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El mal de altura de Vox y el aniversario de Aznar

A nadie se le escapa que Vox vive por partida doble de Sánchez como el PP de Rajoy usufructuaba a Podemos para debilitar al PSOE y alejarlo de La Moncloa

BURGOS, 27/02/2026.- El presidente de VOX, Santiago Abascal, durante el mitin electoral celebrado este viernes en Burgos. EFE/Santi Otero

El presidente de Vox, Santiago Abascal, durante el mitin electoral celebrado el viernes en BurgosEFE

Hace años, el pugnaz Amando de Miguel, el gran sociólogo español contemporáneo, junto a su maestro Juan José Linz, y con el que España se comportó como una madrastra como sucede con sus mejores hijos, pronosticó que advendría el día en que muchos de los asuntos que, frente al discurso políticamente correcto que imperaba entonces, introducía una organización maldita como Vox se abrirían paso como lo más natural del mundo y serían adoptados como gran novedad por fuerzas entonces refractarias a siquiera hablar de ello.

De hecho, ya el PP ha asumido ese principio cardinal de realidad para evitar la fuga de sus votantes que tienen esos apremiantes problemas a la puerta de la casa, sino dentro, debido a un estado de bienestar que devenido en asistencial y que desplaza a esas depauperadas clases medias a ser los últimos de la cola. Pero también cierta izquierda que se despereza de la somnífera y alienante agenda woke por parte de una «nomenklatura» de pijocomunistas que, originarios muchos ellos de las clases bien del sistema, preservan su caviar travistiéndose de menesterosos de ropa cara.

En efecto, es lo que ha hecho Emilio Delgado, portavoz adjunto de Más Madrid en la Asamblea de Madrid, arrojando al estanque de la izquierda reaccionaria una piedra que les ha salpicado su atuendo de marca a todos ellos. La caída del caballo sobrevino inopinadamente el pasado 18 de febrero en su charleta sobre los retos de la izquierda con el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, ahora independentista fijo discontinuo, donde Delgado abordó temas tabú como la emigración o como se invisibiliza la heterosexualidad. Al rasgar ese velo, desató una gran tremolina de aúpa en el «Frente de liberación de Judea» de la ultraizquierda que, con el viático de Sánchez, busca hogaño reconstituirse en un dizque «Frente Amplio de Izquierdas». Al parecer, comandado por el ministro Bustinduy, hijo de Ángeles Amador, exministra felipista luego recompensada con salario de oro en Red Eléctrica doce años, quien gusta exhibir la pose de parias, como en la instantánea rescatada estos días del Parlamento Europeo junto a Pablo Iglesias.

Algo que no necesita impostar Delgado, quien trabajó una década como educador social con menores en situación de vulnerabilidad antes de ser concejal en Móstoles y cuyo padre fue oficial de albañilería que ejercía como sindicalista de CC.OO. «después de toda una jornada por andamios y tejados». Delgado parece emerger como un pecio del resto del naufragio comunista que, como en Francia, se vio despojada de sus electores por el Frente Nacional de Le Pen como luego los socialistas tras favorecerlo Mitterrand con todos los medios del Estado para dilatar el regreso de la derecha tradicional al Palacio del Elíseo.

Tornando a Amando de Miguel, este intelectual cimarrón hecho a navegar a contracorriente tiró de la conocida expresión evangélica «la voz que clama en el desierto», con la que Juan Bautista anticipó la buena nueva que lograría imponerse en todo el Imperio de Roma, para significar la tarea histórica de Vox. No en vano, pese a la hostilidad del establishment y a la imposición de etiquetas como «fascista» que él entendía defensivas por injustificadas, Vox irrumpiría con sorprendente crecimiento en afiliados y sufragios desde su debut andaluz de 2018.

Ello acreditaba fehacientemente que la oferta crea la demanda si ésta no se halla bien servida. Así, dado que la naturaleza de la política aborrece el vacío, Vox cubría con el automatismo de la ley de la gravedad el hueco del PP cobrándose las inconsistencias de la mayoría absoluta dilapidada por Rajoy. Sin duda, éste actuó como un eficaz administrador concursal de la España en bancarrota que le legó Zapatero, pero no emprendió agenda reformista alguna –se limitó a soterrar las leyes de ingeniería social zapaterista–, como sí operó Aznar tras su «amarga victoria» de marzo de 1996 –mañana se cumple el 30º aniversario– ante un González que estuvo a punto de desviarle el penalti decisivo del último minuto, evocando aquel encuentro entre políticos y periodistas de la Transición en que se enfundó la zamarra de cancerbero.

