Felisa Forteza, una mallorquina internacional
Entrevista
La terapeuta mallorquina que triunfa en Dubai: «El antídoto del miedo es la confianza, no la valentía»
Felisa Forteza exporta su 'terapia breve' a Emiratos para clientes de todo el mundo: «El intento de solución es a veces el verdadero problema»
Felisa Forteza es un oasis dentro de esta vida agitada de prisas, inmediatez y distracciones en bucle. Tiene un léxico rico, una mirada azul que atrapa y unas manos finas que acompañan su mensaje. «Soy terapeuta, no psicóloga», puntualiza en El Debate esta mallorquina afincada en Dubái, desde donde atiende a personas y parejas de todo el planeta. «Mi trabajo consiste en acompañar a las personas a ampliar su mirada, a entender qué les pasa y a responsabilizarse de ello».
Lo hace desde un enfoque que marca la diferencia en su manera de trabajar: la terapia breve. Su vocación no es bucear indefinidamente en el pasado ni construir relatos complejos sobre el origen de todo, sino ir directamente al punto donde la persona se queda atascada hoy. «La terapia breve es entender qué te pasa y qué haces tú con eso», explica. A partir de ahí, el trabajo consiste en identificar el patrón que se repite —esa forma casi automática de reaccionar ante determinadas situaciones— y, sobre todo, tomar conciencia de cómo uno mismo lo mantiene sin darse cuenta. «Muchas veces, lo que hacemos para no sufrir es precisamente lo que sostiene y alimenta ese sufrimiento. El intento de solución se convierte en el verdadero problema», añade.
-PREGUNTA. ¿Y eso cómo se trabaja en la práctica?
-RESPUESTA. Identificando cuál es esa dinámica de evitación que se repite una y otra vez. No se trata tanto de lo que nos ocurre, sino de lo que hacemos para evitarlo, y que, paradójicamente, termina perpetuando el malestar.
Por ejemplo, alguien que para protegerse del dolor de sentirse rechazado se cierra sobre sí mismo y acaba sintiéndose todavía más rechazado. O alguien que, por miedo a la incertidumbre, intenta controlar, anticipar y planificar constantemente, pero termina viviendo en un estado de mayor inseguridad, en alerta permanente y amenazado por cualquier cambio o imprevisto. De modo que su manera particular de huir del sufrimiento es precisamente lo que le genera más sufrimiento.
Su papel en ese proceso no es tanto guiar sino mostrar. «Yo hago de espejo», dice. «Tú no puedes ver tu espalda. Yo sí. Por eso identifico más fácilmente lo que te pasa, no porque sea más lista ni tenga más respuestas, sino porque tengo otra perspectiva». Esa distancia le permite señalar lo evidente que el otro no alcanza a ver. «Si te estás chocando siempre con la misma columna, alguien tiene que decírtelo. Yo te hago de retrovisor», añade entre risas.
Y en todo este proceso la escucha es fundamental.
La escucha
«Escuchar de verdad es un don», sostiene. «Y no es fácil. Puede parecerlo, pero en realidad no lo es».
PREGUNTA. O sea que no sabemos escuchar…
RESPUESTA. No, en absoluto. La mayoría de las veces no escuchamos: interpretamos. Lo que el otro dice pasa por nuestro filtro -nuestras ideas, experiencias y prejuicios- y entonces ya no estamos escuchando, estamos reconstruyendo su discurso desde nosotros mismos. El resultado es una conversación aparente pero no un encuentro real.
P. ¿Qué ocurre cuando alguien se siente escuchado sin juicio?
R.- Que baja la guardia y empieza a verse a sí mismo. Es un proceso casi físico: menos tensión, más claridad. Y en ese punto es donde realmente se puede trabajar.
La inmediatez
Esa incapacidad para escuchar, en su opinión, tiene mucho que ver con el ritmo al que vivimos. El universo del ‘clic’, del ‘quiero algo y lo quiero ya’. «Vamos demasiado rápido», dice. «Queremos entender rápido, responder rápido, resolver rápido. Pero la escucha requiere exactamente lo contrario: tiempo, silencio y presencia».
No es una cuestión menor porque esa prisa constante no solo dificulta la comunicación, sino que también altera la manera en que nos relacionamos con la realidad. «La impaciencia es querer ir más rápido que la vida», afirma. «Pero la vida tiene su propio ritmo, al margen de nuestros planes y de nuestros deseos».
«Estamos en lucha constante con la realidad», explica. «Con las situaciones, con las personas, con los tiempos. Queremos que todo encaje en lo que esperamos, y cuando eso no ocurre, nos resistimos. Pero esa resistencia, mantenida en el tiempo, nos desgasta y nos debilita. Es importante aceptar que la vida es como es, no como nos gustaría que fuera».
