Santuario de Sant Salvador
El mítico santuario mallorquín que un pueblo prometió construir si resistía a la peste negra
Religión, supervivencia y espiritualidad marcaron este enclave mallorquín nacido hace siglos en uno de los momentos más oscuros de la isla
En el siglo XIV, cuando la peste negra aniquilaba pueblos enteros, Mallorca respondió al miedo con una construcción que aún hoy sigue en pie. Este enclave surgió a raíz de una promesa cumplida tras sobrevivir a la mayor catástrofe sanitaria de la Edad Media. Desde lo alto de una montaña, se convirtió en refugio espiritual, punto de referencia territorial y testimonio directo de cómo una sociedad afrontó una pandemia sin precedentes.
El Santuario de Sant Salvador, situado en la cima del Puig de Sant Salvador, tiene su origen en 1348, el año en que la peste negra causó un tremendo dolor en el municipio de Felanitx y su entorno. La mortalidad fue tan elevada que los habitantes del municipio realizaron una promesa: si la epidemia remitía, levantarían una capilla en lo alto de la montaña como agradecimiento y protección. Un año después, con la autorización del rey Pedro IV de Aragón, comenzó la construcción del primer templo.
Aquella pequeña capilla inicial fue creciendo con el paso de los siglos. Entre los siglos XVI y XVIII el edificio fue ampliado y reformado para acoger a un número cada vez mayor de peregrinos. El santuario se convirtió en uno de los principales centros de devoción del levante mallorquín, con una intensa vida religiosa y una comunidad que cuidó y mantuvo el recinto durante generaciones.
La doble función protectora
A más de 500 metros de altura, la montaña ofrecía una visión privilegiada del territorio circundante. De esta manera, en épocas de ataques piratas y conflictos costeros, el enclave sirvió también como punto de vigilancia y refugio, reforzando su papel como espacio de protección, no solo en el plano espiritual, sino también en el físico.
Aunque su origen es medieval, el conjunto fue transformándose con el tiempo. En el siglo XX se añadieron elementos que hoy forman parte inseparable del paisaje: la gran cruz de piedra y la estatua del Cristo Redentor, visibles desde gran parte del plano de Mallorca.
Hoy el santuario ya no funciona como monasterio, pero mantiene su actividad religiosa en fechas señaladas y se ha adaptado a nuevos usos. Partes de la estructura se han convertido en alojamiento y restaurante, mientras que la montaña es uno de los destinos preferidos para senderistas y ciclistas, atraídos tanto por la historia como por las vistas panorámicas. Casi 700 años después, sigue formando parte del paisaje, la memoria y la identidad de la isla.