La guerra afectará principalmente —o exclusivamente— a nuestro sufrido sector primario
Atención: Eso es mucho peor que lo de Agama, un tema que algunos medios han «inflado» por su vertiente sentimental y nostálgica cuando en realidad el cierre se produce por dos actitudes absolutamente privadas
Si la guerra de Irán se enquista el primer sector económico de Baleares que pagará los platos rotos no será el turístico sino el primario. El campo, pese a las ayudas de la PAC, es la auténtica cenicienta de nuestro tejido económico. Cuando viene un bache -el de ahora podría ser un gran socavón- los primeros afectados son los agricultores y ganaderos, amén de las industrias agro alimentarias. Y atención: eso es mucho peor que lo de Agama, un tema que algunos medios han «inflado» por su vertiente sentimental y nostálgica cuando en realidad el cierre se produce por dos actitudes absolutamente privadas: el incumplimiento de su palabra por parte de la empresa «Damm» y la negativa de los tres productores de leche que quedan, tres, a aceptar la alternativa propuesta por el Govern. Las cosas claras y el chocolate -el del Laccao- espeso.
La guerra, que yo siempre vi como inevitable, ya está incidiendo directamente en el coste de la energía. La subida del gas está siendo más que notable. ¿Y a qué no saben que el gas es absolutamente imprescindible para la fabricación de abonos y fertilizantes? A partir de ahí pueden ocurrir dos cosas y ninguna buena. Si el aumento repercute directamente en la factura de los agricultores, habrá mas cierres de explotaciones. Antes de que Trump enviara sus bombardeos contra Irán la mayoría de nuestros payeses ya se las veían y deseaban para asumir lo costes energéticos de sus fincas. Y si ahora repercuten la bestial subida de esos productos químicos, que creo ronda el 80%, aumentará espectacularmente el precio de la cesta de la compra, que para la mayoría de nuestras amas y amos de casa ya viene siendo insoportable. ¿Ayudas del gobierno central o del Govern Balear? Ahí entramos en el laberinto de competencias entre Palma, Madrid y Bruselas, un escenario intrincado cuyo recorrido puede durar incluso más que la guerra. Mal asunto, se mire por dónde se mire.
Mientras tanto Sánchez, jugando a su natural y congénita ambigüedad. Proclama el «No a la Guerra» desde la Moncloa en un acto más electoral que institucional, menuda rostro, pero luego baja la cabeza ante la Unión Europea y manda la fragata más moderna de la Armada «a defender a Chipre». Quiere quedar bien con todo el mundo -incluso con el régimen asesino de Teheran- y, de paso, montarse una campaña electoral a muchos meses vistas que, cómo hizo Zapatero en 2004, «cargue» la impopularidad de la guerra a la pérfida derechona, movilice a la izquierda y agrade a la los comunistas con los que -si la aritmética parlamentaria lo permitiese, algo muy poco probable- podría volver a propiciar un gobierno Frankestein. Estimo que para que los castillos en el aire que levanta el PSOE se sostengan tienen que ocurrir muchas cosas. No estamos en 2004 y la guerra de Irán tiene poco o nada que ver con la de Irak. Creo sinceramente que la sociedad española -y especialmente la balear- no tiene porque ser pesimista. Exceptuando, claro está, nuestro sufrido sector primario. Su debilidad en el concierto económico no viene de ahora -hace 50 años que escribo de agricultura y ganadería y lo que he vivido es una crisis tras otra- pero también es cierto que los pocos y ya envejecidos payeses que nos quedan no podrán aguantar nuevas embestidas.
Volviendo a Agama, apunten una palabra: queso. Ese es el camino porque ahí sí que hay mercado. Y los ganaderos que han dicho «no» a la cooperativa mixta propuesta por la conselleria d'Agricultura lo saben. Ya lo creo que lo saben.