Las acampadas miran a Sol con los ojos puestos en Feijóo
En esta liturgia ideológica la realidad se retuerce para adaptarse al relato. Si Maricarmen fuese propietaria de una vivienda okupada, cambiaría inmediatamente el vocabulario: función social de la propiedad, bla, bla, bla
Acampada en la Puerta del Sol
Qué extraordinaria puntería geográfica tiene la revolución. Dicen que el problema es el capitalismo, quieren «desmercantilizar» la vivienda, socializar la propiedad y expropiar a los grandes tenedores, pero cuando llega la hora de plantar las tiendas de campaña el enemigo siempre tiene la misma dirección postal: la Puerta del Sol. En Cataluña hubo en 2025 6.814 desahucios frente a 2.267 en Madrid, prácticamente tres veces más; sólo los relacionados con el alquiler fueron 5.025 frente a 1.931. Pero las tiendas no están ante la Generalitat ni frente a La Moncloa. Están en Sol, ante el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Entonces apareció Maricarmen: 87 años, 71 viviendo en el mismo piso y la imagen insoportable y políticamente perfecta de una anciana expulsada en camilla. El relato estaba servido con el antagonista de manual: el «fondo buitre» que no era tal, pero daba igual. Maricarmen se convirtió en el reality del sanchismo y en el detonante para la movilización y la acampada en Sol. Alcanzó un acuerdo para regresar a su casa con un contrato de ocho años y una renta que no superará el 30 % de sus ingresos gracias al Ayuntamiento del Partido Popular, pero los acampados siguieron. Porque no se trataba de Maricarmen.
La excusa
En esta liturgia ideológica la realidad se retuerce para adaptarse al relato. Si Maricarmen fuese propietaria de una vivienda okupada, cambiaría inmediatamente el vocabulario: función social de la propiedad, bla, bla, bla. Añadan la hipocresía de quienes dan lecciones al resto mientras disfrutan de abultados patrimonios inmobiliarios y criminalizan a los tenedores que no pertenecen a su casta. Mientras tanto, los españoles pagamos la factura: cesta de la compra, vivienda imposible, impuestos e inflación. En 2024, el 34,6 % de los niños españoles estaba en riesgo de pobreza o exclusión social, la segunda peor cifra de toda la Unión Europea; en 2025 España pasó además a encabezar la UE en riesgo de pobreza o exclusión entre las personas que viven en hogares con hijos dependientes, con un 29,9 %. Ésta es la España invisible de Pedro Sánchez, ignorada por el sanchismo mientras sus compañeros de viaje reparten carnés de sensibilidad social.
La verdadera red
El Sindicato de Inquilinas de Sol está hermanado con el de Cataluña. Ambos están imbricados en una tupida red de organizaciones vinculadas al ecosistema de la PAH y Ada Colau, en cuyos nodos y proyectos hemos documentado más de 3,7 millones de euros procedentes del Gobierno de Sánchez y de administraciones socialistas catalanas. Los propios expedientes cuentan para qué se emplea parte de esos fondos: «movilización», «incidencia política», campañas de comunicación, relato, organización, trabajo en red, «lobby», litigio estratégico y creación de redes internacionales. Anticapitalismo subvencionado. Garrapatas presupuestarias del sistema que dicen combatir. No necesitan gobernar para ejercer poder: necesitan organización, dinero, relato y calle, y llevan años construyéndolos a costa de nuestros impuestos. La lluvia de millones públicos sobre este ecosistema resulta obscena mientras el contribuyente paga cada vez más y tenemos que aguantar a los beneficiarios presentarse como insurgentes contra el sistema.
Anticapitalismo subvencionado con dinero español y europeo
Fuera de España, El Debate ha documentado también otra capa: un programa cofinanciado por la Unión Europea selecciona a EAC como beneficiaria y proporciona dinero, formación, networking y apoyo para campañas e incidencia. Guerrilla Foundation financia su infraestructura organizativa, campañas, reuniones internacionales, viajes y alojamiento. Y esa misma EAC coorganiza en Madrid El Barrio junto al Sindicato de Inquilinas y la Confederación española, mientras sus activistas terminan participando en las movilizaciones y en la acampada de Sol. Los documentos evidencian que la ultraizquierda anticapitalista que proclama la necesidad de superar el capitalismo ha construido una red internacional capaz de organizar campañas, formar activistas, compartir estrategias, financiar desplazamientos y coordinar movilizaciones entre países. Para mantener esa infraestructura, recibe también dinero privado y fondos cofinanciados por la Unión Europea.
El kilómetro cero
El sanchismo agita el viejo espantajo de «que viene la extrema derecha». Feijóo dejó hace tiempo de ser para su relato el líder del principal partido de la oposición que venció a Sánchez en las urnas. Lo convirtieron desde el principio en la puerta de entrada a Vox y Vox, en la justificación para presentar cualquier alternativa al Frankenstein monclovita como una emergencia democrática. Lo que calienta motores en Sol es una maquinaria de asociaciones, sindicatos, observatorios, plataformas, argumentarios, activistas formados y redes capaces de convertir un caso particular en símbolo, el símbolo en campaña y la campaña en movilización. La extrema izquierda organizada debe responder por sus actuaciones: la que proclama que el capitalismo no puede solucionar la vivienda mientras parte de su ecosistema recibe dinero público; la que se alimenta del presupuesto procedente de nuestros impuestos mientras se presenta como insurgencia contra el poder; y la que necesita presentar cualquier alternativa a Sánchez como el apocalipsis para que nadie mire el balance de estos años, los impuestos, la pobreza infantil, las concesiones territoriales, Ceuta o la diferencia entre Cataluña y Madrid. La gran acampada contra una crisis nacional empieza y termina frente al despacho de Ayuso. Las tiendas acampan en Sol, pero es el kilómetro cero contra Alberto Núñez Feijóo.