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Los Príncipes Haakon y Mette Marit, recién casados, saludan desde el balcón del Palacio Real con Marius en brazos

Los Príncipes Haakon y Mette Marit, recién casados, saludan desde el balcón del Palacio Real con Marius en brazos©KORPA

Casa Real  Las consortes que no están a la altura: de la Princesa Diana a Mette Marit

Tras el fracaso del primer matrimonio de Carlos de Inglaterra, se impuso la necesidad de hacer compatibles las razones de Estado con las del corazón

El caso extremo de Mette Marit, la esposa del Príncipe Heredero de Noruega, ha vuelto a encender las alarmas en las Casas Reales. Una vez más, el comportamiento indigno de una consorte daña e incluso tambalea una Monarquía. No es la primera vez que ocurre ni será la última, pero, hasta ahora, nadie había llegado tan lejos. Mette Marit tuvo todas las oportunidades para salir de la cuneta, y ha acabado volviendo a ella.

Los escándalos de su padre, que acabó casándose con una bailarina de striptease, y de su hermano, condenado por malos tratos, han sido ampliamente superados por los de su hijo, Marius Borg, acusado de 38 delitos. Ni ella ni el Príncipe Haakon consiguieron evitar que aquel niño de cuatro años que la novia aportaba al matrimonio acabara también en el lodazal.

Los mensajes de Mette Marit con Jeffrey Epstein dan alguna clave del tipo de madre que la Princesa ha sido con su hijo mayor. Le llegó a preguntar si era «inapropiado que una madre sugiriera a su hijo de 15 años un fondo de pantalla con dos mujeres desnudas llevando una tabla de surf». Afortunadamente para la Monarquía noruega, la Princesa Ingrid, de 22 años, que ocupa el segundo lugar en la línea de sucesión a la Corona, es otra cosa.

Nunca reunió las condiciones

Mette Marit nunca reunió las condiciones que debía tener una futura Reina consorte. Cuando la Casa Real noruega anunció el compromiso matrimonial en el año 2000, la novia arrastraba un «pasado salvaje»: era madre soltera, su hijo era fruto de una relación con un traficante de drogas, había abandonado los estudios para trabajar en una cafetería, había cruzado todas las barreras morales y, para colmo de frivolidades, cuando estaba embarazada acudió a un programa de televisión a buscar novio.

Algunos periódicos noruegos calificaron la elección del Príncipe Haakon como un «insulto a la Monarquía» y ciertos políticos advirtieron que era «un riesgo nacional». El Rey Harald había tenido que luchar en 1958 contra viento y marea durante diez años para conseguir el permiso necesario de su progenitor, Olav, y del Parlamento noruego, para contraer matrimonio con Sonia, hija de un fabricante de ropa. Pero el caso de Mette-Marit era mucho más difícil de aceptar.

Los Reyes Harald y Silvia de Noruega, con los Príncipes Haakon, Mette-Marit e Ingrid, en la entrega del Nobel de la Paz el pasado diciembre

Los Reyes de Noruega, con los Príncipes Haakon, Mette-Marit e Ingrid, en la entrega del Nobel de la Paz en diciembreGTRES

A pesar de las advertencias, Haakon se plantó ante todos y se llegó a temer que renunciara a la Corona si le forzaban a elegir. El primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, aconsejó al Rey que consintiera el noviazgo para evitar «males mayores para el Reino».

La ruptura de todas las tradiciones

La boda supuso la ruptura de todas las tradiciones que habían imperado desde hacía siglos en las Familias Reales. Los novios entraron a la Catedral de Oslo cogidos de la mano, porque el padre de Mette-Marit se negó a acompañar a su hija al altar. Decía que eso solo se hacía cuando las novias eran «vírgenes».

Tampoco los padres de los novios fueron los padrinos, y el hijo de la novia ejerció de paje. Y cuando los recién casados saludaron desde el balcón del Palacio Real, la novia lo hizo con el pequeño en brazos. Había sido una boda entre tres. A pesar de todo, casi todas las Casas Reales europeas arroparon al Príncipe y a los Reyes Harald y Sonia en ese día tan especial.

En aquellos tiempos, el eterno debate sobre las condiciones que debía reunir una futura Reina consorte había quedado desplazado por la fuerza del amor. Aún estaba muy reciente el fracaso matrimonial de los Príncipes de Gales y la muerte de Diana Spencer (Sandringham, 1961-París,1997), ocurrida tres años antes en París en un accidente de tráfico junto a su novio, el egipcio Dodi Al-Fayed.

Razones de Estado o del corazón

El divorcio de Carlos de Inglaterra y Diana, y la posterior boda del Rey por amor con Camila Parker, supuso una llamada de atención para todas las Familias Reales. Quienes defendían que en las bodas reales debían pesar más las razones de Estado que las del corazón vieron como su teoría, que había imperado durante siglos, no encajaba ya en las nuevas generaciones de Príncipes, que querían hacer compatible el amor con la necesidad de que la persona elegida reuniera una serie de condiciones.

