Carlos Beltrán en su despacho

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Entrevista Carlos Beltrán director de colegio Aixa y Llaüt

Carlos Beltrán: «Limitar la libertad de los padres para elegir colegio empobrece a la sociedad»

El director de Aixa-Llaüt defiende que la familia es la verdadera escuela, explica por qué el centro pasó a ser mixto y reivindica una educación que une el cariño con el esfuerzo

Carlos Beltrán defiende que en la educación mandan los padres y no la Administración. El director de Aixa-Llaüt -el único centro educativo de Baleares vinculado al Opus Dei- defiende sin complejos un proyecto con principios claros frente a la uniformidad. Hace dos años, el centro originariamente de educación diferenciada dio un giro -asfixiado por la Ley Celaá- y pasó a ser mixto para evitar que el coste económico expulsara a las familias. «Elegimos cuidar a los padres para que nadie tuviera que irse por dinero», sentencia. Su receta no tiene misterios: los valores vienen de casa y el colegio está para reforzarlos.

— ¿Qué es lo más importante en la educación de un alumno?

— Lo más importante es querer al alumno. Y quererlo de verdad no significa simplemente que esté a gusto o evitarle dificultades. Querer a un alumno es preocuparse por él, conocerlo, buscar lo mejor para su vida y exigirle para que crezca como persona. La educación auténtica siempre une afecto y exigencia. Cuando un chico percibe que un adulto lo mira con estima, confía en él y le pide más porque quiere su bien, entonces se abren muchas posibilidades de crecimiento.

— En muchas ocasiones se dice que la escuela educa, pero usted insiste en que la familia es quien educa. ¿Qué quiere decir exactamente con eso?

— Quiero decir algo muy sencillo y muy profundo a la vez: los primeros educadores de los hijos son sus padres. El colegio tiene una misión importantísima, pero subsidiaria; acompaña, refuerza, orienta y enriquece. La familia es el lugar donde un niño aprende a mirar la vida, a relacionarse, a querer la verdad, a esforzarse y a distinguir el bien del mal. Cuando un colegio entiende esto, trabaja mejor. Y cuando una familia lo vive con responsabilidad, el hijo crece con más unidad y más seguridad.

— Entonces, ¿qué papel debe jugar el colegio?

— El colegio debe ser un aliado leal de las familias. No estamos para sustituirlas, sino para colaborar con ellas en un mismo proyecto formativo. Educar no es solo transmitir contenidos; es ayudar a formar personas íntegras, libres, responsables y capaces de amar el bien. Y eso solo funciona de verdad cuando familia y colegio reman en la misma dirección.

— Usted habla de un «mismo proyecto formativo» entre familia y colegio. ¿Por qué es tan importante?

— Porque los niños y los adolescentes necesitan coherencia. Si en casa se transmiten unos criterios y en el colegio otros completamente distintos, el alumno vive una fractura interior. En cambio, cuando familia y escuela comparten principios básicos —el valor del esfuerzo, el respeto, la responsabilidad, la apertura a los demás, la educación de la libertad—, el crecimiento del alumno es mucho más sólido. No se trata de uniformidad, sino de unidad en lo esencial.

— ¿Defiende también la libre elección de centro educativo por parte de las familias?

— Sin ninguna duda. La libertad de elección del proyecto educativo para los hijos es un derecho fundamental de los padres. No hablamos de un privilegio, sino de una exigencia de una sociedad verdaderamente plural y libre. Las familias deben poder escoger el tipo de educación que consideran mejor para sus hijos, de acuerdo con sus convicciones, sus valores y su visión de la persona. Limitar esa libertad empobrece a la sociedad.

— En esa relación entre familia y colegio, ¿qué papel juega la confianza?

— La confianza es la base de todo. Sin confianza no hay verdadera educación compartida. Los padres deben saber que el colegio busca el bien de sus hijos, y el colegio debe saber que las familias quieren caminar a su lado. Eso no significa ausencia de diálogo, al contrario: el diálogo es imprescindible. Pero una cosa es dialogar y otra muy distinta es cuestionar constantemente las apreciaciones del claustro o desautorizar al profesor. Cuando eso ocurre, el alumno aprende el mensaje equivocado: que toda autoridad es discutible en tiempo real y que cualquier corrección puede relativizarse. Y así la educación se debilita.

