Son Torrella, en el techo de Mallorca, la finca rústica que se topó de bruces con la Guerra Fría

De los trigales cultivados a mil metros de altitud a los radares estadounidenses del Puig Major: la llegada del Ejército norteamericano transformó para siempre este rincón de la Serra de Tramuntana y la vida del valle de Sóller

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Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los mallorquines se vieron obligados a aprovechar cada palmo de la isla para abastecerse de alimentos. Incluso los más agrestes parajes de la Serra de Tramuntana eran cultivados con esfuerzo para subsistir. Tierras como las de Fartàritx, en Pollensa, producían un excelente trigo. El dueño de esta possessió era un terrateniente de Sineu que en los primeros años de la posguerra comercializó su cosecha de trigo al entonces escandaloso precio de 15 pesetas el kilo. El aparcero de la finca, l'amo en Francesc, subía cada día desde su pueblo hasta la cumbre de un monte por caminos de cabra para poder llegar a las tierras cultivables.

Pero quizá el caso más notorio en este sentido sea el de son Torrella, la finca rústica situada en el techo de Mallorca, en el Puig Major, que vio alterada su nada plácida existencia por la Guerra Fría. Los payeses de montaña más viejos, en efecto, conocían aquella explotación agraria con el nombre de son Torrella des Puig Major quizá para diferenciarla del impresionante predio del mismo nombre situado en Santa Maria en el que vivió durante muchos años Alan Hillgarth, un espía de novela al servicio de Su Majestad Británica.

Antes de toparse con los inextricables misterios de la geopolítica internacional, son Torrella era un lugar aislado y recóndito que, sin embargo, producía las espigas de trigo más altas de Mallorca a mil metros de altitud, en unas tierras entonces inaccesibles para cualquier vehículo. Los esforzados agricultores que las cultivaban pasaban meses aislados, con los agrestes caminos de la sierra cubiertos de nieve, confinados en un mundo de soledad y silencio.

El Puig Major, de 1445 metros de altitud, se convertiría en una base de observación y vigilancia, dotada con los radares más potentes de la época

Las casas de son Torrella eran humildes, de rústica belleza, con acogedores rincones llenos de detalles. Los agricultores de Mallorca, fuesen señores de raigambre o simples aparceros, tenían un sentido de la estética y el buen gusto que se mostraba en todas sus construcciones, ya fuese en el brocal de un pozo, en el arco que dividía la casa, o en el quicio de un portal. Su a veces manifiesta pobreza rezumaba una dignidad que infundía un gran respeto.

En son Torrella llegó un día en que todo cambió. Fue cuando arribaron unos vecinos inesperados, componentes del ejército más poderoso del mundo. El 27 de diciembre de 1953 los Pactos de Madrid, firmados por los gobiernos de España y Estados Unidos, trajeron como consecuencia la instalación de bases militares norteamericanas en diversos puntos del país. Eran estructuras de vigilancia conjunta impuestas por la Guerra Fría. Aquellos pactos, que supusieron el final del aislamiento internacional del régimen de Franco, tuvieron sus consecuencias en Mallorca. El Puig Major, de 1445 metros de altitud, se convertiría en una base de observación y vigilancia, dotada con los radares más potentes de la época. Las obras en la cumbre y la llegada de los equipos de rádar norteamericanos se iniciaron a partir de 1955, quedando la base totalmente operativa en 1957.

El impacto de la Guerra Fría transformó profundamente, no solo la modesta finca rústica de son Torrella -las instalaciones militares ocuparen terrenos colindantes a la casa- sino la Serra de Tramuntana, que vio modificada su geografía, su infraestructura y su sociedad. Fue como un tsunami que alteró principalmente los municipios de Escorca y Sóller. La cima original de la montaña más alta de la isla fue dinamitada y rebajada cerca de 9 metros con el fin de allanar el terreno e instalar las esferas de los radares, que fueron visibles desde casi todos los puntos de la geografía insular. La mayor elevación mallorquina quedó restringida al acceso público, impactando notablemente en la agricultura de montaña que por aquellos días era, cómo hemos dicho, muy rentable al producir cereales de excelente calidad, al tiempo que tres productos esenciales para la época: aceite, leña y carbón. También se construyó la espectacular carretera de montaña -hoy MA10- diseñada por el ingeniero Antonio Parietti, imprescindible para subir los pesados equipos tecnológicos a la cumbre y se perforó el túnel de Monnàber.

Mucho más que la tradicional existencia de la finca de son Torrella se alteró la vida socieconómica y cultural de Sóller y Port de Sóller. La llegada del 880th Aircraft Control and Waming Squadron introdujo nuevas costumbres en aquellas localidades. Aunque Sóller siempre fue una ciudad moderna, abierta al mundo a través del mar y con una notable influencia francesa, se produjo un auge comercial y de ocio nocturno debido a los dólares que movían los militares USA y la demanda de viviendas de alquiler para los oficiales. El estilo de vida de los soldados norteamericanos supuso una auténtica revolución cultural y económica en la tranquila sociedad de la Vall de Sóller en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado.

Cuando este cronista visitó son Torrella, a mediados de los años 80, ya no había militares extranjeros en la cumbre del Puig Major. Ahí estaba la base, eso sí, ahora en manos del ejército español de la democracia post franquista. Y ahí seguía la finca, sus humildes pero encantadoras cases, sus tierras cerealistas y unos aparceros luchando por sobrevivir en un entorno hostil y en un mundo que ya no era el que ellos habían conocido.

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