Miquel detrás del mostrador de su mercería Àngela

Miquel Aguiló posa detrás del mostrador de su mercería ÀngelaJordi Avellà

Cierra el comercio más antiguo de Mallorca: Àngela, la mercería que sobrevivió a la Inquisición pero no al siglo XXI

  • Fundada en 1685, su propietario pone fin a tres siglos de historia familiar en el corazón de Palma con rebajas del 50% hasta el 31 de diciembre

  • Miquel Aguiló baja la persiana después de 48 años detrás del mostrador: «A veces pierdo media hora para vender un botón… y no se lo llevan»

La mercería Àngela cerrará en pocos días. Con ella desaparece el comercio más antiguo de Mallorca —con la excepción de las panaderías— y se pone punto y final a más de tres siglos de actividad ininterrumpida en el corazón de Palma. El establecimiento, situado al inicio de la calle Jaume II, baja la persiana por decisión de su último responsable, Miquel Aguiló, de 64 años, después de 48 años detrás del mostrador. No hay relevo generacional: «Todo empieza y todo acaba», resume sin dramatismo mientras cambia el escaparate para promocionar las rebajas con «todo al 50 %».

La decisión de cerrar no responde a una crisis puntual sino que es acumulativa: «No hay negocio», sostiene su propietario con un ejemplo que le revuelve. «A veces paso media hora con una señora para escoger un botón. Saca cajas, saca cajas… y al final dice: 'no me lo llevo'». Media hora perdiendo el tiempo. O más. «Así que para no acabar en la cárcel, prefiero salir», bromea.

Nadie cose ya

La mercería es un negocio con género que hay que ver, tocar, probar. Por eso, sobrevivió a Internet pero no a los nuevos tiempos donde ya nadie cose ni arregla la ropa. «Antes todo el mundo se hacía todo y ahora nadie se hace nada», resume como un mandamiento actual.

A veces, cambiar unos botones cuesta más que comprar ropa nueva. «A la clienta le digo: nueve euros. Me dice: uy, qué caro, si la blusa me ha costado cinco. Al final, sale de la tienda y va a comprarse una nueva camisa.

Así que Miquel ha dicho basta. Bajará la persiana de un local emblemático, que es propiedad de siete hermanos.

-¿Qué pasará ahora? Se encoje de hombros. «Se vende, se alquila… ya veremos». Lo de «forrarse con el alquiler» lo dice en broma. O no del todo porque el local está en un sitio muy bueno en pleno centro de la capital balear. «Espero que paguen bien», suspira mientras mira a su alrededor con una mínima nostalgia que se empeña en esconder.

Escaparate de la mercería Ángela en pleno centro de Palma

Escaparate de la mercería Ángela en pleno centro de PalmaJordi Avellà

Miquel empezó a trabajar en la tienda con 14 años. «Mi padre me dijo: vente a ayudarme. Al principio hacía poco: «algún recado, iba a correos, me escapaba a merendar...» rememora sonriendo. Y se quedó toda una vida.

Él es el último de una cadena larguísima de propietarios. Por Ángela han pasado trece generaciones de la misma familia, un caso casi único en el comercio europeo. Desde finales del siglo XVII, el negocio ha pasado siempre de padres a hijos, sin interrupciones.

Prueba de ello es la cartulina que hay en el escaparate. En ella figuran los nombres de todos los dueños, desde 1679 hasta hoy. Todos apellidos xuetes (judíos conversos de Mallorca).

Barbassa huyó acusado de herejía

La familia de Miquel se hizo cargo del negocio en 1685 cuando se lo compró a la Inquisición. Antes, la mercería pertenecía a Rafel J. Martí, alias Barbassa, un judío converso acusado de herejía que logró huir de Mallorca. En su huida dejó atrás todo su patrimonio, también la tienda que el Santo Oficio se apropió.

Escuchar a Miquel relatar el pasado del comercio obliga a retroceder a finales del siglo XVII cuando la Inquisición ejecutó a 65 judíos conversos, quemados tras ser sorprendidos intentando huir de la isla en un barco inglés. Aquellos hechos, recreados por Carme Riera en Dins el darrer blau, marcaron para siempre la historia de los xuetes mallorquines. Barbassa logró escapar. Como no pudieron atraparlo, la Inquisición quemó públicamente un muñeco de trapo que lo representaba.

La Iglesia conservó la mercería durante seis años hasta que en 1685 la compró Pere Forteza, alias Botiguer, el primer antepasado directo de Miquel al frente del negocio. Desde entonces, la tienda no ha dejado de funcionar.

Los abanicos, el artículo más valioso de la mercería Ángela

Los abanicos, el artículo más valioso de la mercería ÁngelaJordi Avellà

Los abanicos, lo más valioso

Miquel guarda papeles en un cajón. Conserva un inventario de la mercería de hace 220 años. Es casi ilegible pero él lo transcribió y descubrió algo revelador: los productos apenas han cambiado.

Botones.

Hilo.

Agujas.

Medias.

Calcetines.

Puntillas.

Corbatas.

La tienda lo muestra sin explicarlo. Las paredes están cubiertas de diminutos objetos de colores. La pared de los botones es la más llamativa: desde el suelo hasta el techo, pequeñas cajas de cartón blanco, cada una con un botón cosido en el exterior. Aguiló posa detrás del mostrador y sonríe para la foto.

-¿Cuántos botones hay?

-«Empecé a contarlos una vez».

-¿Y qué pasó?

-«Me paré a los dos días. Y no iba ni por una cuarta parte».

Pero lo más valioso no son los botones. Son esos abanicos que tiene escaparate. «Son de fémur de cerdo», señala hacia la cristalera al lado de la puerta. Ahora está promoción a unos 1.000 euros cada uno.

-¿Quién era Àngela?

-«Mi abuela. Àngela Bonnín. Una señora grande. Se retiró a finales de los años cuarenta», responde el nieto. Poco después murió su marido, cuando el padre de Miquel tenía apenas dos meses.

-¿Le da pena cerrar?

-«Un poquito más a medida que se acerca el día. Pero no mucha», responde con extraña frialdad. Miquel sabe que no hay relevo generacional, y tampoco lo fuerza. «Mis hijos tienen otras aspiraciones. Tienen que dedicarse a lo que ellos quieren», suspira.

Una clienta pasa, asoma la cabeza y suelta una frase que resume la decadencia del negocio:

-«Ay, Miquel ¿qué haremos sin ti ? ¡No podremos venir a comprarte una sedalina una vez al año!».

«Una vez al año», repite él entre dientes masticando cada palabra.

- ¿Y ahora qué pondrán aquí?, se pregunta otro lugareño asomado a la puerta.

«Vete a saber... Nosotros ya hemos estado tres siglos aquí, ¿no está mal, no?».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas