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«A Joaquín del Pino, alguien con quien se coincide bien y se discrepa bien, por ser un cortés polemista». Puede parecer poco pudoroso empezar un artículo hablando de uno mismo, pero ésta es la dedicatoria, de la que presumo cuando se tercia, que me escribió mi tío Leopoldo Calvo-Sotelo, el tío Poldo para la familia, en su libro Pláticas de familia (La Esfera de los Libros, 2003). Días antes, había cenado en su casa de Ribadeo, a donde podía ir a comer y cenar cuando quisiera, tras la elegante y vitalicia invitación que me había transmitido tiempo atrás: «Ya sabes que en esta casa se come a las tres menos cuarto y se cena a las nueve y media». En aquella cena, mantuvimos un largo e interesante diálogo sobre religión en general y el cristianismo en particular. Coincidimos en muchas cosas, pero también discrepamos en otras, reinando siempre el afecto mutuo. Aunque el tío Poldo era una de las personas más cultas e inteligentes que he conocido, creo que, en materia religiosa, modestia aparte, yo estaba a su nivel (y quizá, en algunas cosas, tenía yo algo más de conocimiento). Y no lo digo por vanidad (o también), sino para resaltar la virtud y honestidad de mi tío al reconocer los aciertos ajenos y valorar a un contrincante dialéctico, aunque fuera un sobrino a quien superaba en casi todo. En su descargo, debo decir que un año antes, al final de una interesante conversación de más de dos horas que mantuve en Creta con un metropolita (equivalente a obispo) de la Iglesia Ortodoxa griega, el clérigo me preguntó si yo había estudiado Teología...

Pero, en fin, estamos aquí para hablar del tío Poldo. Segundo hijo de mis abuelos Leopoldo Calvo-Sotelo y Mercedes Bustelo era el único varón de cinco hermanos, entre ellos mi madre, Ana María, que le seguía en edad y que, según Antonio Garrigues Walker, era la más inteligente de los cinco (algo que el tío Poldo siempre se tomó con cierta deportividad). Se quedaron huérfanos de padre teniendo mi tío 7 años y mi madre 5. Mi abuelo murió en 1933, a los 38 años, por una infección tras una cirugía abdominal. La penicilina, que le hubiera salvado, aunque descubierta ya, todavía no se había empezado a utilizar clínicamente. Mi abuela Mercedes quedó viuda a los 33 años y embarazada póstumamente de su hija María Luz. El tío Poldo creció en un hogar marcado por la enorme tristeza de la ausencia del padre y marido, del que mi abuela estaba extraordinariamente enamorada. A pesar de su juventud, mi abuela no se volvió a casar porque decía que «nunca iba a encontrar a otro hombre como Leopoldo».

El tío Poldo, como único chico, asumió muy joven el papel de varón de la familia, lo que, sin duda, le marcó. Hubiera estudiado Matemáticas o Física, pero dadas las estrecheces económicas de una familia de madre viuda con cinco hijos y las difíciles circunstancias de la posguerra, decidió estudiar la carrera de Ingeniero de Caminos, con mejores salidas profesionales, en cuyo examen de ingreso sacó la máxima calificación a los 19 años, mereciendo una mención en la publicación correspondiente de la universidad. Mi padre, Rafael del Pino, seis años mayor que él, e igualmente ingeniero de caminos, le había dado clases de matemáticas durante el bachillerato. (Mi madre, también excelente estudiante, a su vez dio clases de matemáticas a sus compañeras de bachillerato menos aventajadas. Yo he sido testigo de cómo, todavía 70 años después, al encontrarse con algunas de ellas, le daban las gracias por sus lecciones.)

