Memoria de mi abuelo, pionero de la exportación de patata temprana a Inglaterra
Pedro Antonio Aguiló trajo a sa Pobla semillas de patata de una variedad inglesa muy apreciada, la Royal Kidney, la hizo plantar en uno de sus huertos a l'amo en Matxet, el aparcero, y luego exportó el fruto a la propia Inglaterra
El pasado jueves mi abuelo materno habría cumplido 152 años. Le recuerdo vagamente, pero sé mucho de su vida porque fue un personaje singular. En los años 20 del siglo pasado, junto a un socio catalán, inició la exportación de patata temprana a Inglaterra. El éxito de aquella iniciativa cambió por completo el tejido social y económico de sa Pobla. No creo que l'amo en Perantoni fuese un altruista, sino que, al triunfar como empresario agrícola —comerciante de productos de la tierra, los llamaban entonces—, trajo la prosperidad a su pueblo. Fue amigo personal de Joan March Ordinas, lo que explicaría que una persona con estudios elementales, que nunca aprendió una palabra de inglés, trascendiera los estrechos límites del comercio mallorquín y se plantase en la Inglaterra postvictoriana. Pedro Antonio Aguiló trajo a sa Pobla semillas de patata de una variedad inglesa muy apreciada, la Royal Kidney, la hizo plantar en uno de sus huertos a l'amo en Matxet, el aparcero, y luego exportó el fruto a la propia Inglaterra. El secreto del éxito fue poder ofrecer a los británicos un producto propio fuera de época, aprovechándose de la diferencia climática. Sus hijos y nietos —que continuaron con el negocio— decían siempre que era como jugar en la bolsa. Una primavera fría o unas heladas persistentes podían echar al traste la campaña de exportación, como en efecto ocurría muchas veces. Mi abuelo debía ser un hombre con un sentido del riesgo empresarial muy acusado, pues cada año, antes de la exportación, hipotecaba todos sus bienes para poder jugar fuerte en el mercado británico. Viajaba a Londres, instalándose cerca de Covent Garden, el gran mercado de frutas y verduras de la ciudad. No interrumpió esa actividad ni siquiera durante la guerra civil.
No supe hasta fechas muy recientes que la principal empresa con la que mi abuelo comerciaba en Inglaterra estaba regida por una familia judía. Ignoro también si P.A. Aguiló congenió con ellos por su común origen —la relación se prolongó durante tres generaciones— o fue una casualidad. Me inclino por la primera posibilidad, pues Pedro Antonio Aguiló no daba puntada sin hilo. Conocí a Bob Hillman, directivo de la empresa exportadora, en 1962, cuando viajé a Londres con mi primo, también llamado Pedro, que por entonces llevaba las riendas del negocio. Pasamos un tranquilo fin de semana en una casa de la campiña inglesa. Ni por asomo pude sospechar entonces —yo tenía solo 17 años— que estaba siendo acogido en un hogar judío.
Respecto a la amistad de mi abuelo con Joan March, pude reconstruir algunos episodios cuando escribí mi libro sobre el mítico financiero. P. A. Aguiló le visitó en la cárcel donde el gobierno de la II República le tuvo encerrado 17 meses sin juicio previo. El genio de Santa Margalida siempre le agradeció aquel gesto, que muchos mallorquines que se decían vergüistes no tuvieron el coraje de llevar a cabo. La relación entre ambos se mantuvo intacta, aunque mi abuelo nunca participó en el negocio del contrabando, actividad que en la Mallorca de entonces no se consideraba ilegal, solo ilegítima. La compraventa de tabaco al margen de la normativa del Estado siempre fue vista en la isla como una forma de supervivencia frente a unos poderes públicos lejanos y escasamente dadivosos con una tierra que, antes del turismo, estaba irremediablemente abocada a la pobreza.
Podría contar mil anécdotas sobre mi abuelo que, con el paso de los años y los testimonios que he ido recogiendo, se configuró a mis ojos como alguien muy especial, un emprendedor corajudo y discreto que, —sin pretenderlo— convirtió sa Pobla en una potencia agrícola, «la despensa de Mallorca», como era considerada entonces