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Francisco Rosell
De lunes a lunesFrancisco Rosell

¿Acaso Vox marea al PP como una perdiz para escabecharlo en lugar de Sánchez?

Si el PSOE y Podemos suscribieron en horas 72 un preacuerdo de Gobierno de coalición para toda España tras las urnas de noviembre de 2019, ¿qué motivo tiene no haberlo hecho ya en una pequeña comunidad –en extensión, que no en historia– como Extremadura de dos provincias?

(Foto de ARCHIVO)
El presidente de Vox, Santiago Abascal, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados

(Foto de ARCHIVO) El presidente de Vox, Santiago Abascal, en el hemiciclo del Congreso de los DiputadosEduardo Parra / Europa Press

Entre tanto el PP apura el cáliz de sus corrupciones hasta las heces del «caso Kitchen» con la apertura este lunes del juicio a la ex cúpula del Ministerio de Interior del Gobierno Rajoy por su operación parapolicial contra Luis Bárcenas tras confesar su extesorero la financiación irregular del partido y el PSOE inicia mañana la escalada judicial de su Himalaya de corrupciones con la vista oral contra la exmano derecha de Sánchez en el Gobierno y en el partido, José Luis Ábalos, por sus primeros sobornos nada más prosperar la moción de censura Frankenstein de 2018 en base a que «los españoles no podemos tolerar la indecencia como algo normal», el PP y Vox han dejado pasar esta Semana Santa sin alcanzar una alianza de gobierno en Extremadura, donde las elecciones se celebraron antes de Navidad y con un desenlace tan diáfano –como luego en Aragón y Castilla y León– que no justifica tantos bizantinismos como los que acarrearon la perdida de Constantinopla para la Cristiandad.

Si el PSOE y Podemos suscribieron en horas 72 un preacuerdo de Gobierno de coalición para toda España tras las urnas de noviembre de 2019, ¿qué motivo tiene no haberlo hecho ya en una pequeña comunidad –en extensión, que no en historia– como Extremadura de dos provincias? ¿Qué cabe esperar entonces en otra con una circunscripción más como Aragón o que multiplica éstas como Castilla y León, a expensas de lo que acaezca en Andalucía el 17 de mayo con su superficie y población?

Ello parece transparentar que Vox, más que marear la perdiz, como locución verbal que define lo que se demora más de la cuenta, practica con el PP la estrategia del cazador para enfrentar a esta ave de vuelo corto y que se cansa rápido con el fin de atrapar a Feijóo y escabecharlo en lugar de a Sánchez. A resultas de ello, el inquilino de La Moncloa se encontraría con un triunfo regalado y contra pronóstico en 2027 sin bajarse del autobús, como presumía el mítico entrenador Helenio Herrera. Ello corroboraría las sospechas que se ciernen sobre Vox como aliado fáctico –especie de quinta columna– del bloque de ruptura del sistema político de 1978 atendiendo a la ley de la magnética: los polos de igual signo se repelen.

Más cuando, para negar la bunkerización de Vox tras las purgas a diestro y siniestro de Abascal y de su «banda de los 4», junto a los Ariza padre e hijo, y Kiko Méndez Monasterio, el jefe de su delegación en el Parlamento europeo, Jorge Buxadé, esgrime una conjura contra su partido «de intereses creados para demoler la única alternativa al Régimen del 78», lo que lleva a preguntarse qué orden defiende entonces Vox si no es el constitucional como parecía patente. A tal fin, Buxadé alude a un bipartidismo político e institucional que dejó de existir desde que el PSOE –primero con Zapatero con el Pacto del Tinell y luego con Sánchez con su particular Muro de la Vergüenza– optó por el bibloquismo para sabotear cualquier alternancia política a su derecha. Como en la II República hasta descarrilar trágicamente en 1936 luego de predicar su bienvenida a intelectuales liberales de la inteligencia de Ortega y Gasset con su «Delenda est Monarchia» de 1930 en su célebre artículo «El error Berenguer» contra Alfonso XIII.

Vox está en un llega y ya se fue, en un visto y no visto, víctima del mal de altura al acariciar con las yemas de los dedos la cota electoral del 20 %

Por eso, dada la miopía imperante o el egoísmo ciego ajeno al interés de sus votantes, hay que aprovechar la oportunísima entrevista de Bieito Rubido, director de El Debate, al presidente argentino, Javier Milei, en la primera que concede a un medio español, para exclamar: «¡Déjense de joder la marrana, carajo, y póngase a gobernar!». Porque, de no ser por lo expuesto más arriba, no se entiende el obstruccionismo de Vox que, luego de jugar a ser «Voxemos» para capitalizar el populismo de la derecha como otrora Iglesias el de izquierda transitando de tocar techo con su cuasi «sorpasso» al PSOE a besar la lona de la extinción, se asemeja cada hora más al «Nox» del «Torrente, presidente», de Santiago Segura, cumplimentando a Oscar Wilde y aquello de que la realidad imita al arte.

