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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

Tres cartas ganadoras pendientes del mismo comodín

Ha llegado el momento de que Feijóo y Abascal pongan sus cartas sobre la mesa

Abascal y Feijóo

Abascal y Feijóo

Con sus tres victorias sucesivas en el rally electoral del presente curso a expensas de si Sánchez agota legislatura o bien anticipa antes de 2027 los comicios generales por la aparición de algún suspirado «cisne negro», cuyo impacto pusiera patas arriba el tablero político haciendo que lo improbable sea factible, el PP atesoró ayer en Castilla y León su tercer as consecutivo, luego de sus éxitos en Extremadura y Aragón, después de 40 años de hegemonía política. Conviene subrayar además que el PP es el único partido tradicional europeo, incluidos los socialistas, que se mantienen en niveles por encima del 30% con una fuerza a su derecha como Vox rondando como ayer el 20%.

No obstante, los populares necesitarán igualmente del comodín de Vox, no ya para que ese trío pueda conformar un póker, sino para que esos triunfos redunden en mayorías parlamentarias que estabilicen la gobernabilidad de esas tres autonomías en las que la derecha concita más del 50% de los votantes. Con esos valiosos naipes puede armarse una buena baza para que a Pedro Sánchez se le caiga la baraja entera de la mano. Siempre que PP juegue bien sus ases y Vox sus comodines porque ya, sin que pueda aguardarse a la celebración de la cita andaluza de esta primavera, ha llegado el momento de que Feijóo y Abascal pongan sus cartas sobre la mesa.

De no hacerlo, serán ellos mismos el «cisne negro» que anhela como agua de mayo un ludópata de la política como Sánchez que está hecho a abrirse paso a base de trampas primero dentro del PSOE y luego para arribar y sostenerse en La Moncloa. No en vano, con hechuras de jugador de póquer desde que conoció a «la chica de Sabiniano» (Gómez, el de los prostíbulos), su carrera política está marcada por el desbordamiento tanto de las líneas rojas de los usos democráticos como de la propia legalidad. Todo ello a base de lanzar órdagos a la grande frente a quienes se remiten al cumplimiento de una ley cuando ya no hay prácticamente instancia con capacidad de exigírselo a quien ha colonizado todas las instituciones salvo una Justicia a la que trata de avasallar desde que anda trepado en la Moncloa. Como señala Shakespeare, el destino es el que mezcla y revuelve las cartas, pero «nosotros somos los que jugamos».

Claro que, cual jugador de póquer que acelera cada vez que una jugada le sale torcida, a Sánchez la instrumentación de su impostado «¡No, a la guerra!» no le ha servido gran cosa para su guerra doméstica de las elecciones de Castilla y León, donde echó toda la carne en el asador escoltado por el lobista Zapatero tratando de ocultar sus negocios con el rescate de Air Europa y sus tejemanejes con Venezuela y China. Si ya resultó un petardazo las manifestaciones convocadas en la jornada reflexión, el desenlace de ayer en Castilla y León lo refuerza cuando era un momento propicio para un PSOE que arrastraba sus peores resultados en la comunidad autónoma y que podía aprovechar el lógico desgaste del PP tras décadas de gobiernos populares, así como la práctica extinción de una extrema izquierda que, además, se presentó más dividida que el Frente Popular de Judea de «La vida de Brian». Pese al espejismo que supone ganar dos escaños más, hay que recordar que lo hace casi como partido único de la izquierda porque los 25 escaños de 2015, en su peor bagaje, coincidió con la irrupción de Podemos -hoy extinto- con diez procuradores.

En este sentido, la bandera de conveniencia alzada por Sánchez ha resultado, a ojos del elector, más falsa que el cabestrillo de la activista socialista Sarah Santaolalla que, como «Marta, dedos rotos» con el procés catalán, denunció una falsa agresión que ella misma ha puesto en evidencia la últimas horas en un videoblog que ha tenido que retirar deprisa y corriendo la interfecta al aparecer sonriente aplaudiendo con tal entusiasmo que golpea con fuera el brazo que ya el dictamen forense determinó que no había absolutamente nada al tratarse de una prueba falsa de una figuranta de la mentira.

