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Fernando Grande-MarlaskaEl Debate

El perfil

Marlaska, el rabioso ministro menguante

El responsable de procurar protección a los agentes de la Guardia Civil sigue sin defender que su cometido, como el de la Policía Nacional, sea considerado profesión de riesgo; como los mossos, ertzainas, policías municipales; como los trapecistas o los toreros

En Baeza tuvo que ser, bajo cuyo cielo azul Antonio Machado terminó su obra cumbre, Campos de Castilla, donde escuchara esta semana Fernando Grande-Marlaska Gómez (Bilbao, 63 años, casado e hijo de un policía municipal y de una modista) ocho segundos de silbidos que hubieran partido el alma de cualquier persona con sensibilidad y vergüenza. Era el grito de un cuerpo de seguridad del Estado, de la Guardia Civil, contra un ministro del Interior que los ha abandonado y que ni siquiera les consuela ni proporciona medios para defenderse, cuando dos de los suyos, de los nuestros, de los buenos, caen en acto de servicio. Era el atronador rechazo de las familias de los agentes de la Benemérita, presentes en la jura de bandera de la 131 promoción de la Academia de la localidad jienense, a un trampantojo de ministro. Marlaska tuvo el cuajo de sostener, durante su discurso, que la lucha contra el narcotráfico es una «prioridad» para el Gobierno y que se sentía «rabioso» y «dolido» por la muerte de los dos agentes en Huelva, en una persecución a narcotraficantes; pero eso fue, solamente, un romance de ciego.

Hay dos servidores públicos asesinados en acto de servicio a los que ni siquiera fue a honrar a su tumba onubense; y es que había más cámaras internacionales en el puerto de Granadillas, en Tenerife. Hace dos años fueron asesinados en esas circunstancias David y Miguel Ángel, y ahora Germán y Jerónimo. De aquellos días quedó grabada la imagen de una de las viudas negándole su entrada en la capilla ardiente. Pero el responsable de procurarles protección, dale que dale, sigue sin defender que el cometido de los agentes de la Benemérita como los de la Policía Nacional, sea considerado profesión de riesgo. Como los mossos y los ertzainas. Como los policías municipales. Como los trapecistas. Como los toreros.

Hasta por megafonía se tuvo que pedir silencio, cuando las protestas contra el titular de Interior más calcinado de la historia de España revivían a Machado y sus proverbios y cantares, escritos bajo ese mismo sol jienense: «A quien nos justifica nuestra desconfianza llamamos enemigo, ladrón de una esperanza». Porque eso es exactamente este juez que ha dedicado media vida a perseguir a terroristas y terminó ejecutando la hipoteca suscrita por Pedro Sánchez con uno de ellos llamado Otegi. Ese ladrón de una esperanza entró, en 2018, a formar parte del primer Gobierno que nacía fruto de una moción de censura en España. Como a su colega Margarita Robles, Pedro Sánchez le designó para dar apariencia de institucionalidad, para que pareciera que su Consejo de Ministros contaba con una conciencia de Estado. Tras ofrecerse al PP, terminó enrolado en el sanchismo, mancillando la más noble de las magistraturas.

Llegó al Ministerio del Interior, un Departamento de los llamados de Estado, con fama de hombre de principios, que había labrado su carrera como instructor en el País Vasco en los años de plomo de ETA, desde donde impulsó una causa contra Batasuna, muy mal recibida por Zapatero, ya que entorpecía su negociación con los terroristas. Los dirigentes batasunos fueron pasando por la cárcel gracias a los autos que firmaba Marlaska, aunque Otegi solo estuvo entre rejas el tiempo que necesitó para juntar la fianza. Todavía dejaría su impronta el hoy juez en excedencia al no cejar en la investigación del escandaloso chivatazo policial del bar Faisán, sin olvidar que fue el responsable del archivo del caso del accidente del Yak-42. Si hubiera sido nombrado ministro por el PP nadie se hubiera sorprendido.

Calla para seguir vivo políticamente porque su cabeza estuvo a punto de rodar el día que enfadó a Sánchez por la secreta compra de munición a Israel

Pronto dio noticia de su metamorfosis: se estrenó en el Consejo de Ministros justificando la agresión contra Ciudadanos el día del Orgullo. Luego vendría la purga de mandos, la ascensión de lacayos para que mintieran durante la pandemia y el ocultamiento de masacres en la valla de Melilla, donde murieron ante su pasividad un total de 37 personas a un lado y otro de la frontera. De las primeras cosas que hizo al ser designado responsable de la seguridad en España fue nombrar a José Ángel González, conocido en el Cuerpo como Jota, director adjunto de la Policía (DAO). El cargo uniformado más poderoso, que solo reporta al director general y al propio ministro. Tanto confiaba en él que fue capaz de aprovechar un decreto sobre los estragos de la terrible Dana, en la que perecieron 200 personas, para mantener en la poltrona a su cargo de confianza, que ya tenía edad de jubilación. En consonancia, el hoy ya ex-DAO creyó que su impunidad no tenía límites. Hasta que esos límites se los puso el 17 de febrero de 2026 la querella de una subordinada, que le acusaba de haberla violado en su piso oficial de la calle de Alberto Alcocer. Marlaska aplicó el manual monclovita para crisis que en otros países harían caer Gobiernos: primero preguntar a su segundo, Paco Pardo, si sabía algo (que parece que sí), luego pedir la salida del agresor, después mirar al techo, pío pío que yo no he sido y, como novedad, acogerse a la voluntad de la víctima para dimitir. Un patrón del sanchismo, al que él se convirtió de hoz y coz hace siete años largos. Nada más llegar destituyó a su amigo el coronel Manuel Sánchez Corbí, su mano derecha en la lucha contra ETA. El mismo que le salvó la vida a él y a su marido Gorka, con el que se casó nada más ser aprobado el matrimonio homosexual por Zapatero en 2005, cuando la banda intentó matarlos en Ezcaray. Todo porque Corbí denunció que los fondos reservados estaban paralizados. Jamás volvió a dirigirle la palabra.

Dejar entrar y salir a Puigdemont

Tras la catástrofe que enfangó el Levante español lo primero que hizo fue escaquearse y emitir una nota culpando de todo a Mazón. Y su penúltima trola fue afirmar que Pedro Sánchez había sufrido la violencia de ultraderechistas en Paiporta. Calla para seguir vivo políticamente porque su cabeza estuvo a punto de rodar el día que enfadó a Sánchez por la secreta compra de munición a Israel, lo que destrozó la imagen de Pedro cantando Imagine. Vale más por lo que calla que por lo que dice –porque ni se ha dignado defender a la UCO de las arremetidas de Leire y los suyos– y en Moncloa saben que es mejor mantenerle si sigue cumpliendo su misión, o sea, sumisión, aunque acumula escándalos y oprobios, como el que ha mantenido contra el coronel Pérez de los Cobos. Una venganza aplicada por Marlaska porque el servidor de la Benemérita se negó a facilitar una información reservada por un juez; hasta que el Supremo, en un escrito de 20 páginas, desmontó la impostura del ministro. Uno de los ejemplos más vergonzosos en su dilata biografía fue dejar que Puigdemont entrara en España en agosto de 2024 y se marchara de rositas ante nuestras narices.

El increíble hombre menguante parece solo el fantasma de lo que un día fue. Pero nadie puede morir si, como Marlaska, ya está muerto políticamente. Y en Baeza le cantaron el gorigori. Lo que me lleva otra vez a uno de los cantares de Machado, que es proverbio: «Mirando mi (su) calavera / un nuevo Hamlet dirá: / He aquí un lindo fósil de una / careta de carnaval.»