Antonio Eraso, amigo íntimo de Don Alfonso, fue la primera persona que acompañó a Don Juan Carlos tras la tragedia
70 años de la muerte del Infante Don Alfonso Antonio Eraso, testigo de excepción en la muerte de Don Alfonso: «Es mi obligación contar la verdad y eximir al Rey Juan Carlos»
El íntimo amigo del Infante relata a El Debate sus recuerdos y reflexiones sobre lo ocurrido aquel día en el que la tragedia marcó para siempre la vida de la Familia Real
Este domingo se cumplen 70 años de la trágica muerte de Don Alfonsito, el hermano menor del Rey Don Juan Carlos, a los 14 años de edad en Estoril, donde la Familia Real vivía en el exilio. Aquel 29 de marzo de 1956, ambos jugaban con una pistola a la que se había retirado el cargador, pero el arma escondía una bala en la recámara que rebotó, acabó con la vida del menor y desgarró para siempre a la Familia Real. Don Juan Carlos nunca se ha recuperado de aquella tragedia.
Antonio Eraso, íntimo amigo de Don Alfonsito, fue testigo de excepción de lo que ocurrió aquella fatídica tarde. Avisado de la tragedia, acudió poco después del accidente a la residencia de la Familia Real y estuvo acompañando a Don Juan Carlos en su habitación en el momento más duro de su vida, cuando llegó a decir que quería dejarlo todo y meterse en clausura.
Ahora, al cumplirse 70 años de la muerte de su amigo y con el fin de aclarar la verdad frente a las distintas versiones y a las falsedades que algunos siguen difundiendo, Eraso ha accedido a relatar a El Debate sus recuerdos y reflexiones sobre lo ocurrido aquel día en el que la tragedia marcó para siempre la vida de la Familia Real. «Es mi obligación contar la verdad y no solamente eximir al Rey Don Juan Carlos, sino trasladar a la ciudadanía el brutal trauma que ha supuesto para él la vida desde ese día».
«El motivo de mi intervención —añade— es por haber visto mucho sufrimiento en la Familia Real de aquel entonces y su enorme silencio ante los ataques y las mentiras, que no han desaparecido. Incluso hace escasas semanas, un historiador americano tan solvente en sus escritos sobre la guerra civil española como Stanley Payne, se permitió decir en el Casino Militar de la Gran Vía de Madrid que Don Juan Carlos había matado a su hermano a propósito».
«Yo quiero salir al paso de todo eso: primero, porque me quedan pocos años de vida; segundo, porque creo que soy un testigo de excepción; y tercero, porque no quiero que nuestro mejor amigo de la familia Eraso pueda pensar desde el más allá que no le hacemos justicia a lo que él más quería, que era su hermano Don Juan Carlos».
Amigos íntimos
La familia Eraso llevaba cinco o seis años asentada en Estoril cuando la Familia Real española llegó en 1946 y entonces empezó una estrecha relación de amistad. «Mi relación con Don Alfonso era totalmente fraternal. Puedo decir sin ningún género de dudas que era mi mejor amigo, así como de mi hermano Joaquín. Conservo unas 20 cartas manuscritas de él durante su estancia en colegios en España, de Madrid y San Sebastián», señala Eraso, quien también fue testigo de la relación fraternal que mantenían Don Juan Carlos y Don Alfonso.
El día del accidente, Antonio Eraso y Don Alfonso estuvieron jugando al golf y después asistieron juntos a los oficios del Jueves Santo. «Yo estuve con él todo el día hasta una hora antes del accidente y llegué media hora después de dicho accidente, dado que vivíamos a 50 metros el uno del otro».
Poco antes de que Eraso llegara a la casa, Don Juan de Borbón había cubierto el cadáver de Don Alfonsito con la bandera de España y, arrastrado por el dolor, le dijo a Don Juan Carlos unas palabras que carecían de sentido: «Júrame por Dios y por España que no lo has hecho a propósito».
«Lo que ocurrió aquel día es un antes y un después para la Familia Real española en todos los sentidos; para las relaciones futuras entre los miembros de la propia familia y las relaciones internas dentro de la propia familia. Fue un maldito Jueves Santo de 29 de marzo de 1956, y trágico», añade. «Creo que hay varias reacciones importantes a lo que yo vi, viví y lloré en aquellas horas, minutos, interminables».
Antonio Eraso recuerda la relación fraternal que mantenían Don Juan Carlos y Don Alfonso
Sobre el accidente han circulado muchas versiones e incluso algunas personas han asegurado años después que estuvieron en la casa, cuando no era verdad, como es el caso de Víctor Manuel de Saboya: «Los que llegamos allí a la media hora éramos cuatro o cinco españoles, incluidos mis padres, dado que era Jueves Santo y no había nadie de España en aquel momento acompañando a los Condes de Barcelona».