Ambas familias, la del Pino y la Calvo-Sotelo, se conocían desde que mis abuelos eran jóvenes, y ambas tenían casa en Ribadeo, en la misma calle. Mi padre y mi tío siempre mantuvieron una estrecha relación, con mutuo respeto, afecto y confianza. Por esta confianza mutua, mi padre incorporó mi tío al consejo de administración de Ferrovial en su primera etapa, y mi tío se convirtió en uno de los primeros accionistas de la empresa, 40 años antes de que cotizara en bolsa. Coincidieron posteriormente, en los noventa, en el consejo del Banco Central Hispano. Cuando, años después, mi padre lo dejó, el tío Poldo le dedicó unos endecasílabos, que leyó en la última reunión del Consejo y que quedaron reflejados en el acta, versos que demuestran el enorme cariño y respeto que se profesaban. He aquí en extracto:

Yo voy a echar de menos tus filípicas,
tus duras homilías auditoras,
tus cuadraturas de contable seco,
tu inflexible ortodoxia financiera,
tu índice apuntando al presidente,
tu voz de bajo, corrigiendo cifras,
tu culto posmoderno del mercado.

Yo voy a echar de menos todo eso…
Pero voy a quedarme más tranquilo.

Y, al cabo, Rafael, hoy que te marchas
vuelvo la vista atrás y me pregunto:
¿cuánto tiempo llevamos, cuánto tiempo,
queriéndonos, hablando y discutiendo?

Para fijar la cifra, me parece
que tengo que decir: corría el año
mil novecientos veinte y no sé cuántos.

Leva tus anclas, Rafael del Pino;
busca tu libertad en otros mares.
desde esta orilla vieja tus amigos
te miramos zarpar envidiosos.
y con tu Fundación,
que Dios te dé, como Cervantes dijo,
«mar sesga, viento largo, estrella clara».

Volviendo a la infancia de mi tío, el estallido de la Guerra Civil les sorprendió en Ribadeo. José Calvo-Sotelo, hermano mayor de mi abuelo Leopoldo, había sido asesinado cinco días antes por guardias de asalto de la República y militantes socialistas. Como es bien sabido, para los republicanos ser pariente de un político de derechas y católico era suficiente motivo para ser pasado por las armas, en el mejor de los casos. Por ello, no sabiendo qué iba a pasar, mi abuela Mercedes, cuñada de José, decidió huir a Portugal con sus cinco hijos, la mayor de 11 años, y mis bisabuelos. La noche de la salida, mi abuela acostó a los niños como de costumbre, para no levantar sospechas entre las personas que trabajaban en la casa. De madrugada, los despertaron y, sigilosamente, salieron todos hacia Viana do Castelo, en el norte de Portugal. Allí se quedaron hasta que se aseguraron de que podían volver sin riesgo. Pasaron el resto de la guerra en casa de mis bisabuelos, Ramón Bustelo y Rosario Vázquez, en Ribadeo. Siempre recordaron el frío que pasaban en invierno, agudizado por la intensa humedad gallega, dado que carecían de calefacción. Tenían que estudiar con mitones y, según contaba mi madre, al tío Poldo le salían sabañones en las orejas. En las noches más desapacibles, antes de acostarse templaban y secaban las frías y húmedas sábanas con ladrillos calentados en la cocina.

Como digo, creo que la tristeza que causó la temprana ausencia del padre y la asunción prematura de responsabilidad varonil en la familia marcaron mucho el carácter de mi tío. Su sonrisa era tímida y un punto melancólica. Transmitía una personalidad seria y carente de humor. Siento cierto lo primero, no lo era lo segundo. Aunque nunca le vi reír a carcajadas, poseía un fino e inteligente sentido del humor, no carente de ironía. A las impertinencias, respondía con otra más inteligente que dejaba callado al impertinente.

