Charles Powell, en un momento de la entrevista
Entrevista Powell: «Cuando no hay entendimiento entre el Gobierno y el Rey, se desaprovecha el potencial diplomático»
El historiador analiza en su nuevo libro la contribución decisiva del Rey Juan Carlos a la proyección exterior de España
El historiador Charles Powell acaba de publicar el libro «El Rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España» (Galaxia Gutenberg), en el que realiza un exhaustivo análisis de la decisiva contribución del Monarca al reconocimiento de aquella nueva España democrática nacida en la Transición.
Según relata Powell en esta entrevista a El Debate, «las Monarquías presentan ventajas respecto a las Repúblicas» en política exterior y «el hecho de que el Rey no sea elegido le permite representar mejor al país». Pero la clave es «el buen entendimiento entre el Jefe del Estado y el presidente del Gobierno». «Cuando no existe ese entendimiento o en los momentos históricos en los que no ha existido esa complementariedad, en cierta medida se desaprovecha el potencial diplomático del Jefe de Estado».
—Usted ha documentado el mejor período de la política exterior de España.
—Bueno, el más interesante, desde luego, y el más intenso y el más novedoso, después de 40 años de ostracismo y de relativa ausencia de España de muchos foros. España estaba en las Naciones Unidas desde 1955, pero no estaba en la OTAN ni en la Unión Europea ni en el Consejo de Europa. No estaba en las instituciones donde le correspondía estar.
—Y este período ¿habría sido tan brillante sin Don Juan Carlos?
—Probablemente no, porque Don Juan Carlos tenía las aptitudes necesarias y idóneas para representar a España en el exterior, como era hablar cinco idiomas (español, inglés, francés, italiano y portugués), tener relaciones personales con otras familias reales; haber tenido una educación muy cosmopolita y el hecho crucial, por cierto, de haberse casado con Doña Sofía, una mujer también cosmopolita, sofisticada, culta, lo cual facilitó enormemente el trabajo del Rey. Realmente hasta el cambio de siglo funcionaron muy bien, como un tándem. Estaban muy compenetrados, con independencia de sus temas personales. A partir del cambio de siglo, es verdad que el Rey empieza a intentar viajar solo. Y otra ventaja más es su talante.
—¿El Rey campechano?
—Se ha abusado mucho de ese término de la campechanía, que a mí no me gusta porque es mucho más que la campechanía, es el saber estar, el saber comunicar. Una de las cosas que me ha fascinado en la documentación de otros países, sobre todo británica y americana, pero también francesa, alemana o italiana, es que todos sus interlocutores hacen hincapié en su facilidad en el trato, que va mucho más allá, como digo, de la de la aparente jovialidad y de la bonhomía.
—Toda esa labor del Rey Juan Carlos en la política exterior ahora ha quedado eclipsada por su comportamiento personal. ¿Quizá por eso era tan importante dejarlo documentado en un libro?
—Mi interés principal es arrojar luz sobre una etapa decisiva de la política exterior de España, de la cual fue protagonista el Rey Juan Carlos. Si, a la vez que hago lo primero, resulta que estoy poniendo en valor la contribución de Don Juan Carlos, pues bienvenido sea. Me interesaba poner de manifiesto sobre todo esta mirada exterior, demostrar que diplomáticos americanos, por ejemplo, que no ganaban nada hablando bien del Rey, se asombraban al ver al Rey siendo recibido por Gadafi en Libia o por los suecos, que eran extraordinariamente exigentes en relación con el comportamiento democrático de los países. Estos señores no tienen ningún interés en hacer quedar bien al Rey en su relato, cosa que quizás un diplomático español sí tendría interés en hacer. Estos señores son totalmente objetivos, cuentan lo que han oído, lo que han visto con sus propios ojos, y en un 99% de los casos su valoración es siempre extraordinariamente positiva.
—En el libro también se habla de la transformación que experimentó Don Juan Carlos, que pasó de ser un Rey que gobernaba a ser un Rey que solo reinaba.
—Hay una primera etapa que es especialmente intensa, que es preconstitucional, entre noviembre de 1975 y diciembre de 1978. Y entre medias tenemos las elecciones de junio del 1977, que también modifican un poco el panorama, porque introducen dos actores nuevos: un presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y un Parlamento, democráticamente elegidos que supuestamente también controlan la acción exterior. Y no era fácil siempre de asimilar después de haberse acostumbrado a tener un gran protagonismo.
—¿Cómo fueron aquellos primeros años?