La victoria de Aznar en las generales de 1996

La victoria de Aznar en las generales de 1996

Sin embargo, para el hombre de los mil y un libros que fue Amando de Miguel, partiendo de que «Vox no se sitúa en la extrema derecha del espectro de partidos sino en frente de todos ellos», no será nunca un partido de Gobierno, sino una «voz» que aspira a ser oída. Esa peculiaridad ayudaría a desentrañar tanto el mal de altura que sufre la formación al rondar la cota del 20 % del voto, así como que su jefe de expedición, Santiago Abascal, se esté desprendiendo a puntapiés de muchos de los sherpas que le han escoltado en la escalada –muchos de los cuales podrían figurar en muchos gobiernos por su valía y formación– y conserve a su vera a quienes le adeudan la posición, pero no vivirían mejor fuera de la política que en ella, confundiendo la inexcusable lealtad con el infecto servilismo.

Aunque las encuestas las carga el diablo, todas ellas columbran que, como partido de la situación, Vox seguirá engordando en Castilla y León este 15-M como en Extremadura y Aragón hace semanas, si bien en un porcentaje menor porque, a diferencia de estas últimas, experimentó un gran estirón hace cuatro años, por lo que habrá que atenerse al porcentaje de voto, y no de al de incremento. Pero, cerradas estas urnas, Abascal deberá elucidar si refrenda las investiduras de los presidenciables del PP, bien participando de sus Ejecutivos o fuera de los mismos, o cae en la tentación de prolongar la inestabilidad hasta las elecciones generales. Algo tan fascinador como suicida, si bien supondría un favor impagable a un desahuciado Sánchez que anda a la espera de cazar un «cisne negro» que sería Abascal en ese caso.

A nadie se le escapa que Vox vive por partida doble de Sánchez como el PP de Rajoy usufructuaba a Podemos para debilitar al PSOE y alejarlo de La Moncloa hasta que el PNV lo traicionó tras donarle las cabezas del delegado del Gobierno, Carlos Urquijo, y de la responsable de la Abogacía del Estado en el País Vasco, Macarena Olona. De un lado, la agenda radical de Sáncheztein ceba el número de electores que reclaman una mayor contundencia que la del PP y que Vox satisface al carecer de encomiendas de Gobierno. Y, de otro, Sánchez retroalimenta a los de Abascal avivando su esperanzas de poder dar el sorpasso a Feijóo. Hace siete años, en abril de 2019, ante el veto de la Junta Electoral a la comparecencia del novel Abascal en el único debate al que quería asistir Sánchez, el inquilino de La Moncloa ya supeditó su celebración a que el líder de Vox acompañara a Casado, Rivera e Iglesias.

En esta encrucijada, Abascal encara el dilema al que se enfrenta todo alpinista: ha de ser arrojado para tener éxito; pero, si lo es en exceso, pone pie en la tumba al ser sumamente delgada la línea que deslinda el entusiasmo y la temeridad. Fue ése el sino fatal de Iglesias, tras congregar Podemos a los indignados de la crisis financiera de 2008, y de Rivera, al concitar Ciudadanos la lucha contra el golpismo catalán y la corrupción de los populares, al anteponer ambos reemplazar en un golpe de suerte a PSOE y PP. Otro tanto le puede acontecer a Abascal cuando su electorado le exige desalojar a Sánchez de La Moncloa en vez de politiquear con el «cuanto peor mejor».

A este propósito, es muy ilustrativa la anécdota que se cuenta sobre Rivera cuando Juan Carlos Girauta le preguntó en diciembre de 2012 mientras ambos recorrían Madrid en taxi: «¿Sabes que serás el próximo presidente del Gobierno?» y su otrora jefe de filas le contestó con un indubitado: «Sí». Tras la debacle de noviembre de 2019 (pasó de 57 a 10 diputados), engrosa la lista de expresidenciables como Iglesias atrapados los representantes de la «nueva política» en ese síndrome que lleva a que, en el montañismo, se discierna entre escaladores inteligentes y muertos.

Algo que avizoró González cuando el alcalde de Madrid, Enrique Tierno Garván, tras absorber el PSOE al PSP con sus deudas, le fue con las del beri. Tras la frustración que generó la segunda derrota de 1979 ante Adolfo Suárez, el 'Viejo Profesor' le espetó: «A la marcha que vamos subiendo la montaña, González, nunca llegaremos a la cumbre». Aunque luego se supieran las prisas socialistas al trasluz de sus coqueteos con la «Solución Armada» del 23-F, tras reunirse con el general golpista tres altos dirigentes del PSOE en Lérida, quien obtuvo al poco una aplastante mayoría absoluta de 202 escaños le trasladó sin acritud a su interpelante el consejo de los sherpas nepalíes a los aventureros que se arriesgan a conquistar el Himalaya: «En vez de querer coronar la cumbre como si tuvieras 20 años, hazlo mejor como si tuvieras setenta».

Pero claro aquellos tiempos no son estos del siglo XXI en el que, como sostenía Amando de Miguel, el verdadero mal es el exhibicionismo, esto es, la obsesión por llamar la atención haciendo alarde de uno mismo.

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