Bobby Mc Ferrin, a saludar con un «Happy New Year» a los vigilantes de la prisión federal de máxima seguridad ubicada en Nueva York. De querer burlar la realidad a sufrir su venganza.

Hay quienes arguyen que es la mejor de las noticias materializada de la peor manera posible, pero ¿cómo se deshace el nudo gordiano de una satrapía que, por la vía de los hechos consumados, pervierte una democracia en tiranía y sojuzga a sus ciudadanos a los que expolia su riqueza nacional al sentirse impune dentro de sus fronteras a modo de cueva de ladrones? Con 8 millones de venezolanos exiliados, la alegría de los demócratas por el encarcelamiento del opresor debe festejarse tanto como mover a la prudencia para que el aplauso de la entrada tenga la felicidad de la salida con una martirizada Venezuela libre.

Mucho más con la imprevisibilidad de un Trump que no se acomoda a ningún manual y al que no anima primordialmente –como debe saberse ya por su errática conducta con Ucrania tras la invasión rusa– corregir los pucherazos chavistas contra la voluntad del pueblo venezolano expresada en medio de mil y una dificultad. No secunda precisamente a Kennedy cuando, en su discurso inaugural del 20 de enero de 1961, invitó a sus compatriotas a «pagar cualquier precio, soportar cualquier carga, afrontar cualquier rigor, apoyar a cualquier amigo, oponerse a cualquier enemigo para asegurar la supervivencia y el triunfo de la libertad».

La alegría de los demócratas por el encarcelamiento del opresor debe festejarse tanto como mover a la prudencia para que el aplauso de la entrada tenga la felicidad de la salida con una martirizada Venezuela libre

Más que «un nuevo mundo de ley» por encima de los equilibrios entre los imperios, Trump busca ser gendarme –no guerrero– de los intereses norteamericanos aplicando su derecho penal extraterritorialmente en un mundo repartido en zonas de influencia con una Unión Europea a la que desdeña hasta como protectorado. De ahí que, para desconcierto de los demócratas que exigen que María Corina Machado sea el motor del cambio en Venezuela, en vez de confiar en que éste se obre desde dentro por jóvenes saurios del régimen como la vicepresidente Delcy Rodríguez, Trump ha abogado por esta última opción bajo la longa manu de Washington. Ello circunscribiría la acción militar relámpago estadounidense a ejecutar una resolución judicial contra Maduro y su esposa como prófugos de los delitos de tráfico de drogas y de armas. Esto, empero, no sería baladí para España teniendo en cuenta que la Administración Trump dispondría de pruebas contra el expresidente Zapatero y sus negocios con el chavismo donde Delcy Rodríguez le distingue cariñosamente como «mi príncipe».

A nadie escapa el paralelismo entre esta detención de Maduro y la del general panameño Manuel Noriega, alias «Cara de piña» por narcotráfico con Bush padre en la Casa Blanca. Si antaño EEUU mató dos pájaros de un tiro, dado que lo que más inquietaba era conservar el Canal de Panamá, hogaño otro tanto con el petróleo venezolano. ¡Oh, el petróleo! Ello mueve al escándalo de la izquierda adictiva en su campaña de blanqueamiento de la dictadura chavista denunciando la injerencia de EEUU y desentendiéndose de la suerte de los venezolanos. Pero ¿acaso ese intrusismo no existe ya por parte de China, Rusia, Irán y Cuba que ocupan el país y agitan el patio trasero a Washington?

Obviamente, EEUU quiere el hemisferio franco de esos rivales estratégicos y, por eso, el ataque sorpresa se registró a las pocas horas de que Maduro, en su último acto oficial, ratificara con un enviado especial de China la hermandad entre ambas naciones. No en vano, Xi Jinping haya incrementado su presencia en la zona amenazando con adueñarse del Canal de Panamá. Mediante su posicionamiento en puertos claves, impone su hegemonía más lejos de donde alcanza su ejército.

Salvo para los que usan anteojeras ideológicas, Pekín, Moscú, Teherán y La Habana no conforman ninguna comunión de filántropos frente al avaro «tío Gilito» Trump, pues todo ellos se ajustan al común pragmatismo de que los países no poseen aliados eternos y enemigos perpetuos, sino intereses eternos y perpetuos, cuya obligación es custodiarlos. Cuando se habla de retorno de Trump a la «Doctrina Monroe», esgrimida en 1823 por aquel presidente, según la cual cualquier tentativa europea –señaladamente, España– de «extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio» se concebiría como acto de hostilidad contra EEUU, se olvida que esa prédica tiene su correspondiente traducción china y rusa. Algo que, al parecer, llama la atención al sanchismo que, ciertamente, supedita los intereses españoles a terceros, ya sea en política doméstica o internacional, cediendo lo que sea menester en ambos predios.

Sánchez ambiciona sacar tajada dando una patada al tablero con esa excusa y esquivar su apurada situación

Cuando Sánchez rechaza el plan de Trump porque viola la legalidad, no procura ninguna desescalada en la crisis de Venezuela y menos ofrecer sus oficios para una solución al estar alineado con el chavismo y con su continuidad sin Maduro si es necesario. Ambiciona sacar tajada dando una patada al tablero con esa excusa –como hizo en primera instancia con Ucrania y luego con Gaza– y esquivar su apurada situación. ¡Qué mejor comodín con una estabilidad parlamentaria en el aire y un calendario judicial que compromete a su familia y a su partido en un ciclo electoral en el que pintan bastos tras su debacle en la antaño aldea gala extremeña!

Desde la pandemia del COVID, cada excepcionalidad es una fuga hacia adelante y ahora la intervención de Trump en Venezuela –ajeno al consenso europeo– puede reportarle ese «cisne negro» –esa oportunidad inesperada– que anhela y que, en su desespero, le retrotraiga a julio de 2023, cuando su dulce derrota no le supuso desalojar La Moncloa. A estos efectos, el «tiktoker» Sánchez hará su particular adaptación del «estado de conmoción» que decretó Maduro a raíz de los bombardeos ordenados por Trump para mandar sin sujeciones del Parlamento y mediante decretos, así como para tratar de reagrupar la coalición Frankenstein para sacar adelante, si no los Presupuestos, sí la contrarreforma judicial que subordine a los jueces al Gobierno como la Fiscalía General, donde la sustituta del condenado Ortiz, Teresa Peramato, hace honor al mote de «Por Pedro Mato».

Entre tanto, Sánchez embute el censo electoral con votantes provenientes de hijos y nietos de emigrantes hasta configurar Argentina como gran circunscripción y dispara el gasto electoral exponencialmente so pretexto del nuevo escudo social(ista) entre una población a la que empobrece. De esta guisa, de forma más solapada que el Estado de Emergencia del COVID que le permitió arrogarse poderes extraordinarios, este «estado de conmoción» le pasaportaría por encima de su infierno actual. No cabe duda de que todo este empastre tiene el desagradable olor de la verdad por parte de quien deviene en autócrata por una vía pareja a la del autogolpe de Chávez hace un cuarto de siglo ante la ceguera de quienes, por vencer en comicios aparentemente competitivos, minusvaloraron cómo copaba instituciones claves para la alternancia democrática.