Fiestas de Sant Antoni en Sa Pobla

Fiestas de Sant Antoni en Sa PoblaIsaac Buj

Demonios toman las calles entre llamas, animales bendecidos y un santo que vence al Diablo

Así es una de las fiestas más importantes de Mallorca, que desde 1365 conmemora al patrón de los animales domésticos, San Antonio de Abad

Hay una noche en la que Mallorca se convierte en una fiesta infernal. Las plazas se llenan de humo y música, hogueras y demonios recorriendo las calles atemorizando al pueblo y emitiendo canciones burlescas al mismo tiempo. La gente acaba perdiéndoles el miedo, uniéndose a ellos en corrillos mientras llueven chispas y el olor de los embutidos más característicos de la isla flota en un ambiente terroríficamente divertido. Pero no es solo una fiesta, sino un encuentro que recuerda el pasado agrícola del territorio, y conmemora a San Antonio Abad, patrón de los animales domésticos, por no sucumbir a la tentación de el Diablo.

Orígenes de Sant Antoni

Para entender la importancia de las fiestas de Sant Antoni, hay que viajar varios siglos atrás. En plena Edad Media, cuando la economía mallorquina dependía casi por completo de la agricultura y la ganadería, la supervivencia de los animales era clave. Protegerlos era una necesidad para poder sobrevivir. De ahí surge la devoción a San Antonio Abad, considerado el patrón de los animales domésticos y protector de los campos.

Existen documentos que revelan los orígenes de la fiesta en 1365, en el municipio de Sa Pobla, una de las localidades donde el ritual ha pasado de generación en generación sin perder su esencia. Lo que comenzó como una súplica religiosa se convirtió, con el tiempo, en una de las fiestas más queridas de toda Mallorca.

La figura del santo está ligada a la leyenda. Un ermitaño que se retiró a su querida naturaleza y fue tentado por el demonio en múltiples ocasiones. Esa lucha simbólica entre el bien y el mal es el alma de la fiesta y se representa en los bailes de demonios, personajes imprescindibles que toman las calles al caer la tarde del día 16 de enero.

Demonios, música y comida

Con máscaras, cencerros y bailes casi hipnóticos, provocan, asustan y divierten a partes iguales. No hay mallorquín que no recuerde la primera vez que uno de estos seres se le acercó demasiado. Es un miedo que forma parte de la tradición. Con el paso de los años, ese temor se transforma en valor para enfrentarlos o, simplemente unirse a ellos en sus provocadoras actividades.

En la víspera, que se celebra durante las primeras horas de la tarde, las principales calles y plazas de los pueblos y ciudades de la isla se llenan de las tradicionales hogueras alrededor de las cuales se reúne la gente. El calor del fuego en fechas donde el frío suele ser el protagonista, se combina también con grandes torradas de productos típicos mallorquines.

El pan con sobrasada o butifarrón son parte esencial de celebración en la que la música también es indispensable. Las ximbombes acompañan a las viejas canciones que mezclan humor, picardía, crítica social y recuerdan duelos legendarios entre San Antonio de Abad y Satanás.

Sa Pobla, epicentro de la fiesta

Si hay un lugar donde esta fiesta adquiere un sabor especial es Sa Pobla, donde nació. Además de los demonios y las hogueras, aquí se prepara uno de los platos más emblemáticos: la espinagada, que es una especie de empanada rellena de anguila y espinacas , o de col y lomo, típica de la cita.

El municipio también se ha ganado fama por su gran espectáculo piromusical. Se trata de un increíble despliegue de fuegos artificiales sincronizados con música que reúne a miles de personas en la plaza.

'Completes' y 'Beneïdes'

Sin embargo, no todo es ruido y fuego. La tarde del día 16 ofrece uno de los momentos más emotivos: las Completes, una misa solemne en la que se entonan los Goigs, cantos dedicados al santo. El contraste es total. Tras horas de bullicio, se reserva un momento para recordar el sentido religioso de la celebración.

La mañana del 17 de enero llega uno de los rituales más antiguos: las Beneïdes. Caballos, perros, gatos, ovejas, pájaros… todo tipo de animales son acompañados por sus dueños para que reciban la bendición. En lugares como Palma o Muro, la participación es masiva y la explanada de la catedral o las plazas principales se llenan de vida. Este es otro de los momentos en los que incluso saltan las lágrimas. Es habitual ver a niños llorando, orgullosos de sus mascotas.

Fuego, música, gastronomía local, demonios, sátira y amor por los animales convierten Sant Antoni en una fiesta muy rica a nivel cultural. Un acto que combina religión y diversión de forma natural y auténtica. Su celebración mantiene intacta la identidad y el carácter de un pueblo, por eso lleva más de seis siglos de historia siendo una de las citas grabadas a fuego, nunca mejor dicho, del calendario mallorquín.

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