La aparentemente inofensiva Diana Spencer, que había sido una candidata ideal por su origen familiar y educación, acabó convertida en un elemento hostil para la Monarquía. Como en cualquier matrimonio, el amor era también indispensable para la estabilidad de las jóvenes parejas reales y, por lo tanto, para la institución de la Monarquía.

En cuanto fracasó su matrimonio, la Princesa Diana reaccionó como cualquier inglesita despechada y empezó a competir en protagonismo con el Príncipe Carlos. Lo que debería haber sido un trabajo en equipo se convirtió en un peligroso pulso entre cónyuges que sacó lo peor de ambos. En ese momento se visualizó lo frágil que era la poderosa Corona británica al lado de una simple mujer dolida.

Princess Diana
STATE BANQUET FOR TURKISH PRESIDENT, KENAN EVREN, CLARIDGES HOTEL, LONDON, BRITAIN - 1988 
 La Princesa Diana de Gales en 1988 en el Hotel Claridges de Londres

La Princesa Diana de Gales en 1988 en el Hotel Claridges de LondresGTRES

Marcar tendencias, no valores

El caso Lady Di también puso de manifiesto la difícil relación de las consortes con el mundo del lujo y de la moda. Para todas las consortes es una tentación convertirse en referencias de la moda, y la Princesa de Gales se entregó a los mejores estilistas y a las marcas más lujosas. Se esperaba que transmitiera principios y valores, pero lo que hizo fue marcar tendencias.

Para corregir su imagen frívola, la Princesa de Gales desvió el foco hacia la labor social que desarrollaba. Parecía que Lady Di era la primera Princesa solidaria de la historia, cuando las Familias Reales llevaban siglos ayudando a los más desfavorecidos. Era tal la fascinación que la Princesa provocaba que nadie advertía sus contradicciones.

Bodas por amor

Tras la experiencia de Carlos de Inglaterra, que acabó casándose en segundas nupcias con la mujer con la que no le permitieron hacerlo en las primeras, las Familias Reales europeas optaron por dejar que los Príncipes Herederos eligieran libremente a sus cónyuges, aunque no siempre obedecieran al perfil esperado.

Todos contrajeron matrimonio por amor con personas que, según ellos, reunían las condiciones necesarias para ser consortes. Y solo tres lo hicieron con aristócratas: el Rey Felipe de los Belgas, el Gran Duque Guillermo de Luxemburgo y el Rey Carlos de Inglaterra, en su segunda boda.

Casi todos los demás eligieron cónyuges con perfil profesional, excepto Alberto de Mónaco, que escogió una nadadora, y Victoria de Suecia, que se casó con su entrenador personal. Con el paso de los años, todos han garantizado la continuidad dinástica, han superado problemas y se han ido adaptando con mayor o menor dificultad a las exigencias de sus respectivos países. Alguna, incluso, como Mary de Dinamarca, ha superado una crisis matrimonial provocada por la aparente infidelidad de su marido.

Paradójicamente, una de las consortes que reunía mejores condiciones sobre el papel era Masako, hoy Emperatriz de Japón. Sin embargo, una situación sobrevenida —depresión y problemas de adaptación— ha impedido que se integrara plenamente a sus funciones en el exigente Trono del Crisantemo.

Otras bodas de alto riesgo

Aparte de la Princesa Mette Marit, quienes han provocado más problemas en los últimos años han sido los consortes de los hermanos, como ocurrió en España con el marido de la Infanta Cristina, Iñaki Urdangarin. Cegado por la fama, el éxito y el estatus de miembro de la Familia Real, el exdeportista de élite fue condenado a cinco años y diez meses de cárcel por los delitos cometidos en su afán de enriquecerse.

El Príncipe Harry y Meghan, en un acto benéfico el pasado otoño

El Príncipe Harry y Meghan, en un acto benéfico el pasado otoñoGTRES

Pero la boda de más alto riesgo fue la del hijo menor de Carlos de Inglaterra, el Príncipe Harry, con la actriz Meghan Markle. Desde el primer momento era fácil intuir que Meghan no reunía condiciones como consorte, como se vio dos años después, cuando el matrimonio quedó excluido de la Familia Real.

En Noruega no solo el Príncipe Heredero eligió una consorte inapropiada; también su hermana mayor, la Princesa Marta Luisa, contrajo matrimonio en el verano de 2024 con un chamán norteamericano, Durek Verrett, que él mismo se define como «un negro bisexual». Ambos no tardaron ni un año en desvelar sus intimidades, reproches y frustraciones en un documental de Netflix que cayó como un jarro de agua fría en la Casa Real de Noruega.

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