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Las mentiras sobre Irak de Aznar... o de Sánchez

Una de las milongas más repetidas es que España participó en la guerra, es decir, luchó. También ha calado. No, señor. España no envió efectivos en la invasión

José María Aznar recibe a George Bush en el Palacio de la Moncloa, en junio de 2001

José María Aznar recibe a George Bush en el Palacio de la Moncloa, en junio de 2001AFP

La demonización que, para ridiculizar al PP, hace Pedro Sánchez por el apoyo que ese partido prestó a la guerra de Estados Unidos contra Irak en 2003 tiene algo de hipocresía y su argumentación está basada en un montón de falsedades. Una vez más, como en los recuerdos de nuestra Guerra Civil o de nuestra dudosamente santa república, la izquierda ha ganado avasalladoramente el relato. Objetivamente, en los tres casos, es inexplicable, pero es así.

Para comenzar, admitiré que la guerra de Irak se hizo sin la bendición de la ONU, también sin su condena, lo que coloca la intervención fuera del derecho internacional. Pero también se actuó sin la autorización onusiana en el caso de Kosovo, actuación que tenía mucha menos base jurídica que la de Irak, y la izquierda permaneció callada y no le interesa recordar el detalle.

Veamos las conclusiones erróneas que se utilizan para reforzar el no a la guerra de Irak:

1) El trío de las Azores –Bush, Blair, Aznar– se inventó lo de las armas de destrucción masiva para intervenir. Lo de la invención es una sandez. En aquel momento, TODO EL MUNDO creía que Sadam las escondía. Las había utilizado años antes profusamente contra Irán y contra los kurdos, mareaba la perdiz toreando a los inspectores de la ONU y, en las fechas anteriores a la guerra, incluso los adversarios a la intervención lo afirmaban. También el francés Chirac, decidido adversario de Bush en esta ocasión: «Nucleares, no lo creo. Otras creo que sí. Hay que encontrarlas y destruirlas». El egipcio Mubarak: «Si Sadam revela el paradero de TODAS LAS ARMAS de destrucción masiva, puede ser posible la paz». No recuerdo asimismo que NINGÚN colega en la ONU en la semana del ataque me dijera ni una vez que lo de las armas era un camelo. Bastantes me dijeron que lo de la intervención saldría mal, pero ninguno negó lo de las armas.

El primer ministro de Portugal, Durao Barroso; Tony Blair, George Bush y José María Aznar, en las Azores

El primer ministro de Portugal, Durao Barroso; Tony Blair, George Bush y José María Aznar, en las AzoresEFE /EPA

2) Igual de falaz es apuntar que el honesto inspector de la ONU, el sueco Blix había dicho que no había armas. Mentira. El 27 de enero de 2003, seis semanas antes de la intervención, afirmó en el Consejo de Seguridad —yo fui uno de los que le preguntó— que él no las había encontrado, que necesitaba más tiempo, pero que «Irak (su cúpula) no había llegado a una aceptación sincera, ni siquiera hoy, del desarme que se le exige». En una entrevista posterior a Time, él, que no gustaba de la intervención, recomendaba al Consejo «que no tenga ninguna confianza en Sadam Hussein».

Repito, lo del invento de la amenaza es falso. Otra cosa es que a Bush le interesase magnificarla para justificar el ataque, pero la creencia era universal. Es un hecho, con todo, que cuando los americanos conquistaron Irak no encontraron las armas. La explicación más plausible es que Sadam Hussein había mantenido su actitud ambigua porque deseaba hacer creer a los iraníes y a su propio pueblo que aún las tenía.

3) No menos tergiversado es que Aznar se empeñó en ir por libre tratando de dividir a Europa y quedando aislado en su apoyo a Bush. Otra paparrucha. Si contamos los miembros de la Unión Europea que estaban con Bush, es decir, Gran Bretaña, España, Italia, Portugal, Bulgaria, Polonia, etc., había más que los que, capitaneados por Francia, estaban en contra del ataque. Podría decirse que el grupo de Blair y Aznar tenía más adeptos, muchos más, que los que ha conseguido Sánchez ahora en su oposición en el tema de Irán, y nuestro presidente anda muy ufano dando a entender que él no ha intentado dividir a Europa, que eso son cosas de la derecha.

4) Otra milonga es que España participó en la guerra, es decir, luchó. También ha calado. No, señor. España no envió efectivos en la invasión.

Sí que los envió concluida la contienda y aquí viene la quinta estafa dialéctica. La zapateril de que había que sacarlas de Irak porque «estaban allí en situación ilegal». Un embuste burdo. Zapatero, que lo había dado a entender en las elecciones, tenía todo el derecho a retirarlas, aunque luego lo hiciera chapucera y precipitadamente para cabreo de algunos aliados. Pero lo que no podía argumentar –ni él ni sus adláteres– era lo de la situación ilegal. También conozco el tema.

Seis meses antes de nuestras elecciones y de que Zapatero llegase al poder, el Consejo de Seguridad votó POR UNANIMIDAD, yo era miembro, la resolución 1511 (octubre 2003), que no solo bendecía la presencia de una fuerza multinacional, de la que España formaba parte, «para contribuir al mantenimiento de la paz y seguridad en Irak», sino que instaba a otros Estados a unirse a la misma. Afirmar o insinuar entonces que se retiraban nuestros efectivos porque, «a diferencia de nuestra presencia en Afganistán, se encontraban en situación ilegal», entra en el terreno de la memez y de la demagogia. Más ignorancia.

Para concluir, señalo que la invasión de Irak tenía una base jurídica, aunque endeble, más poderosa: Sadam había desoído 14 resoluciones del Consejo, que la actual de Irán o que las rusas de Afganistán hace años o de Ucrania ahora.

Cachondearse, de propina, de la escena de Aznar en el rancho de Bush tiene gracia. Con supina ignorancia se olvida que el protocolo es local. Si el dueño de la casa te dice que te pongas cómodo y el pone los pies sobre la mesa de la cerveza, ¿qué le dices?: «No, George (a Bush), yo no los pongo porque en España aún tenemos modales y no somos tan ordinarios como vosotros». Aznar quedaría genial: no solo mostraba que era un auténtico caballero español, sino que le daba una lección a un zafio americano de derechas que además nos había quitado Cuba y Filipinas.

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