Era un apasionado de Ribadeo, quizá demasiado. Su padre, mi abuelo, escribió en 1928 un libro titulado Ribanova en el que, con maravillosa prosa cervantina, describía esta villa lucense, su entorno y los usos y costumbres de sus gentes, con nombres figurados y con humor. En la obra, mi abuelo mostraba su querencia por el lugar. Es posible que el tío Poldo se considerara heredero de esta querencia, y de ahí su amor por Ribadeo; también como homenaje a su padre, quien tiene una placa en la fachada de la casa donde escribió el libro. Mi tío, por su parte, tiene una calle con su nombre y un precioso relieve en bronce en el muelle, que le muestra navegando en su bote Juanín. La embarcación, ya jubilada tras décadas de fiel servicio, fue donada por la familia al pueblo, y ahora recibe a los visitantes en el centro de la rotonda ajardinada que hay en la entrada de la villa.

El 23-F se producía en el Congreso de los Diputados la votación de su investidura como presidente del Gobierno. Yo estaba en su casa, con mi tía y mis primos, oyéndola en directo por la radio (no se transmitía por televisión). Como se trataba solo de la votación, había decidido que no valía pena ir al Congreso a la tribuna de invitados porque la sesión iba a ser muy aburrida… Mis padres sí fueron. Cuando entró Tejero y sonaron los disparos, pensé que habían matado a todo el banco azul. Fueron momentos de gran incertidumbre y tensión en la casa, porque no veíamos las imágenes, solo el sonido. En el Congreso, los invitados de la tribuna se tiraron al suelo, y menos mal que lo hicieron. Algunas balas pasaron rozando la barandilla (todavía hoy se puede calcular la trayectoria con las marcas que se conservan en la pared) y, de haber estado de pie, no quiero pensar las consecuencias para algunos de los asistentes. En la foto de portada del diario ABC del día siguiente, se veía a mi madre tumbada pegada a la barandilla...

La llegada a La Moncloa no se le subió a la cabeza. Quiso seguir viviendo en su casa de siempre, pero el servicio de seguridad le dijo que no era prudente porque el traslado diario al palacio conllevaba grandes riesgos. Así que, en contra de sus deseos, se mudó, pero seguimos con una tradición que, como vecinos que habíamos sido, teníamos desde hacía años: los domingos, después de misa, ambas familias tomábamos el aperitivo juntos, un domingo en casa de mis tíos y el siguiente en nuestra casa. Tras su mudanza a La Moncloa, los anfitriones del aperitivo dominical fueron casi siempre mis tíos, para evitar traslados recurrentes e innecesarios del presidente. No hay que olvidar que aquéllos fueron los años más salvajes de ETA: solo en 1980 la banda terrorista asesinó a cerca de 100 personas, una cada tres días…

Vivía también en La Moncloa un inquilino muy especial, llamado Ramón. Se trataba de un loro que Obiang Nguema, presidente de Guinea Ecuatorial, había regalado a mi tío. Ramón se hizo íntimo de mi primo Andrés. Ambos mantenían originales conversaciones, porque el loro era muy dicharachero. Aunque de vocabulario limitado, Ramón hablaba con más propiedad que muchos de nuestros políticos actuales. La pena fue que, al abandonar La Moncloa después de las elecciones de 1982, Ramón sufrió una profunda depresión y empezó a arrancarse las plumas. Para intentar remontarle, mis primos lo llevaron a Ribadeo, pero el pobre acabó muriendo, triste y desplumado.

