Son Aina Bonet, misionera mallorquina en Venezuela
Testimonio
Sor Aina Bonet, la misionera mallorquina que lleva 65 años en Venezuela: «La gente se fía de la Iglesia para que llegue la ayuda, no del Gobierno»
La religiosa, de 90 años, vivió durante ocho años en La Guaira, el epicentro de la tragedia. Desde Caracas relata cómo cientos de venezolanos están entregando alimentos, agua, medicinas y dinero a las religiosas para que lo lleven directamente a los damnificados
Sor Aina Bonet Caffaro no ha visto las imágenes del desastre en Venezuela porque es invidente. Todo lo que sabe del desastre exterior le ha llegado por las hermanas de su congregación, que estos días recorren el camino hacia la zona cero con vehículos cargados de alimentos, agua, medicinas y ropa. Son donaciones de cientos de venezolanos que han preferido poner la ayuda en manos de la Iglesia, convencidos de que llegará a quienes más la necesitan. También por las llamadas que reciben, por los testimonios de quienes regresan de las zonas afectadas y por el trasiego constante de personas que cruzan la puerta de la comunidad con bolsas de víveres o un sobre con dinero. «Ayer recé cuatro rosarios», cuenta a El Debate con la voz emocionada. Durante ocho años vivió en La Guaira, donde fue profesora. Conoce aquellas calles, aquellas parroquias y a muchas de las familias que hoy intentan empezar de nuevo después de perderlo todo. «He vivido allí ocho años. Es imposible no sufrir con lo que está pasando», cuenta desde Caracas.
Se apena varias veces durante la conversación. Más de seis décadas viviendo en Venezuela le han enseñado a convivir con crisis de todo tipo, pero reconoce que esta tragedia le ha golpeado de una forma especial. «Son personas muy humildes. Gente que ya antes vivía con muchísimas dificultades. Muchos apenas tenían para comer y ahora no les queda absolutamente nada. Han perdido la casa, la ropa, los recuerdos… todo».
Sin embargo, en medio de tanta destrucción, insiste en que hay algo que la está impresionando profundamente. «Lo que más me emociona es la solidaridad del pueblo venezolano. Es algo impresionante». Sor Aina habla de una solidaridad que nace precisamente de quienes menos tienen. «Aquí hay mucha pobreza. Muchísima. Y aun así la gente comparte lo poco que tiene. Eso dice mucho del corazón de este pueblo».
Sor Aina Bonet, a la izquierda, con otras Hermanas
Desde hace días, la casa de la congregación se ha convertido en un ir y venir constante. «No paran de llegar personas con bolsas de comida, con medicinas, con agua, con ropa o con dinero. Cada uno trae lo que puede» «Nos dicen: «Hermana, lléveselo usted a quien lo necesite». La gente sabe que llegará». Entonces pronuncia una frase que resume la confianza que muchos venezolanos depositan hoy en la Iglesia. «La gente se fía de nosotras, no del Gobierno, para que llegue la ayuda».
«¡María Auxiliadora, ayúdanos!»
Las Hijas de María Auxiliadora, la congregación a la que pertenece Sor Aina Bonet, forman parte de la gran familia salesiana. «Nació de San Juan Bosco y de la fidelidad de Santa María Mazzarello. Don Bosco eligió este nombre porque nos quiso como un monumento vivo de agradecimiento a la Virgen», explica la religiosa. Por eso, cuando el primer terremoto comenzó a sacudir Venezuela, ellas estaban reunidas en misa. De pronto, las sillas empezaron a desplazarse, las paredes crujieron, las lámparas se balanceaban y desde la calle llegaban estruendos secos, como si la ciudad se estuviera partiendo. «Todas empezamos a gritar: «¡María Auxiliadora, ayúdanos! ¡María Auxiliadora, ayúdanos!»», recuerda.
Cuando el temblor cesó y pudieron salir al exterior, comprobaron que al final de la avenida cuatro edificios se habían desplomado. «Afortunadamente allí no hubo víctimas. La gente tuvo tiempo de salir.»
Pero mientras cuenta ese episodio, su pensamiento viaja una y otra vez hasta La Guaira. Allí pasó ocho años de su vida como profesora. Tiene demasiadas vivencias con su gente. «Era una gente maravillosa. Muy trabajadora, muy sencilla y muy generosa». Por eso la tragedia le duele de una forma especial. «Sé cómo vivían antes y me imagino perfectamente cómo estarán ahora.»
Tiene claro que, cuando desaparezcan las cámaras y las portadas, empezará la parte más difícil. «Ahora todo el mundo habla de la tragedia, pero después llegará lo más duro: reconstruir la vida de tantas familias.»
Aun así, dice que el pueblo venezolano vuelve a demostrar una capacidad inmensa para ayudarse entre sí. «Hay personas que traen un paquete de arroz. Otros una caja de medicamentos. Otros una botella de agua. Hay quien deja un poco de dinero. Cada uno aporta lo que puede«. Y eso, subraya, tiene un valor enorme en un país donde casi nadie vive con abundancia. «No sobra nada. Lo poco que tienen lo comparten».
A sus 90 años, Sor Aina sigue encontrando motivos para confiar en las personas. Y por supuesto, en Dios y en María. «Rezamos muchísimo por ellos. La oración también ayuda. Hay momentos en los que es lo único que uno puede ofrecer».
Mallorca, una isla que acompaña a sus misioneros
Detrás de sor Aina hay una vida entregada a Venezuela y también, es justo destacarlo, una red humana que, desde Mallorca, sigue de cerca su labor y la de decenas de religiosos repartidos por los cinco continentes. Es la misión que desempeña Mallorca Misionera, la delegación del Obispado encargada de sostener a los misioneros mallorquines con ayuda económica, material, y por supuesto emocional. Que no pierdan nunca el vínculo permanente con la tierra que dejaron atrás.
Mallorca misionera, familia
Su delegada, Catalina Albertí, explica a El Debate que estos días viven con especial preocupación las noticias que llegan desde Venezuela. «Estamos siguiendo la situación muy de cerca», señala. Al mismo tiempo, reconoce el alivio que supone saber que sor Aina Bonet se encuentra bien, aunque profundamente afectada por la tragedia que golpea a un país en el que ha pasado prácticamente toda su vida. «Lo que reconforta es saber que están ahí y ayudan de verdad».
Los misioneros son, sin duda, el mejor patrimonio humano que exporta la isla al mundo entero.
Siete hermanos, cinco religiosos
Una de ellas, Aina, hija de una familia de siete hermanos -cinco de ellos consagrados a la vida religiosa- que crecrieron en una casa de la calle Lluís Sitjar de Ses Salines, un pequeño pueblo del sureste mallorquín. Hace 65 años cruzó el Atlántico para ser misionera y Venezuela terminó convirtiéndose en su hogar. Hoy, a sus 90 años, ciega y sin poder contemplar las imágenes de la catástrofe, sigue escuchando los relatos de quienes la viven en primera persona. Con ellos reconstruye el dolor que no puede ver, pero que palpa con los oídos y con el corazón. Es la voz de una hija de Mallorca que, desde una Venezuela devastada, continúa acompañando a su pueblo como lo ha hecho durante toda una vida.