PREGUNTA. —¿Entonces el problema no es tanto lo que ocurre como la relación que tenemos con ello?
RESPUESTA. En muchos casos, sí. La vida trae situaciones difíciles, injustas y dolorosas; eso es inevitable. Pero lo importante no es solo lo que te ocurre, sino qué haces tú con ello, cómo lo sostienes y qué respuesta eliges dar.
Hacerse cargo de uno mismo y de su respuesta
Ahí introduce una de las ideas más incómodas y, al mismo tiempo, más estructurales de su discurso: entender la responsabilidad como capacidad de respuesta. «Estamos muy acostumbrados a señalar las causas externas de nuestro sufrimiento —mi jefe, mi pareja, mi familia— y a colocar fuera el origen de nuestro malestar. Pero siempre existe un margen de libertad: la posibilidad de elegir cómo posicionarte y cómo afrontar lo que te ocurre. El niño culpa y se victimiza; el adulto asume y responde».
PREGUNTA. ¿Por ejemplo?
RESPUESTA. - Un jefe difícil que puede ser una persona complicada, incluso tóxica. Pero si te lo llevas a casa, si sigue ocupando tu mente todo el día y acaba condicionando tu estado emocional y tus relaciones personales, entonces el problema ya no es solo él. Tu responsabilidad también tiene que ver con cómo estás gestionando ese impacto y con tu capacidad de proteger tu propio espacio. Ahí es donde aparece tu margen de libertad: en decidir qué haces tú con eso y hasta dónde permites que te afecte.
El equilibrio y los quesitos del Trivial
«Esa capacidad de respuesta», insiste, «no se pone a prueba sólo en momentos puntuales de conflicto, sino que se construye en la forma en que está organizada la vida en su conjunto. Lo esencial es encontrar un equilibrio entre las distintas dimensiones que la conforman: el trabajo, la familia, la vida interior, el cuidado físico, los vínculos y la dimensión social.»
«Yo siempre les hablo a mis clientes de los quesitos del Trivial. Les explico que para ganar la partida necesitas una pieza de cada color; no puedes hacerlo sólo con el rojo o sólo con el azul. La metáfora le sirve para recordar que una vida plena no se sostiene sobre una única dimensión. Cuando una ocupa todo el espacio, las demás se resienten. Puedes tener mucho éxito en un área, pero si descuidas las otras, te estás perdiendo una parte esencial de la vida. Y eso, al final, también es una elección».
Fe y confianza
PREGUNTA. - ¿Y la falta de Dios? ¿Ve mucho de eso?
RESPUESTA. La falta de Dios… —se detiene un segundo—. Nos metemos en un tema mayor.
P.—Se lo digo porque en consulta se encontrará con gente que busca eso, o que siente que le falta.
R.- Sí, claro. Y ahí es importante ser muy prudente. En consulta acompaño a muchas personas que atraviesan crisis profundas porque han perdido de vista el sentido de su vida y se sienten vacías, estancadas o desorientadas. Mi trabajo no parte necesariamente de la religión, pero la dimensión espiritual y trascendente del ser humano está siempre presente. Porque, para mí, la fe, más que una creencia concreta, es una forma de confianza.
P.—¿Confianza en qué?
R. —En que la vida tiene un sentido, incluso cuando todavía no puedes comprenderlo. En que puedes sostener lo que te ocurre, y en que, detrás de cada experiencia puede haber un aprendizaje. Porque el verdadero antídoto del miedo no es la valentía, sino la confianza. Y este matiz es fundamental.
P.—Explíquelo.
R.- Un torero no sale al ruedo sin miedo. Y debe sentirlo, porque el miedo es una emoción necesaria para poder sobrevivir al peligro. Pero lo que le permite vencer ese miedo no es la valentía, es la confianza: confianza en su técnica, en su experiencia y en su capacidad de responder ante lo inesperado. Con la vida ocurre algo parecido. Es natural sentir miedo, porque vivir implica incertidumbre e imprevisibilidad. El problema no es sentirlo, sino dejar que nos paralice. La fe ofrece esa base firme desde la que seguir avanzando, incluso sin tener todas las certezas.
P.—¿Y eso ayuda a vivir mejor?
R.— Ayuda a relativizar y a salir del ensimismamiento del ‘yo’. A comprender que no todo gira en torno a tu problema o a lo que te ha pasado. Y desde ahí, abrir una mirada más amplia, más serena y luminosa sobre la vida.
P.—¿Entonces Dios está o no está en su trabajo?
R.—Está en la mirada, no en el discurso. No nombro a Dios en consulta, pero sí trabajo desde la confianza en que existe algo más grande que nosotros, algo que sostiene, ordena y da sentido, aunque en determinados momentos dolorosos de la vida no podamos verlo ni comprenderlo.