Turistas en un aeropuerto
Datos anuales
El turismo que más se dispara en Baleares es el de los visitantes que se quedan «en casa de un amigo»
El Govern maneja varios escenarios para explicar este fenómeno: desde el alquiler turístico ilegal hasta los inmigrantes ilegales que entran como «turistas»
Esta es la escena: un encuestador del Instituto Balear de Estadística (Ibestat) se acerca con su tablet a un grupo de recién llegados al aeropuerto de Palma y les pregunta dónde se van a alojar. Se miran entre ellos y uno contesta: «En casa de unos amigos». El encuestador toma nota y pasa a la siguiente pregunta.
Pues bien, esta respuesta es cada vez más habitual en Baleares. Tanto, que ese «me quedo en casa de unos amigos» o «vamos a casa de un familiar» se ha convertido en la modalidad de alojamiento que más ha crecido en el último año. ¿De verdad se trata siempre de los primos de Düsseldorf de -pongamos, por ejemplo- Margalida, mallorquina residente en Inca que acoge a sus primos del frío norte de Europa? ¿O son en realidad turistas que han encontrado un piso de alquiler vacacional ilegal —anunciado en una agencia alemana— y que han hallado un parapeto perfecto en el «vamos a casa de la prima Margalida»? Esta es la radiografía turística de unas islas en transformación, también en la forma de alojarse y en el tipo de visitante que llega. Y es a partir de aquí donde los datos oficiales empiezan a contar una historia muy distinta a la que suele dominar el debate público.
Baleares lidera el turismo en España desde los años sesenta y sigue siendo, seis décadas después, uno de los principales polos de atracción del país. Los datos lo avalan. A falta de conocer los datos definitivos de diciembre, el cómputo de enero a noviembre de 2025 refleja 18.769.399 visitantes, un 1,8% más que en el mismo periodo del año anterior. No hay, por tanto, una avalancha inédita. Lo relevante es cómo se está recomponiendo el mapa de entradas y alojamientos.
De ese total, 15.417.362 turistas se alojaron en alojamientos de mercado —hoteles, apartamentos turísticos y otros establecimientos reglados—, apenas 18.000 más que un año antes. Los hoteles y alojamientos similares, de hecho, retroceden y pierden peso en el conjunto del archipiélago.
«Alojamientos de ‘no mercado’», el epígrafe clave
El crecimiento real está en otro lugar. Los visitantes que se alojaron en alojamientos de no mercado pasaron de 3.037.560 a 3.352.037, es decir, 314.477 personas más en solo once meses. Prácticamente todo el aumento del turismo en Baleares se explica por esta categoría.
Dentro de ella, el dato más llamativo corresponde a «otro alojamiento de no mercado», donde se encuadran quienes dicen alojarse en casa de amigos, familiares o conocidos. En 2025 ya son 2.414.477 visitantes, un 14,3 por ciento más en un año. Más de 300.000 personas adicionales que no pasan por el circuito turístico reglado y que convierten esta modalidad en la que más crece, con diferencia.
Para que el lector se haga una idea de la dimensión del fenómeno, basta una comparación: es como si metiésemos a todos esos visitantes en una ciudad entera, una ciudad del tamaño de Valencia con su área metropolitana. Una población completa alojada en viviendas particulares, fuera del radar turístico clásico, pero con el mismo impacto en playas, carreteras, servicios públicos, consumo de agua y generación de residuos.
El patrón se repite por islas. En Mallorca, los turistas alojados en «otro alojamiento de no mercado» ascienden ya a 1.719.243 personas, tras sumar 244.000 visitantes más en un año. En Menorca, alcanzan los 217.075, y en Ibiza–Formentera, los 478.159. En todos los casos, el crecimiento de esta modalidad supera con creces al del turismo total.
Masificación… que no denuncia la izquierda
Son estos visitantes —no los hoteles ni el alquiler vacacional legal— los que también masifican, consumen territorio y recursos, y alimentan la percepción social de saturación que tanto se denuncia desde el ámbito político. La diferencia es que aportan mucha menos transparencia: no generan registros de ocupación, no están sometidos a inspecciones sistemáticas y, en la práctica, diluyen la frontera entre turista y visitante.
Este fenómeno no se da en la España que se vacía, donde faltan visitantes, empleo y oportunidades: se produce en la España que se llena, en los territorios que concentran actividad económica y capacidad de atracción. Baleares es el ejemplo paradigmático: el «Paraíso» turístico es también el principal motor de creación de empleo, de llegada de población y de presión sobre el territorio.
¿Amigos? ¿Alquiler vacacional ilegal? ¿Inmigrantes ilegales?
Desde el propio Govern se manejan varios escenarios para explicar esta evolución. Uno es el alquiler turístico ilegal, que formalmente no existe en las estadísticas como tal, pero aloja turistas reales, con impacto real. Otro es el uso intensivo de viviendas habituales para acoger gratuitamente a amigos y familiares, una práctica cada vez más extendida ante el encarecimiento del alojamiento turístico legal.
Y existe un tercer supuesto, más delicado, que también aparece en los análisis internos: inmigrantes que entran en las islas bajo la excusa de visitar a un familiar o conocido, pero cuya intención final es permanecer en Baleares, incluso de forma irregular. Un fenómeno difícil de cuantificar, pero que vuelve a poner de relieve la zona gris que rodea a esta modalidad de alojamiento.
La paradoja es evidente. Mientras la izquierda -socialistas y nacionalistas- siempre dirigen las críticas contra hoteles y alquileres legales —que pierden peso en las estadísticas—, los datos confirman que el turismo que más crece es el que no se ve. O el que se disfraza de turista para alimentar el gran elefante en la sala: el crecimiento desbocado de residentes.