Miquel Segura
Predios mallorquinesMiquel Segura

«Llovía como el orinal de Mallorca»: el día del diluvio cuando el Archiduque compró su mítico caserón

Un frío viento de enero y una tormenta en Pollença llevaron a Luis Salvador de Austria a viajar en carro hasta Sa Pobla para comprar la possessió de Miramar. Pagó un precio tan astronómico que enriqueció a la familia Serra durante generaciones

Plaza mayor de Sa Pobla junto a la silueta del archiduque Luis Salvador

Plaza mayor de Sa Pobla junto a la silueta del archiduque Luis Salvador

La noche de enero era clara. Los portillos de la ventana de la vieja torre de Estellencs, donde circunstancialmente residía el archiduque Luis Salvador de Austria, cerraban mal y el aire frío procedente del mar despejaba su mente, ya de por si inquieta. El sueño se hacía esperar y el noble errante dejaba que sus pensamientos brincasen como cervatillos. Imágenes, palabras y propósitos discurrían en su cabeza como un viento desaforado. Nada de eso alteraba la paz que aquella noche anidaba en su interior, bien al contrario: su fantasía le sugería ideas, emociones, y él no las rechazaba. De pronto se levantó para tratar de cerrar la ventana. Observó el cielo cuajado de estrellas y se ensimismó escrutando los sonidos nocturnos que llegaban hasta su solitaria estancia. Sentía el deseo, casi físico, no solo de retener las emociones de aquella noche, sino de asegurarse para sí el disfrute de muchas noches como aquella, sumergirse en la quietud de aquellos parajes, descubrir nuevos enclaves y poseerlos hasta lograr una comunión con Mallorca, la tierra que le había fascinado y que -eso pensaba entonces- nunca querría abandonar. Fue en aquel momento -narrado por él mismo en uno de sus libros- cuando Luís Salvador se propuso comprar la possessió de Miramar, tras los sueños y las locuras del mítico Ramon Llull.

No tardó en visitar la finca que le fue enseñada por los amos, «un home coix i sa seua dona» (un hombre cojo y su esposa). Acabada la visita expresó su admiración por el lugar -algo impropio de un comprador en potencia- hasta el punto que les dijo a los aparceros: «si vendiesen esta finca, yo la compraría». Por supuesto que lo hizo y la intrahistoria de esta operación mercantil nos lleva hasta Sa Pobla. Tuvieron que producirse una serie de circunstancias encadenadas para que el sueño del egregio personaje se hiciese realidad.

Aquel veinte de enero de 1872, festividad de san Sebastián, Luís Salvador se encontraba en Pollença. Había acudido a la villa invitado por el senyor de Comasema para presenciar el baile de ses Águiles que, hoy como ayer, solo danzaban aquel día en concreto. Lo cuenta el propio archiduque en su obra Lo que sé de Miramar: ambos personajes asistieron al solemne oficio parroquial y, tras el almuerzo -en el que se sirvieron gran número de platos y exquisitos postres- tenían el propósito de visitar la vall d'en March, en el camino hacia Lluc, para dibujar unos bocetos de aquellos agrestes paisajes, algo que al egregio personaje le ilusionaba mucho. Lo que hoy en día denominaríamos una «climatología adversa» frustró sus planes.

El día, que ya había amanecido cubierto de nubes amenazantes, se trocó en lluvioso. No eran chubascos aislados, sino lluvias desbordantes que pronto dejaron las calles de Pollensa convertidas en barrizales. Llovía y llovía sin parar y el archiduque, contrariado, observaba como los canalones del caserón de su anfitrión no daban abasto para recoger tanta agua. Luis Salvador describe aquel momento en un delicioso mallorquín de la época: «emperó plovia així com sol ploure a Pollensa, s'orinal de Mallorca» (llovía como sólo llueve en Pollença, el orinal de Mallorca). Demostrando sus conocimientos sobre el clima de la isla el noble explica que cuando las brisas repliegan las nubes sobre Mallorca, el cielo de Andratx es claro y soleado, pero entonces llueve mucho en Pollença. “¿Qué vamos a hacer -se pregunta a si mismo- encerrados toda la tarde en la posada de Comasema?

Eso mismo le preguntó, ansioso, una y otra vez a don Francisco Manuel de los Herreros, poeta fino y gran erudito, que le había acompañado en su aventura pollensina. Y, súbitamente, le surgió la idea: «Podríamos llegarnos hasta sa Pobla, que está aquí cerca, dónde me han dicho que vive el propietario de Miramar. Tal vez lo encontremos en casa y pueda comprarle la finca hoy mismo».

-Pero, Alteza, ¿ha visto cómo llueve? El camino estará embarrado y tal vez el torrente de san Miguel haya desbordado y ni siquiera podamos llegar al pueblo. Yo lo dejaría para otra ocasión, no está el día para rodar por ahí como dos aventureros. Además, no disponemos de carro y no podemos pedir prestadas las mulas al señor de Comasema porque están rendidas del viaje anterior...

Naturalmente, no hubo manera de convencerle. Alquilaron un carro entoldado y tomaron el camino hacia sa Pobla, el mismo que, convertido en carretera, usan hoy en día miles de viajeros. El trayecto duró dos horas. Entraron al pueblo y enfilaron la calle Mayor, que estaba desierta. La vía pública parecía un torrente y no se veía un alma viviente. Pero Luis Salvador no se amilanó. En una esquina de la plaza divisó una mujeruca que intentaba guarecerse del diluvio que caía. Quiso la suerte que el caserón de don Joan Serra, «Verdal» -que en la actualidad es un centro de día para mayores- estuviese casi frente a ellos, y así se lo indicó la anciana. Bajaron del carro como pudieron y el propio archiduque llamó a la puerta. Tardaron un tiempo en abrir. Al fin pudo escuchar el lamento de los goznes y en el umbral apareció la figura de una niña de unos doce años que, al contrario de lo que cabía esperar, no se amilanó ante la imponente figura que tenía ante ella.

-Buenas tardes, ¿vive aquí don Joan Serra?

La criatura, que años más tarde matrimoniaría con el joven senyor de can Planes, familia de alta alcurnia local y rivales políticos de los Serra, le indicó que esperase un momento, ya que iba a avisar a su progenitor.

«No importa el precio»

Tras las oportunas presentaciones, el príncipe austríaco fue al grano: «Sé que poseéis la finca de Miramar y me gustaría saber si está en venta. No importa el precio». Por su parte, Joan Serra consideró rápidamente la oferta ya que la propiedad le caía muy lejos y la tenía un tanto abandonada. Luis Salvador ofreció una cantidad y el rico hacendado tuvo que esforzarse para no manifestar su sorpresa. La cifra se convirtió en legendaria en sa Pobla. Nadie la concretaba pero era de tal magnitud que convirtió a Joan Serra y a sus herederos en auténticos potentados.

Hasta hace muy poco algunas familias del pueblo disfrutaban todavía de los beneficios de tan cuantiosa herencia. Así fue como Luis Salvador de Austria adquirió una possessió que se convertiría en objeto de su predilección, la niña de sus ojos entre el inmenso patrimonio rural que había ido comprando. Ahí se acumulaban siglos de historia -hay noticias de la propiedad que datan de los años inmediatamente posteriores a la conquista catalana de Mallorca- ahí estaba la huella de Ramon Llull y la memoria de su Escuela de Lenguas Orientales, y allí se instaló, la primera imprenta que existió en Mallorca. Miramar es un compendio de historias apasionantes y diversas, un tesoro escondido en los parajes más bellos y agrestes de la costa de Poniente.

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