La explicación que nunca llega (I)
Al principio, el silencio del poder provocaba escándalo; hoy se ha convertido en una costumbre aceptada con anestésica resignación. El Gobierno comparece, el presidente habla, los ministros agotan sus turnos y los diputados consumen el diario de sesiones
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una sesión de control al Gobierno
Cada miércoles por la mañana, el presidente del Gobierno responde en el Congreso a tres preguntas, ni una más ni una menos, registradas por escrito la semana anterior. El guion apenas varía de una semana a otra: turno, réplica, siguiente pregunta. Ese engranaje, tan preciso que nunca se atasca, es quizá la mejor imagen de cómo funciona hoy la rendición de cuentas en España: un mecanismo que gira sin falta y que, sin embargo, no ha sido diseñado para producir una sola explicación real.
Llevo tiempo observando esta anomalía en la política española. Al principio, el silencio del poder provocaba escándalo; hoy se ha convertido en una costumbre aceptada con anestésica resignación. El Gobierno comparece, el presidente habla, los ministros agotan sus turnos y los diputados consumen el diario de sesiones. El decorado está intacto; se respetan escrupulosamente las formas. Solo falta la sustancia: la explicación real, aquella que asume el coste de lo decidido y respeta la inteligencia del ciudadano.
El reciente aval del Tribunal de Justicia de la Unión Europea a la Ley de Amnistía es el último y más flagrante ejemplo de este método. Al bendecir la norma bajo el idílico concepto de la «concordia» y el «apaciguamiento», la alta burocracia de Luxemburgo ha comprado por completo el envoltorio semántico de una transacción estrictamente aritmética. Lo que para el relato oficial es un éxito diplomático, para la mayoría constitucionalista en Cataluña es un nuevo clavo en el ataúd de la justicia. Se ha edificado una falsa paz sobre el olvido institucional, ignorando que los únicos que tenían la legitimidad moral para perdonar eran los agredidos; aquellos demócratas que en el otoño de 2017 vivieron incrédulos y atemorizados el secuestro de sus instituciones y la fractura de sus calles.
El hombre sin culpa y la amnistía sin perdón
Pedro Sánchez no inventó el engaño político. Mariano Rajoy subió los impuestos tras prometer que no lo haría; Rodríguez Zapatero aplicó recortes drásticos después de negarlos con terquedad. Pero en aquellos casos quedaba un rastro de incomodidad, un tributo mínimo que el cinismo debía pagar a la coherencia. Se invocaba la herencia recibida, la fuerza mayor de la economía o una crisis inesperada. Eran excusas, desde luego, pero contenían al menos un reconocimiento implícito: se había prometido una cosa y se hacía la contraria.
Sánchez ha prescindido incluso de ese gesto de pudor. Su forma de ejercer el poder tiene un rasgo psicológico y político muy reconocible: parece moverse en un presente continuo, un limbo cronológico donde sus propias afirmaciones pasadas caducan sin dejar rastro de deuda con la verdad.
Cuando en 2019 aseguró que no pactaría con Podemos porque no podría dormir por las noches, presentó aquella negativa como una certeza absoluta; dos días después, aparecía sonriente junto a Pablo Iglesias. Con Bildu ocurrió algo parecido: el pasado inmediato se convirtió en material prescindible sin mediar una sola explicación seria.
Este desprecio por el pasado explica la mutación del lenguaje tras las elecciones de julio de 2023. Durante meses, los portavoces del PSOE repitieron que la amnistía era inconstitucional. Bastaron siete votos de Junts para que lo imposible pasara a defenderse como un imperativo ético. Lo verdaderamente obsceno no fue la transacción en sí —los gobiernos en minoría pactan y ceden—, sino la exigencia de que comulgáramos con la mentira: se nos pidió aceptar que el cambio de posición respondía a una profunda convicción política y no a la necesidad de una investidura.
Ese simulacro choca frontalmente con la realidad de las cosas. La amnistía se ha vendido como clemencia, pero sus beneficiarios no han pedido perdón ni muestran propósito de enmienda; al contrario, insisten en que «lo volverán a hacer». Las palabras de Míriam Nogueras en el Congreso resuenan con una claridad descarnada que Luxemburgo ha preferido ignorar: «Hoy no se perdona, hoy se gana una batalla. Esta ley no es perdón ni clemencia, es victoria». Cuando el Estado capitula y decora la rendición de progreso, la mentira deja de ser una táctica electoral y se convierte en régimen.
- Manuel García-Castellón fue magistrado de la Audiencia Nacional