En este sentido, el nuevo éxito de Alfonso Fernández Mañueco hay que subrayarlo en todo lo que vale frente al crecimiento de Vox que, sin embargo, no ha podido superar la cota del 20%, si bien ya había experimentado su gran estirón hace cuatro años a diferencia de Extremadura y de Aragón, al poderle haber penalizado que cunda la impresión, tras su espantada del Gobierno autonómico, de que estaría en una estrategia de bloqueo con parlamentos colgados. Tampoco le ha debido favorecer la purga operada por Abascal entre los fundadores del partido para quedarse él como caudillo único de un partido personalista al bastarle con invocar los problemas para que los votos sigan fluyéndole.

Esa circunstancia puede hacer que, al «Vivir la tentación arriba», como en la popular película de Marilyn Monroe que le costaría su divorcio con la estrella del béisbol norteamericano Joe di Maggio tras asistir éste al rodaje del filme del maestro Billy Wilder y presenciar la secuencia de la ventilación del metro en la Avenida Lexington ante una multitud enfebrecida gritando como cafres cada vez que a su mujer se le veían las bragas, Abascal evite la sugestión del Pablo Iglesias de los 71 escaños de 2016 con el PSOE de Sánchez de los 85 y del Albert Rivera de los 57 diputados de 2019 con el PP de Casado los 66, pues ya es sabido desde Plutarco que «los dioses ciegan a quienes quieren perder». Cada uno de ellos, siguiendo patrones diferentes, acabarían descarriados.

En este sentido, el dilema de Abascal, tras aplicarle a los cofundadores del partido la campana de Huesca evocando la decapitación de Ramiro II El Monje de una docena de nobles a los que reunió bajo el ardid de fabricar una campana tan grande que oyera todo el reino, es mantener la idea fundacional de Vox para acabar con las políticas de Sánchez o convertirse en «Nox», como en la parodia de «Torrente, presidente», de Santiago Segura, para anteponer el desplazamiento del PP como primera fuerza de la derecha en un proceso de retroalimentación antisistema con Sánchez alimentando el juego amigo-enemigo por el que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Se trataría de aplicar el «cuanto peor, mejor», esto es, la vieja fórmula de Mirabeau, el controvertido escritor y diplomático francmasón, para finiquitar el proceso revolucionario francés. Su idea «política de lo peor» estribaba en que, ante la imposibilidad de rechazar al movimiento popular, había que excitarlo porque, al aumentar la injusticia y la insatisfacción, crecería la demanda de orden encarnada en la figura del Rey.

Al vivir de Sánchez por partida doble -sus políticas lo alimentan y su crecimiento alejaría una alternativa de derechas-, Abascal podría entrar en la estrategia de Sánchez como Le Pen padre con Mitterrand después de que el presidente socialista modificara la ley electoral en el año 1985 para favorecer el auge del «Frente Nacional» de Jean-Marie Le Pen y pusiera a su servicio los medios de comunicaciones gubernamentales para impedir que la derecha democrática lo desalojara del Palacio del Eliseo. De hecho, es lo que ya posibilitado en Portugal, con la contribución de la división del centro derecha, que las últimas elecciones presidenciales se dilucidarán entre el socialista António Seguro, ganador con un 66%, y el candidato populista de Chega, André Ventura, que es la versión vecina de Vox. Por eso, Abascal ha debido soñar con un «sorpasso» al PP tras las elecciones del 27 para convertirse em el principal partido de la derecha a riesgo de eternizar a Sánchez como Le Pen hizo con Mitterrand. A este fin, Sánchez daría por bien empleada su derrota -como en la antesala del 2023- en todas las autonomías, salvo en Cataluña que es su filón de oro y también su fondo de reserva al atraerse a los votantes independentista en las generales bajo la amenaza de la entrada de Vox en el Gobierno.

Sin embargo, entre negarse a ser el hijo pródigo del PP del que salió como consecuencia de los errores de Rajoy y matar al padre que es una tentación que está en la mente, bien haría Vox en asumir el aviso de los electores de ambos partidos, con sus diferencias y desacuerdos, deben construir una alternativa que haga posible el desalojo después de que el crecimiento del PP tras cuatro décadas de gobiernos ininterrumpidos se haya acompañado del de Vox, a diferencia de lo acontecido en la izquierda. En cualquier caso, ante la disyuntiva sanchista de más Castilla y León o más «No a la guerra», los ciudadanos dieron ayer una aplastante respuesta. Por tanto, hay que insistir que nada de que PP y Vox están condenador a entender, sino reiterar: ¡Condenados entenderse!”. Al menos, anoche Abascal pareció entender el mensaje prometiendo un cambio de rumbo en Extremadura, Aragón y Castilla-León.

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