Cita secreta en Mallorca: cuando Felipe González negoció con Gadafi en un histórico palacete rural
Tras los muros del histórico predio de Santa Ponça el expresidente español citó al dictador libio para buscar una mediación contra ETA
Ilustración y montaje de Gadafi y Gonzalez
Al escuchar el nombre de Santa Ponça muchos -incluso entre los mallorquines- lo asocian a «una población turística». Pero mucho antes que eso fue una possessió, es decir, un predio, con su extensión de tierras dedicadas a la agricultura y la ganadería, su casa señorial y las edificaciones anexas: la de los aparceros y las que un tiempo ocupaban los múltiples trabajadores de la finca, los establos, e incluso las dos torres , una de ellas con su pequeño campanario. Porque, en efecto, Santa Ponça fue, desde muchos siglos atrás, uno de los predios más importantes de Mallorca. Algunos decían que pertenecía al mítico grupo de set set cases (las siete casas) que, según una leyenda popular, fueron el núcleo original de la repoblación de la isla tras la conquista de la misma por parte de Jaume I.
El nombre de la finca, precisamente, está ligado a la citada conquista porque fue en una pequeña bahía cercana a la propiedad donde desembarcó el Rey Conquistador. Fue una tempestad y no el designio real la que decidió que aquellos parajes quedaran marcados para siempre con el sello de la gesta. Con todo, la historia de la finca empezó mucho atrás, en épocas que se pierden en la noche de los tiempos. El propio nombre de Santa Ponça tendría sus orígenes en la época de la roma cristiana y, posteriormente, de la etapa sarracena. Volviendo al desembarco de las tropas catalano-aragonesas en aquellos parajes, cabe señalar que los mismos, tras la rendición de los musulmanes, fueron adjudicados por el monarca a un tal Bernat d'Argentona, al haber sido aquel noble el primero en bajar a tierra ondeando el pendón real.
Explicar aquí y ahora la historia de Santa Ponça, con la retahíla de los nombres de sus distintos señores y las vicisitudes por las que ha pasado la propiedad a lo largo de casi ochocientos años, sería excesivo y podría aburrir al lector. La enorme casa del senyors (casa de los señores) esconde numerosos enigmas, por ejemplo el de los extraños dibujos que pueden verse en una de las habitaciones, concretamente la situada en el segundo piso de la torre principal. A primera vista pudieran parecer caprichosas líneas sin orden ni concierto, pero una observación detallada revela al curioso que aquellas extrañas formas representan distintos tipos de antiguas naves dibujadas en colores negro y rojizo. El paso del tiempo, con diversos recubrimientos, acabó por difuminar las imágenes que no eran sino un código de señales que alguien plasmó en la pared, seguramente un vigía apostado en la torre, con el fin de avistar los navíos que divisaba desde su privilegiada atalaya. Porque la finca siempre estuvo en el centro de los acontecimientos que sacudían su mediterráneo entorno. Incluso en tiempos muy recientes.
Una fecha clave: 19 de diciembre de 1984
En 1984 Santa Ponça pertenecía a la familia Nigorra, que aún hoy ostenta su propiedad. Don Miquel Nigorra fue el presidente del Banco de Crédito Balear. Oriundos de Santanyí, los Nigorra ocupaban un puesto de preeminencia en la sociedad mallorquina y sus contactos, a nivel nacional e internacional, eran muchos y muy importantes. Entre ellos se contaba el de Bruno Kreisky, canciller austríaco y secretario general de la Internacional Socialista. El político estaba muy relacionado con Mallorca, donde tenía un chalet en la zona denominada Costa d'en Blanes, muy cerca de Santa Ponça. Sus buenos oficios con Nigorra le llevaron a pedirle un favor muy especial: tenía que ceder su palacete rural para que sirviera de escenario de un encuentro, en principio secreto, entre Felipe González, presidente del gobierno español y el dictador libio, Muamar Muhamad Abu Minyar al Gadafi. Eran unos tiempos en los que Europa coqueteaba con el terrorismo. Felipe González, abrumado por los atentados de ETA, buscaba algún tipo de intermediación a través del sátrapa que gobernaba Libia con mano de hierro y que, según informaciones nunca contrastadas, podía servir de mediador frente a los asesinos etarras.
Resultaba evidente que González no podía mantener una reunión internacional de este calibre a nivel oficial, entre otras cosas para no disgustar a la administración Reagan, que solo dos años más tarde bombardearía Tripoli en medio de una grave crisis internacional.
Miquel Nigorra se mostró encantado con la propuesta y lo preparó todo para un encuentro que, en principio, debía ser secreto. Pero Gadafi no podía pasar desapercibido: aterrizó en Mallorca con un séquito muy numeroso que copó la práctica totalidad de las habitaciones del hotel Son Vida. Llevaba consigo, además, una poderosa guardia personal armada hasta los dientes. Aquella avasalladora presencia no pasó desapercibida a la prensa nacional e internacional y Santa Ponça se convirtió en el foco de atención del mundo entero, lo que seguramente debió encantar a doña Corona, la esposa de Miquel Nigorra, dama de intensa vida social.
Un enjambre de periodistas pasó largas horas de espera a la entrada del palacete para presenciar la llegada de los dos personajes. Uno de los reporteros escribiría posteriormente: «Gadafi llegó ufano al encuentro con Felipe González. Su capa blanca me rozó al pasar y tener que echarme hacia atrás mientras un grupo de periodistas hablábamos con el presidente del gobierno español». Otro de los testigos de aquel inusual encuentro confesaría posteriormente que «he tenido la sensación de estar frente a un demente».
La reunión duró aproximadamente unas tres horas. Ambos mandatarios y su anfitrión tuvieron ocasión de degustar las delicias de los embutidos típicos mallorquines: sobrasadas, butifarrones y camaiots. Según parece las prescripciones coránicas no afectaban demasiado al dictador libio, quien alabó la calidad de los manjares. El encuentro levantó una gran polvareda política y mediática especialmente cuando Gadafi, en rueda de prensa, reivindicó Ceuta y Melilla para Marruecos y criticó el ingreso de España en la OTAN. Nunca se supo si el libio y el español hablaron de ETA y la banda asesina tardaría decenios en abandonar el terrorismo.
Santa Ponça, la casi milenaria finca, permaneció imperturbable a esa agitación. Sus viejas piedras guardan secretos que nunca podremos descifrar. Y ahí siguen, imperturbables al paso del tiempo y de sus circunstanciales protagonistas.