La garduña sanchista se adueña de la cúpula de la Guardia Civil tras hacerlo con la Policía Nacional
A la par que Bruselas le pega otro pellizco de monja a Sánchez amonestándole por atacar a los jueces, de paso que su más alto tribunal da carta de legitimidad a cualquier golpe de Estado separatista que se pueda registrar en uno de los Estados de la Unión, España adopta una variante del «Estado mafioso»
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y ministro de Interior, Fernando Grande- Marlaska
Tras la condena de su hermanísimo y el envío al banquillo de su esposísima por delitos de imposible comisión sin su posición prevalente como familiares directos del presidente del Gobierno, como expresión de la corrupción sistémica que gangrena las instituciones, España se convierte en el gran patio del delito de don Monipodio Sánchez. Cual extensión de aquella Sevilla cervantina de Rinconete y Cortadillo, hoy marcan su destino quienes denigran las encomiendas que desempeñan ratificando el viejo aserto romano de que el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. Es más, remontándose en el tiempo, parece imitar a aquella organización criminal de «La Garduña» que, según la leyenda, ejercía su poderío en el Siglo de Oro haciendo honor al mamífero carnívoro que aprovecha la oscuridad de la noche para irrumpir sigilosamente en los gallineros. Aunque la primera referencia aparece en 1611 en el «Tesoro de la Lengua Castellana o Española» de Sebastián de Covarrubias, dando luego título a una novela de Alonso de Castillo Solórzano, fue Cervantes, en su «Rinconete y Cortadillo», quien describe esta cofradía de ladrones con Monipodio de cabecilla.
Atenida a códigos internos y a rituales de iniciación, así como estructurada según las «habilidades» de cada malhechor y conectada con autoridades corruptas, estaría en el origen de la Mafia siciliana, la Camorra napolitana y la N’drangheta calabresa, si bien todo indica que sería una fabulación a partir del apócrifo apresamiento en 1821 de su hermano mayor, Francisco Cortina, en cuya vivienda se habría hallado su Libro Mayor desaparecido al incendiarse la Real Audiencia de Sevilla. Empero, en esta España sanchista del Mayor Delito en el que la ficción desborda la realidad anegándola, todo es posible al proliferar conductas gubernamentales que retrotraen a «La Garduña» con su estructura piramidal y su jerarquía delictiva con los maestros como clave de bóveda diseñando los planes, aplicando depuraciones, sobornando y repartiendo los botines con claves jeroglíficas.
Por eso, cuando el director adjunto operativo (DAO) de la Guardia Civil, Manuel Llamas, es imputado por prevaricación administrativa y obstrucción a la Justicia al servicio de la sentina sanchista luego de conducirse como un manDAO y rehúsa dimitir tras sabotear el trabajo de la UCO como Policía Judicial a la que achaca encima afán de protagonismo, es difícil no colegir que la garduña sanchista se ha podido adueñar de la cúpula del instituto armado como antes de la Policía Nacional. No es para menos cuando un teniente general, a diferencia de antecesores que tuvieron esa dignidad como Laurentino Ceña, quien se plantó contra la cacicada del ministro Marlaska al teniente coronel Pérez de los Cobos, chaquetea con su guerrera verde para mimetizarse con los que enfundan la camisola del PSOE a fin de seguir en el machito, pese a encausarlo el juez Pedraz por su connivencia con la cloaca que reactivó Sánchez en abril de 2024 cuando el juez Peinado inculpó a su mujer por el «Begoñagate».
Pero, si además su número dos, Luis del Castillo, a la sazón jefe del Mando de Operaciones, amenaza con cesar al general Fernando de la Mora al frente de la Comandancia de Madrid, por oponerse a boicotear el Día de la Comunidad de Madrid para hacerle el juego a Sánchez contra Ayuso, a la vez que lo enterraba en insultos del jaez de «me vas a comer la polla» y le trasladaba que no le metía «dos hostias porque no te tengo delante», es que se ronda un punto de no retorno. Todo por obediencia indebida a un Sánchez que evoca al psicópata Ricardo III, de Shakespeare, cuando clamaba colérico: «Haré otro cadáver del que desobedezca» como si el infierno estuviera vacío y todos los demonios estuvieran aquí, como refiere el genio inglés en «La Tempestad» al avizoran como «todo lo sólido se disuelve en el aire».
Es el desenlace propio cuando el primero de sus generales aspira a forrarse la pechera de sus uniformes con nuevas condecoraciones siendo cómplice con quienes descalificaban y desestabilizaban a la UCO desatendiendo la divisa del Cuerpo. En vez de preservar su reputación, Llamas se atrinchera en el búnker con Sánchez y Marlaska. ¡Cómo para mirar a los ojos a sus subordinados sin caérsele la cara de vergüenza! Sin duda, un mal general y un peor político, como el banderillero al que Belmonte se topó como gobernador de Huelva, contraviniendo el principio cardenal de que todo funcionario se debe, no a quien lo designa, sino a la Constitución y al Estatuto Básico del Empleado Público. Como remarca la sentencia de la Audiencia Provincial de Badajoz contra David Sánchez, el presidente de la Diputación y otros nueve empleados de la corporación, pues ningún servidor público puede apartarse de la legalidad amparándose en las órdenes, intereses o instrucciones que la quebranten.
Pero, a la par que Bruselas le pega otro pellizco de monja a Sánchez amonestándole por atacar a los jueces, de paso que su más alto tribunal da carta legitimidad a cualquier golpe de Estado separatista que se pueda registrar en uno de los Estados de la Unión, España adopta una variante del «Estado mafioso». No en vano, sus instituciones son capturadas por un déspota electivo con la contribución de quienes hacen dejación de su deber y coadyuvan al desmantelamiento práctico de la democracia incluida la celebración de elecciones libres recibiendo, si acaso, un atisbo de censura como la última resolución de la Junta Electoral Central sobre los nuevos oriundos con derecho a voto que se manifiesten descendientes de españoles emigrados desde la Guerra de Cuba.
Todo ello salpimentado de acusaciones de «lawfare» (guerra judicial) o de «juristocracia», si se prefiere la terminología del autócrata turco Erdoğan, para eximirse de la Justicia y establecer una especie de «demogénesis» que excluya a quienes el déspota no considere «pueblo de verdad». En suma, un «democidio» por el que la mariposa de la democracia se transmuta en la oruga de la autocracia. Por eso, cuando las instituciones sacan fuerzas de flaqueza y se resisten revelándose contra las intromisiones políticas de una banda, se pueden conseguir efectos loables empezando por desenmascarar a quienes atentan contra las instituciones que detentan demostrando «tener ojos cuando otros los perdieron», como expresa el premio Nobel portugués José Saramago en su «Ensayo sobre la lucidez», pues «cuando la ola golpea en la roca, quien paga siempre es el mejillón». Más cuando Sánchez no es que desobedezca las leyes sino que se las manda fabricar a su triministro Bolaños para salvaguardar su impunidad, mientras el procaz Puente se permite invitar a Puigdemont, el prófugo al que Sánchez dijo que pondría a recaudo de la Justicia para ponerse luego él a recaudo de sus votos, a desafiar la aún vigente orden de detención. Como en la escena final de «El planeta de los simios», cuando el personaje interpretado por Charlton Heston comprueba con mirada rota que sus estúpidos congéneres han consentido la destrucción de la tierra por los monos que han arrollado su libertad y su progreso, hay que exclamar: «¡Maniáticos! ¡La habéis destruido! ¡Yo os maldigo a todos!».