— ¿Cómo se traduce eso en la disciplina del colegio?

— Nosotros creemos en una disciplina ligera, pero interiorizada. Ligera no significa débil; significa que no se apoya en un exceso de rigidez externa, sino en la comprensión del porqué de las normas. Aspiramos a que los alumnos no hagan las cosas bien solo porque alguien los vigila, sino porque entienden que tiene sentido hacerlas bien. La mejor disciplina no es la que más castiga, sino la que más ayuda a crecer por dentro.

— Hoy se habla mucho de bienestar emocional. ¿No existe el riesgo de bajar la exigencia académica en su nombre?

— No deberíamos plantearlo como una disyuntiva. El bienestar personal no compite con el rendimiento académico; lo hace posible. Un alumno que vive con serenidad, que se siente querido, acompañado, exigido con sentido y ordenado interiormente, rinde mejor. La excelencia académica no nace del agobio permanente, sino de una personalidad equilibrada, con hábitos sólidos y con motivación profunda. Exigencia sí, pero siempre unida al cuidado de la persona.

— Usted ha hablado en alguna ocasión de «las tres patas del taburete emocional». ¿A qué se refiere?

— Me parece una imagen muy gráfica. Para que un alumno esté bien, hay que cuidar tres dimensiones inseparables. La primera es la personal: autoestima sana, conocimiento de uno mismo, fortaleza interior, equilibrio. La segunda es la social: amistades, convivencia, vínculos familiares, capacidad de trabajar con otros, empatía. Y la tercera es la trascendente: la apertura al sentido, a las grandes preguntas, al servicio, a Dios para quien tiene fe. Si una de esas patas falla, el taburete se tambalea. Nosotros queremos educar atendiendo a las tres.

— ¿Diría que Aixa-Llaüt tiene un carácter propio muy definido?

— Sí, claramente. Nuestro colegio tiene un carácter propio muy definido, y eso no es una limitación, sino una fortaleza. Las familias que nos eligen saben qué propuesta educativa ofrecemos. Tenemos una identidad clara, un proyecto antropológico y pedagógico reconocible, y un estilo de acompañamiento muy concreto. Ahora bien, en el ADN del colegio ha estado siempre, y seguirá estando, el respeto por la libertad. Educar no es imponer; es proponer, acompañar y ayudar a que cada alumno crezca desde su libertad y aprenda a usarla bien.

— El colegio se hizo mixto hace dos años. ¿Cómo explica esa decisión?

— Fue una decisión importante, tomada con serenidad y con sentido de responsabilidad. El colegio se hizo mixto hace dos años porque la alternativa era la privatización, y nosotros quisimos priorizar un bien muy concreto: que ninguna familia tuviera que abandonar el colegio por una cuestión económica. Entre preservar un modelo y poner en riesgo la accesibilidad para muchas familias, optamos por cuidar a las familias y garantizar la continuidad del proyecto educativo.

— ¿Ese cambio significa que han dejado de creer en la educación diferenciada?

— No. Y me parece importante decirlo con claridad. Seguimos creyendo que la educación diferenciada es una opción muy interesante, con fundamentos pedagógicos valiosos y resultados positivos en muchos contextos. Respetamos profundamente ese modelo. Nuestro cambio no fue una renuncia ideológica a sus ventajas, sino una respuesta responsable a unas circunstancias concretas. A veces gobernar una institución exige distinguir entre el ideal posible en abstracto y el bien más prudente y justo en un momento determinado.

— ¿Qué mensaje le gustaría que quedara claro a las familias que leen esta entrevista?

— Que educar es una tarea apasionante que pide alianza, confianza y visión de largo plazo. Que la familia es el corazón de la educación. Que el colegio está para acompañarla con lealtad. Que necesitamos formar alumnos con cabeza, corazón y sentido trascendente. Y que en Aixa-Llaüt seguiremos trabajando para ofrecer una educación exigente, humana, cercana y respetuosa con la libertad de cada persona y de cada familia.

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