Honrar al judío muerto, hacer callar al vivo

Vienen cada final de enero a llorar por el judío de Auschwitz, al que adoran, pero en contrapartida exigen que los que estamos vivos nos comportemos cómo ellos quieren: callados, discretos, con un perfil bajo

Algunos amigos y conocidos me han expresado su extrañeza ante las críticas de las que han sido objeto los discursos institucionales pronunciados en el acto de recuerdo de las víctimas del Holocausto, que tuvo lugar el pasado 29 de enero en el Consolat de la Mar. Extrañeza y molestia porque algunos políticos y no pocos periodistas han criticado agriamente -en redes y artículos- los argumentos ahí expresados, especialmente los contenidos en el discurso de Arieh Molina, presidente de la Comunidad Judía, quien ha sido acusado -también de forma verbal, al finalizar el acto- de aprovechar una jornada de conmemoración institucional para «hacer política». En un día y lugar no adecuados, vaya.

Quienes llevamos tiempo en esta lucha -de la que creo ser decano, aunque tampoco vamos a discutir por eso- conocemos los entresijos del pensamiento antisemita -incrustado hoy por desgracia en el ideario de la izquierda, desde el PSIB a Podemos- que ha sabido situarse en un plano falsamente superior. Se trata de una estrategia tan hábil como maligna que pretende apabullarnos e incluso hacernos callar. Quieren situarnos -y en algunos casos lo consiguen- en un perfil bajo, en un escalón inferior. Y algunos, si pudieran, nos mandarían al sótano, desde donde no fuéramos oídos. Con un objetivo final: que los judíos -también los amigos de Israel- nos sintamos culpables.

¿Cómo se atreve Apesteguía a criticar, aunque sea implícitamente, que en los discursos antes citados se aludiera -sin nombrarla- a Lucía Muñoz, esa señora que no se cortó un pelo al afirmar que su deseo para el 2026 era la desaparición de Israel como estado y que su amada Palestina se extienda desde el río hasta el mar? Pues yo se lo diré, caballero: porque nosotros se lo hemos permitido. Muchos judíos, también gente de buen corazón, amigos de Israel, han caído en la trampa más maligna de todas las que nos tiende el antisemitismo: la de aceptar -siquiera con el silencio o con la discreción y la mesura- que algo tenemos que hacernos perdonar, que si la izquierda nos denosta es porque ellos tienen un pensamiento más noble que el nuestro. Pretenden, y muchas veces lo consiguen, que elaboremos nuestros argumentos de defensa en función de los suyos, que partamos de la base de que alguna culpa debemos tener y que ellos, paladines de la paz y la misericordia, hacen lo que hacen y nos dicen lo que nos dicen por nuestro bien, para que reflexionemos y empecemos a pensar que Israel es culpable y nosotros somos sus cómplices.

Es en este sentido en el que hay que enmarcar la asistencia de altos cargos políticos izquierdistas al acto que cada año celebran conjuntamente la Comunidad Judía y Presidència del Govern. Vienen a llorar por el judío de Auschwitz, al que adoran, pero su acto de bondad y comprensión exige en contrapartida que aquellos que estamos vivos, o los que se establecieron en la tierra de sus ancestros nada menos que en 1948, nos comportemos cómo lo que somos: judíos al fin y al cabo que en el fondo -al menos mientras estén vivos- no son de fiar.

Hacernos perdonar: he aquí el deber que para el antisemitismo disfrazado tenemos los judíos. Algunos xuetes, en los tiempos de mayor discriminación y desprecio, también lo entendieron así. Mi primo Miquel Aguiló salía por las calles de Sa Pobla con los bolsillos repletos de cacahuetes para ofrecérselos a quienes le insultasen. La frase «es que nosotros no somos cómo los demás» fue de uso corriente durante mucho tiempo y los antisemitas del siglo XXI quisieran renovar su vigencia.

Lo que pasa es que algunos ya no nos callamos.

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