Por mor de ello, Vox está en un llega y ya se fue, en un visto y no visto, víctima del mal de altura al acariciar con las yemas de los dedos la cota electoral del 20 % y con Abascal largando a puntapiés a los sherpas que le asistieron en su ascensión desde la sima a una cima que, como la imaginaria línea del horizonte, se aleja al acercarse. Obra con sus antaño camaradas con la lógica perversa del jefe cruzado que excitaba a sus conmilitones con pasar por el cuchillo, sin miramientos ni resquemores de conciencia, a todo aquel que tomaran por infiel que luego ya se encargaría el buen Dios, con su sapiencia infinita, de separar qué almas debían acompañarle al paraíso y cuáles arrojar al averno.

Siendo hijo político de los yerros de Rajoy, lo que le llevó a dejar el PP en noviembre de 2013 al igual que muchos españoles dejaron de votarle al dilapidar su mayoría absoluta con su política de horas y manos muertas, Abascal se pone ahora a mirar también la luna de Valencia como su antiguo presidente en el malhadado congreso de abril de 2008 en el que, a dos meses vista del cónclave, mandó a paseo a sus críticos con una de las pocas frases expeditivas que se le conocen: «Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya». Aquello desbarató el PP al romper el clavillo –como le sucedió a UCD tras sus victorias de 1977 y 1979 franqueando la mayoría absoluta del PSOE de González en 1982– que unía las varillas del abanico que agrupaba a democristianos, liberales, conservadores y algún que otro socialdemócrata permitiendo que no se desencajaran al girar sobre el eje de ese minúsculo prendedor que atravesaba el varillaje. Rajoy descabelló la faena aquella de Elche remarcando que se presentaba a la reelección porque se lo solicitaban sus compañeros, no «ningún periódico ni ninguna radio», adjudicándole esa condición a hipotéticos contrincantes como Esperanza Aguirre, quien prohijó a Abascal desde la Presidencia de la Comunidad de Madrid tras sufrir los zarpazos de ETA junto a su padre.

Aquella luna de Valencia produjo tal ensimismamiento del PP que lo fracturó y repartió sus sufragios con Ciudadanos y Vox, mientras los ideólogos del estropicio –señaladamente José María Lassalle, luego en la deriva de Jorge Verstrynge que deambuló del patrón Fraga al cantinero Iglesias, luego de que Alfonso Guerra le diera con la puerta del PSOE en las narices– loaban a Rajoy al poseer, en contraposición a Aznar, «la templanza serena para encajar la mediocridad de lo cotidiano» y encarnar «la época de la grisura en la que se mueve la mayoría».

Pero ahora no es que la historia parezca repetirla Abascal, sino que casi la ronca, yendo más allá de aquella frase atribuida a Mark Twain de que esta se rima al ocurrir cosas que, siendo distintas en apariencia, se reiteran monocordemente como si, en el fondo, no hubiera nada nuevo bajo el sol. Sobreviene cuando los partidos se devalúan en objetos de sí mismos y se enajenan del interés general. Algo que principia a advertir algunas encuestas con Vox al inquirirse a muchos votantes qué sentido tiene votar a aquellos a los que urge articular el desalojamiento de Sánchez para que, de facto, lo consoliden en La Moncloa –expresado a la machadiana usanza– con sus romanzas de tenores huecos y su coro de grillos que cantan a la luna.

Si a Abascal le anima cavar un hoyo para que Feijóo caiga en él, el líder del PP debe saber que hay un tiempo de espera y otro de actuación

De ahí que, desde los comicios últimos de Castilla y León donde se pegó un tiro en el pie por disparar sus expectativas, si bien la cosecha no fue mala más allá de que la concurrencia de «Se acabó la Fiesta» le birlara tres escaños que fueron de carambola a la saca del PSOE, los sondeos reflejen el retroceso de Vox y también el estancamiento del PP enganchado por el cepo de los de Abascal a la hora de desbloquear los gobiernos de Extremadura, Aragón y Castilla y León. Si Vox persiste en marear la perdiz –esto es al PP– en una negociación interminable e ininteligible, mientras somete a los suyos a su veleidosa rueda de las navajas, arriesga ser el cazador cazado si es que no lo impulsa ser ese socio a la sombra de Sánchez para después de 2031 cavilando que puede erigirse en salvador de la España que, previamente, ha traicionado y que ya no existiría para entonces como probablemente la propia formación atendiendo a Podemos y a Ciudadanos.

Si a Abascal le anima cavar un hoyo para que Feijóo caiga en él, el líder del PP debe saber que, tras este tiempo de espera en Extremadura desde Navidad, hay, sin necesidad de haber leído el Eclesiastés, un tiempo de espera y otro de actuación porque «todas las cosas bajo el sol tienen un tiempo y un momento», así como «un tiempo para callar y un tiempo para hablar», pero también para hacerse respetar y decir hasta aquí llegó lo que se daba. Lo dejó escrito Baltasar Gracián: «Que el nadilla y el nonadilla quieran parecer algo o mucho, que el niquilote lo quiera ser todo, que el villanón se ensanche, que el ruincillo se estire, que el que tiene que callar, blasfeme, ¿cómo nos ha de bastar la paciencia?».

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