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Ceutíes concenttados en la Plaza de África para depositar velas en señal de protesta por la crisis migratoria que atraviesa la ciudadEFE

Ceuta afronta un día clave con una sensación de inseguridad cada vez mayor: «No se puede ni dormir, esto no es vida»

Las concentraciones de apoyo a Ceuta se celebrarán este miércoles a las 20.00 horas en más de 260 municipios españoles, después de que la Federación Española de Municipios y Provincias haya llamado a los ayuntamientos a sumarse a la iniciativa

Kilómetros y kilómetros de playa ocupados por miles de personas que duermen donde pueden, unas dentro de tiendas de campaña levantadas sobre la arena y otras directamente sobre el suelo, junto al mar, mientras algunas hogueras permanecen encendidas cuando cae la noche y el olor a suciedad se mezcla con el aire de la costa. La imagen se prolonga mucho más allá de lo que uno espera encontrar al llegar a una playa de Ceuta y cuesta encontrar el punto en el que termina el campamento improvisado, una sucesión de personas, tiendas, mantas y pertenencias que convierte El Trampolín en una de las imágenes más evidentes de una crisis que, más de un mes después de la entrada masiva del 30 de julio, sigue formando parte del paisaje cotidiano de la ciudad.

No hace falta preguntar demasiado para comprobar que aquella jornada no ha quedado atrás para los ceutíes. Basta caminar por sus calles y escuchar las conversaciones para que aparezcan relatos de peleas, enfrentamientos, piedras lanzadas contra motoristas, vecinos que han dejado de pasar solos por determinados lugares o personas que buscan acompañamiento para volver a casa cuando cae la noche. También circulan historias sobre viviendas, garajes y trasteros en los que se estarían hacinando decenas de inmigrantes a cambio de cantidades que alcanzarían los 500 euros semanales, aunque se trata de testimonios y rumores recabados en la calle que este periódico no ha podido verificar de manera independiente. Es el tipo de conversación que se repite de un lugar a otro y que permite medir, más que cualquier estadística, el estado de ánimo con el que Ceuta afronta este miércoles una jornada que puede convertirse en una de las mayores muestras de protesta desde el asalto de finales de julio.

«No se puede ni dormir. Esto no es vida». Lo cuenta una mujer de origen musulmán que vive fuera del centro de la ciudad, aunque trabaja allí y atraviesa cada día algunas de las zonas donde se concentra buena parte de los inmigrantes llegados durante las últimas semanas. Tiene miedo, tanto que ya no se atreve a desplazarse sola y necesita que alguien vaya a recogerla cuando termina de trabajar. Mientras espera, busca lugares donde haya cámaras y otras personas alrededor por si sucede algo. «Llego a mi trabajo y me pongo a llorar y luego voy a mi casa y sigo llorando», relata.

Su testimonio se repite, con diferentes matices, en las conversaciones mantenidas durante las últimas horas con vecinos y trabajadores. Hay quien evita determinadas calles, quien ha cambiado sus horarios y quien asegura que ya no deja salir solos a sus hijos. Otros hablan de una ciudad dividida entre las zonas en las que todavía se intenta mantener la normalidad y aquellas en las que la presencia masiva de inmigrantes ha transformado por completo el paisaje.

Un militar explica a este periódico que durante las jornadas previas a la entrada masiva ya se percibía un movimiento creciente al otro lado de la frontera. Desde Marruecos, según su relato, llegaban noticias de una movilización cada vez mayor y las entradas diarias habían comenzado a aumentar de forma significativa. Algunos días, asegura, podían llegar a entrar alrededor de 200 personas. A su juicio, por tanto, la avalancha del 30 de julio no apareció de repente, sino que estuvo precedida por varios días en los que ya se percibía que algo estaba cambiando.

Un grupo de policías custodiando a un grupo de inmigrantes ilegales en Ceuta(EPA) EFE

El militar relaciona además lo ocurrido con la sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones en caliente, que, según considera, pudo modificar las expectativas de quienes se dirigían hacia Ceuta y contribuir a alimentar el movimiento hacia la frontera. Su relato coincide con la percepción de otros agentes de que la situación llevaba días deteriorándose antes de que se produjera la entrada masiva.

Quienes estuvieron en primera línea durante aquella jornada recuerdan, por su parte, la sensación de impotencia que se apoderó de los cuerpos de seguridad. Un agente antidisturbios que participó en el dispositivo del 30 de julio relata que diez agentes y dos vehículos tuvieron que hacer frente a una situación que había adquirido unas dimensiones extraordinarias. Los avisos previos, asegura, hacían prever que podía producirse una entrada importante. Durante los días anteriores habían llegado a registrarse hasta 200 entradas diarias y el CETI se encontraba ya desbordado.

En la frontera, según su relato, apenas había alrededor de 25 funcionarios. Las órdenes recibidas durante los momentos de mayor presión pasaban por evitar el uso de determinado material para impedir que se produjeran aplastamientos. La prioridad era contener una situación que podía convertirse en una tragedia, mientras los agentes tenían que velar al mismo tiempo por la seguridad en unas calles que comenzaban a colapsarse.

«Nos han dejado vendidos», resume el agente cuando recuerda aquellas primeras horas. Habla de compañeros trabajando en condiciones pésimas, del calor y del desgaste acumulado después de semanas intentando mantener el control de una situación que, según reconoce, ya no es posible controlar por completo.

«Me siento abandonado por el Gobierno central», afirma. En su relato aparece una sensación de impotencia que coincide con la expresada por algunos de los vecinos consultados, que es la percepción de que las instituciones han sido incapaces de devolver a Ceuta a la normalidad. «Tratan mejor a los inmigrantes que a los ceutíes», sostiene el agente, que resume su experiencia de estas últimas semanas en dos palabras: «Impotencia y sacrificio».

Es en este contexto en el que la ciudad llega al 2 de septiembre, Día de Ceuta, con una convocatoria que pretende convertir ese malestar en una protesta multitudinaria. Las concentraciones de apoyo a Ceuta se celebrarán este miércoles a las 20.00 horas en más de 260 municipios españoles, después de que la Federación Española de Municipios y Provincias haya llamado a los ayuntamientos a sumarse a la iniciativa. En Ceuta, las organizaciones locales han llamado igualmente a los ciudadanos a salir a la calle en una jornada que pretende trasladar a las plazas el malestar acumulado desde el 30 de julio.

En el centro todavía es posible encontrar la imagen de una Ceuta que intenta seguir con su vida cotidiana, con los comercios abiertos, los turistas caminando por sus calles y los vecinos entrando y saliendo de sus trabajos. Pero basta avanzar hacia El Trampolín para que el paisaje cambie por completo. Allí, lejos de las zonas más transitadas y al otro lado de la muralla que durante siglos ha delimitado la ciudad, se extiende otra realidad que algunos ceutíes sienten ya como ajena e imposible de controlar. «Fuera de la muralla, la ciudad ha caído», resume un vecino que conoce bien esa zona.

Es en ese paisaje, entre playas convertidas en asentamientos improvisados y una población que asegura haber perdido parte de la tranquilidad con la que vivía antes del 30 de julio, donde Ceuta afrontará este miércoles su día más reivindicativo desde la entrada masiva.