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El Ejército, la Policía, la Guardia Civil y el uso legítimo de la violencia por parte del estado

Nuestras actuales fuerzas del orden están entrenadas para recibir insultos, empujones, que se les meen en los zapatos literalmente y les tiren piedras, vallas y papeleras sin que tenga la necesidad de responder con armas de fuego a sus agresores

Policías durante una manifestación para protestar por la situación provocada por su llegada masiva, a 27 de agosto de 2026, en Ceuta (España)

Policías durante una manifestación para protestar por la situación provocada por su llegada masiva, a 27 de agosto de 2026, en Ceuta (España)Marcos Moreno / Europa Press

En la cultura occidental los ciudadanos confiamos a nuestros gobiernos el empleo legítimo de la violencia cuando ésta es necesaria. En el caso de España, a lo largo del pasado siglo, el mantenimiento del orden estaba, fundamentalmente, confiado a la Guardia Civil (fundada en marzo de 1844 en tiempos de Isabel II) y al Ejército.

Ambas instituciones militares contaban con armas de fuego y los tradicionales sables, especialmente la tropa montada, para mantener el orden público cuando el gobierno de turno les ordenaba actuar. La Guardia Civil y el Ejército en su equipo no contaban con cascos del tipo moderno, porras, escudos, gases lacrimógenos y pelotas de goma. Cuando se enfrentaban a una algarada sus únicas armas para mantener el orden, si la situación se complicaba, era dar culatazos y golpes de sable con la parte sin filo y, si las cosas se complicaban más, disparar o cargar a sable. Esta falta de equipos y de doctrina antidisturbios producía en ocasiones muertos entre los alborotadores y entre las fuerzas del orden y los soldados.

Con la llegada de la II República a España el número de huelgas, manifestaciones y algaradas creció exponencialmente. Unas acciones provocadas fundamentalmente por anarquistas, socialistas y comunistas en este orden. Los gobiernos de centro izquierda, apoyados por los votos socialistas, con el fin de evitar muertos por causa del mantenimiento el orden público comenzaron a implantar nuevas formas de actuación policial. Su medida más importante fue la creación de la Guardia de Asalto (febrero de 1932).

Su primer jefe fue el que luego sería general de la División Azul y vicepresidente del gobierno con Franco, Agustín Muñoz Grandes. Los guardias de asalto eran elegidos entre hombres de cierta altura, comprensión atlética y fortaleza física, son la primera fuerza de policía estatal española dotada de los primeros y más básicos instrumentos antidisturbios, porras y pistolas en lugar del tradicional mosquetón y sable de la Guardia Civil y del Ejército.

Con el final de la Guerra Civil los guardias de asalto se convirtieron en la Policía Armada (marzo de 1941). Ya durante bien entrada la Transición, la Policía Armada cambió de uniforme y de nombre para pasar a ser la actual Policía Nacional (marzo de 1986).

Esta nueva fuerza de orden público, como también ocurre ya con la Guardia Civil, está dotada de los más modernos instrumento para enfrentarse a manifestantes y alborotadores sin provocar entre ellos muertos o graves lesiones. Nuestras actuales fuerzas del orden están entrenadas para recibir insultos, empujones, que se les meen en los zapatos literalmente y les tiren piedras, vallas y papeleras sin que tenga la necesidad de responder con armas de fuego a sus agresores. Hoy un policía se parece más a un guerrero medieval, sin espada pero con porra, que a un guardia civil del tiempo de la monarquía de Alfonso XIII o de la II República.

Nuestras fuerzas armadas, a diferencia de la policía, carecen por lo general de material antidisturbios. Legionarios, regulares, paracaidistas, carristas… están preparados para ir a la guerra. Cuentan con armas largas (ametralladoras, fusiles de asalto), pistolas, granadas y con carros de combate, vehículos blindados y helicópteros para la guerra. Están entrenados y preparados para defender a España y a los españoles con las armas que nosotros, los civiles, les entregamos para las misiones que nosotros les ordenamos. Si alguien agrede, ataca a una unidad de nuestro Ejército tiene que saber que nuestros soldados tienen la obligación y el derecho de defenderse con las armas que nosotros les hemos dado y con el entrenamiento que nuestra sociedad les ha dado. El Ejército español no es una unidad armada para mantener el orden público es una institución nacida para y por la existencia de la guerra.

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