—Los primeros seis meses fueron muy difíciles porque el Rey tenía mala relación con Carlos Arias Navarro. Aunque logró que Arias nombrara a Areilza ministro de Asuntos Exteriores, tampoco esto solucionó del todo el problema, porque Areilza había sido consejero de Don Juan de Borbón y además era bastante mayor que Don Juan Carlos. Por lo tanto, ahí no hubo mucha complicidad. Areilza se sentía superior y no lo disimulaba. La llegada de Adolfo Suárez cambia todo, pero sobre todo el nombramiento de Marcelino Oreja es decisivo. Porque aquí tenemos un diplomático que le había conocido de niño en San Sebastián, que es monárquico por tradición familiar, que es reformista, proviene del régimen. Había sido jefe de Gabinete de Castiella, que es el ministro de Exteriores más importante de la dictadura. Y ese tándem funciona extraordinariamente bien.
Ahí no hay afán de protagonismo por parte de Oreja. Es más joven que el Rey, le protege, le asesora, le cuida; algo que realmente Areilza no había hecho porque aspiraba a ser presidente del Gobierno. Marcelino Oreja nunca aspiró a ser presidente del Gobierno. El Rey va perdiendo poder y protagonismo, pero al mismo tiempo va colocando a gente: a Suárez primero y a Marcelino Oreja después, que le hace más eficaz como Monarca y su acción exterior va adquiriendo complejidad y sofisticación. Entonces el Rey también entiende que cuanto menos poder tiene, en el fondo, es más influyente. Es decir, que la verdadera influencia no depende tanto de su poder formal como de su capacidad para nombrar personas que actúan en su nombre.
—En el libro se desvelan algunos hechos inéditos, como la postura del Rey respecto a Gibraltar. «Si nos ceden el Peñón, Marruecos reclamará Ceuta y Melilla».
—El gran objetivo de la política exterior durante estos años es el ingreso en Europa, en las Comunidades Europeas. Y había dos vetos: el primero se refiere a Gibraltar. Los británicos le dicen al gobierno de Felipe González que el Parlamento británico no aprobará la adhesión de España si antes no se produce la apertura total de la verja de Gibraltar. Y en 1983 el Rey le dice a tres personalidades británicas: «Lo importante es Europa. La opinión pública española está muy sensible por la guerra de las Malvinas y lo que tenemos que hacer es permitir que el Gobierno español restablezca las comunicaciones con España, la apertura de la verja, pero sin que eso se vea como una humillación. Y para eso tenemos que abrir un proceso en el que se pueda negociar todo, incluido el tema de la soberanía».
Y esto se plasma en la Declaración de Bruselas de 1984 y permite que el Parlamento británico apruebe la adhesión de España en 1985. Yo creo que el Rey prestó un gran servicio porque entendió que lo importante era no poner en peligro ni retrasar la adhesión de España a las Comunidades Europeas por su impacto político, económico y social y simbólico.
—¿Y el otro veto?
—Es el reconocimiento del Estado de Israel. No está escrito en ningún sitio que para ser un miembro de la Comunidad Europea hiciera falta reconocer antes al Estado de Israel, pero los alemanes, por el tema del Holocausto, eran muy sensibles a esto, y los franceses aceptan esa condición. España no reconoció al Estado de Israel cuando se creó en 1948 por eso que se venía llamando la tradicional amistad con el pueblo árabe, que tenía más de retórica que de realidad. Pero la opinión pública se lo tomaba bastante en serio. En esa época los españoles desconocían lo que significaba el judaísmo. Por eso, luego se tuvo tanto interés en 1992 en celebrar Sefarad, la contribución del judaísmo a la cultura española. Y los Reyes inauguran la nueva sinagoga en Madrid con presencia del presidente de Israel, Herzog.
O sea que la Monarquía también facilita la reconciliación con culturas y religiones. En buena medida es la Corona la que facilita la reconciliación de España con el mundo sefardí. Y el Rey va convenciendo a los monarcas de los países del Golfo con el argumento de que teniendo relaciones con Israel vamos a poder defender mejor los intereses del pueblo palestino.
—En aquella época era menos compleja la situación interna en España. Entonces había consenso.
—A toro pasado, todo parece fácil, pero no estaba escrito en ningún sitio que la Transición democrática fuera un éxito. No olvidemos que hubo organizaciones de extrema izquierda, incluida ETA, GRAPO, Frap, y organizaciones de extrema derecha que asesinaban y mataban. No olvidemos la famosa semana negra de enero de 1977. Rodolfo Martín Villa me dijo que aquel fue el único momento en el que él pensó que todo esto se podía ir al traste. Es verdad, paradójicamente, que el terrorismo facilitó el consenso. Es decir, ante la posibilidad de que todo se fuera al traste, los grandes actores políticos y los grandes partidos políticos tenían un incentivo aún mayor para colaborar y ponerse de acuerdo.