Según explica Eraso, lo que ocurrió aquel día fue que «Don Alfonso cometió una imprudencia propia de su edad al cruzar la línea de tiro al blanco sin darse cuenta de que se estaba disparando a ese mismo blanco». «En ese momento —continúa— estaban con los hermanos Doña Pilar y Doña Margarita y una ayudante inglesa. Sus padres, Don Juan y Doña María Mercedes, al oír los gritos, subieron del piso de abajo».
Un rebote de bala a la nariz
«Esta es la verdad porque la viví y me la contaron sobre la marcha en ese mismo momento Don Juan y el médico, el doctor Loureiro, que llegó a los 15 minutos porque vivía al lado y era nuestro médico familiar también. Él mismo me explicó que los efectos del disparo fueron mortales de inmediato y que, en una estadística de 1 a 200, sería el uno, porque fue un rebote de bala a la nariz», relata Eraso. «Se unió la mala suerte, enorme mala suerte».
Para Eraso «es inexplicable que no se haya querido defender con ahínco a Don Juan Carlos y se hayan esparcido dudas, e incluso cosas peores, sobre su actitud», porque «Don Juan Carlos adoraba a su hermano y tuvo una enorme depresión al ver la brutalidad del hecho. Don Alfonso tenía una enorme admiración por su hermano y Don Juan Carlos le consideraba mucho más que un hermano. Eran ya entonces perfectamente conscientes del papel que iban muy posiblemente a jugar en el futuro de nuestra nación».
Los silencios han hecho infinito daño
Cuando se produjo el accidente, tanto el gobierno de España como el de Portugal intentaron tapar las circunstancias en las que se había producido, y se dijo que el tiro se le escapó a Don Alfonso mientras limpiaba el arma.
«El gobierno de Salazar decidió ocultar lo más posible el hecho; el gobierno del general Franco hizo lo mismo. Creo que esos silencios han hecho infinito daño a la descripción de lo que ocurrió, dando lugar a fabulaciones y también a mentiras para incriminar de la forma más vil a Don Juan Carlos», sostiene Eraso. Por eso, afirma, «es mi obligación contar la verdad y no solamente eximir al Rey Don Juan Carlos sino trasladar a la ciudadanía el brutal trauma que ha supuesto para él la vida desde ese día».
«Se me amontonan los recuerdos del drama: la extraordinaria actuación, hombría de bien y patriotismo de Don Juan de Borbón hacia su hijo Don Juan Carlos; el también horroroso dolor de Doña Mercedes, a quien le cambió la vida, y las espantosas reacciones que vi, brutalmente humanas, de Doña Margarita y de Doña Pilar», explica el íntimo amigo de Don Alfonso.
El apoyo de españoles y portugueses
Eraso recuerda que en aquella época Estoril era «una zona todavía muy rural, en la que residían algunos españoles que habían abandonado España, unos por Decreto y otros por acompañar, como José María Gil Robles, Pedro Sainz Rodríguez y tantos otros relacionados con la política durante la República, o aristócratas como el duque de Maura».
Después del accidente, tanto españoles como portugueses se volcaron con la Familia Real. «No quiero dejar de mencionar la enorme solidaridad del entorno portugués de los amigos de Don Juan y de todas las personas que conocían a Don Juan Carlos y a Don Alfonso. Se transformaron en mantas de protección para todos y nos trataron como si fuéramos auténticos hermanos». También le impresionó «la llegada masiva de gente, monárquicos o no monárquicos, venidos de España a las siguientes 72 horas» para asistir al entierro el Sábado Santo.
Al día siguiente del accidente, Don Juan le dijo a su hijo, Don Juan Carlos, que después del entierro debía regresar a Zaragoza en el avión militar español que iba a trasladar a las autoridades. El entonces Príncipe llegó a la Academia General Militar, que estaba vacía en pleno Sábado Santo, y tuvo que soportar en soledad -hasta que llegaron sus compañeros días después- el terrible dolor por la muerte de su único hermano. A partir de ese momento, Don Juan Carlos se convirtió en otra persona a la que ya nunca abandonó la tristeza.
Y 36 años después, Don Juan Carlos pudo cumplir lo que su padre le había pedido unos meses antes en la Clínica Universitaria de Navarra, donde estaba ingresado por el cáncer que acabó con su vida: que repatriara los restos mortales de Don Alfonsito para que recibieran sepultura en el Monasterio de El Escorial, junto a sus familiares y antepasados. En ese segundo entierro también estuvo su amigo Antonio Eraso.