Nunca utilizó el tío Poldo propiedades del Estado para sus vacaciones: ni palacios, ni fincas, ni mucho menos el yate de Franco, el Azor, como sí hizo Felipe González pocos años después. En verano, siguió haciendo su vida normal yendo a su casa de Ribadeo y navegando en su embarcación de siempre, el Juanín, un antiguo bote de vela latina de madera de 5,5 m de eslora y remando en el Poldito, un pequeño esquife, también de madera. Mi tía Pili siempre le acompañaba (por amor, que no por afición). Cuando dejó la presidencia del Gobierno, mi tío volvió a su casa de siempre. No todos los presidentes hicieron lo mismo: al menos tres, dos de ellos socialistas, se mudaron a una vivienda mejor que la que tenían antes de llegar a la Moncloa. Otra diferencia, importante, entre el tío Poldo y el resto de presidentes y de muchos políticos posteriores, fue su larga experiencia en la empresa privada, más de 25 años, antes de dedicarse a la política. Por tanto, conocía muy bien el mundo real, el de fuera de la política. Su primer cargo importante en el sector privado fue de director general de Perlofil, empresa de fibras textiles, puesto al que accedió en 1954, con solo 28 años. Mi madre le dedicó unos ingeniosísimos versos en los que le felicitaba por su nombramiento a la vez que, con humor e ironía, se metía cariñosamente con él, mostrando la enorme confianza y complicidad que había entre ambos, así como la facilidad de escribir y versificar que portaban los genes Calvo-Sotelo.

Al dejar el sector privado y pasar a la política, los ingresos del tío Poldo mermaron mucho. Siempre recordaré aquella frase que me dijo: «Cuando me dediqué a la política y dejó de entrar dinero en casa…», al contrario de lo que les ha sucedido a algunos de los políticos que vinieron después…

Cuando dejó de tener los apoyos suficientes para aprobar los presupuestos, y a pesar de contar la UCD con166 diputados, disolvió las Cortes anticipadamente y convocó elecciones, aun sabiendo que las iba a perder, como así fue. Muchos años después, un muy alto cargo político en la etapa de mi tío como presidente, comentaba esta decisión con algo de resentimiento y cierto tono de burla, durante una conferencia en una conocida escuela de negocios, conferencia a la que yo asistí. Contó este alto cargo que, en la final del Mundial de fútbol de 1982 entre Italia y Alemania, Sandro Pertini, presidente de Italia, que asistió al partido, preguntó a mi tío por qué adelantaba las elecciones sabiendo que las iba a perder. Ante el tono burlón del conferenciante, levanté la mano y dije que «el Sr. Calvo-Sotelo convocó las elecciones, aun sabiendo que las iba a perder, porque poseía una virtud difícilmente compatible con la política, como es la honestidad». Gran carcajada en el auditorio y gran enfado del conferenciante, que apenas supo balbucear una respuesta. Con la derrota electoral, a este alto cargo se le había acabado el chollo, algo que décadas después parecía no haber perdonado a mi tío…

Leopoldo Calvo-Sotelo, presidente del Gobierno, contando con 166 diputados en el Congreso, disolvió las Cortes y convocó elecciones por carecer de apoyos suficientes para aprobar los presupuestos… ¡Cuánto han cambiado las cosas!

La noche del 28 de octubre de 1982, tras confirmarse la derrota electoral, fuimos mis padres, mis hermanos y yo al palacio de La Moncloa a acompañar al tío Poldo en su noche triste. Nos impactó su soledad. Estaban con él mi tía y mis primos, y quizá alguna persona de su equipo, pero esto último no lo recuerdo bien. Nadie más. Gran (y triste) lección de vida para el joven de 21 años que era yo: el poderoso atrae, como la miel a las moscas; el derrotado repele, como el agua bendita a los endemoniados.

Profundamente enamorado de su mujer, la tía Pili, ambos formaron una familia de ocho hijos, que siempre fueron una piña. Actualmente, 21 nietos y 5 bisnietos llevan su (nuestro) apellido. Tras su muerte repentina, sus vástagos han trabajado, con lealtad filial, para mantener viva su memoria, con la celebración de diversos actos de homenaje y la publicación de libros sobre su vida y obra.

El tío Poldo tenía defectos y cometió errores, como todo ser humano pero, si alguno padecí, fue por poco tiempo, porque siempre supo rectificar, como hombre sabio y bueno que era. Dejó, en quienes le conocimos bien, una inteligente y bonita huella.

Joaquín del Pino Calvo-Sotelo es sobrino de Leopoldo Calvo Sotelo