Y es verdad que el consenso caracteriza la etapa constituyente. Pero el consenso se acaba en marzo de 1979 y, a partir de ese momento, lo que caracteriza al sistema político español es la competencia partidista. Ahora, Alfonso Guerra nos parece un señor muy sensato, pero hablaba de Suárez como el tahúr del Mississippi. El consenso es un fenómeno muy importante para aprobar la Ley de Amnistía, los Pactos de la Moncloa y la Constitución, pero dura relativamente poco. Hubo un consenso básico en política exterior en torno al ingreso de España en las Comunidades Europeas, pero no hubo consenso sobre el ingreso en la OTAN ni las bases estadounidenses.
—Y no le parece paradójico que ahora que tenemos al Rey mejor formado en relaciones internacionales no se le aproveche al máximo.
—La clave de bóveda de la Monarquía Parlamentaria es el buen entendimiento entre el Jefe del Estado y el presidente del Gobierno. Cuando ese entendimiento es completo, cuando hay un reparto de tareas mutuamente acordado, eficiente, pues eso permite que el tándem presidente de Gobierno-Jefe del Estado se pueda aprovechar al máximo. Cuando no existe ese entendimiento o en los momentos históricos en los que no ha existido esa complementariedad, en cierta medida se desaprovecha el potencial diplomático del Jefe de Estado.
El historiador Charles Powell, durante la entrevista
—De la lectura del libro se desprende que los Reyes juegan con ventaja en el tablero mundial respecto a los presidentes de República.
—Yo no pongo en duda la legitimidad de las repúblicas; lo que argumento es que las Monarquías parlamentarias ofrecen ciertas ventajas por cuatro motivos. El primero es el potencial simbólico de las coronas. Los Reyes representan la historia, la cultura, la lengua de su país. En segundo lugar, los Monarcas hereditarios suelen ocupar la Jefatura del Estado durante muchos años, 39 en el caso de Don Juan Carlos I. Esta continuidad tiene muchas ventajas. Por ejemplo, el Rey Don Juan Carlos conoció a diez presidentes de Estados Unidos y a seis presidentes de Francia. Y ese trato con los jefes de Estado de otros países le resultó muy útil a él y, sobre todo, a España. Y también convivió con siete presidentes del gobierno españoles y 13 ministros de Asuntos Exteriores españoles, que pudieron beneficiarse de su experiencia, de sus contactos, etc. En tercer lugar, el hecho de que el Rey no sea elegido por nadie es importante porque le permite representar mejor al país en el exterior.
—¿Por qué es una ventaja que los Reyes no sean elegidos?
—Porque a un presidente de una república hay que elegirle. Y al elegir uno está optando por una persona y descartando otras. Y eso significa que estas personas, por definición, tienen más dificultad a la hora de representar a toda la sociedad. No digo, por supuesto, que los Reyes sean unánimemente aceptados por toda la sociedad, siempre habrá minorías que no se sienten representados por sus Monarcas. De hecho, hay minorías que nunca se sienten representadas por nadie. Pero el hecho de ser una autoridad no partidista que no se identifica con un partido, con una ideología, permite a los Monarcas sobrevolar el sistema político, colocarse por encima de las luchas partidistas que caracterizan la vida democrática.
—¿Y la cuarta ventaja de la Monarquía?
—Hay una característica peculiar o específica, que es el hecho de que, en Europa al menos, muchos Monarcas tienen una relación de parentesco y además una relación de amistad. Los jóvenes Reyes de la edad de Don Felipe se whatsappean, tienen un grupo de WhatsApp y se comunican entre ellos de manera muy directa y muy informal. Y esto, por ejemplo, en casos de crisis diplomáticas o problemas que puedan surgir entre sus respectivos gobiernos, es algo que puede resultar muy útil para resolver malentendidos, fricciones o problemas inesperados. Esta es una característica muy europea, pero no es un tema menor.
Juan Linz, el gran sociólogo y politólogo español, cuando estaba ya prácticamente en su lecho de muerte, publicó un artículo en el que subrayaba que las democracias de mayor calidad, buena parte de ellas, son Monarquías. De los países de más de un millón de habitantes, si uno hace el listado de acuerdo con los índices de calidad democrática, pues resulta que en el top ten hay una sobrerrepresentación de las Monarquías parlamentarias. Esto no significa, obviamente, que las Repúblicas no puedan tener la misma calidad democrática, pero lo que parece sugerir es que la evolución histórica de los países europeos que siguen siendo Monarquías ha sido especialmente favorable para la consolidación de instituciones democráticas.