Ruinas de 'La Isabela' visibles en época de sequía
La Isabela: El balneario de la realeza que vive en el olvido de las aguas del embalse de Buendía
Los romanos ya dieron cuenta de la calidad curativa de unas aguas que más tarde curarían los males de Austrias y Borbones
En un lugar donde nadie trae cuenta, yace bajo el Guadiela un balneario amado por reyes y aristócratas. Las aguas que inundaron el embalse de Buendía han sepultado sus muros, pero no el recuerdo del que fue un retiro promocionado por la Casa Real. Sus aguas curativas llamaron la atención de romanos y unos cuantos siglos más tarde, el doctor Gregorio Marañón recogió las maravillas del balneario que evolucionó a pueblo.
El Real Sitio de La Isabela, es uno de esos pueblos heridos de muerte por la expansión del progreso humano. Allí donde el río marca la frontera entre Guadalajara y Cuenca se encuentra el recuerdo patrimonial real, que un día fue espacio de descanso y recreo. Sus cimientos alzan la voz en época de sequía y reciben la luz que un día los vio nacer en manos de la Corona.
Un tesoro del cual quedan pequeñas huellas que gritan para luchar contra el olvido. Un ejemplo del paso del tiempo, insalvable hasta para el que no hace tanto era un lugar de lujos. Como en tantos otros casos, su gloria fue efímera, pero mirar a otro lado echaría a perder la gran historia que guardan sus ruinas y que merece la pena poner en valor.
Unas aguas curativas
Cañón del río Guadiela
Los romanos encontraron en las aguas termales una combinación de higiene, placer y estatus social. Con su llegada a la Península, se hallan todo tipo de vestigios de estas prácticas que tanto gustaban. Empeñados en vivir aquí como allí, dieron con multitud de lugares de aguas curativas, de los cuales, muchos coinciden con actuales balnearios afamados.
Uno de los que más hacía resonar su nombre era La Isabela, aunque tal bautismo llegaría mucho más tarde. Cerca del balneario real, los romanos se situaron en lo que hoy son ruinas de Escarvica. Ubicado en el término de Cañaveruelas (Cuenca), la ciudad romana fue mencionada por primera vez por Tito Livio y se corresponde con la zona donde más tarde fijarían su interés Austrias y Borbones.
A los pies del Guadiela, las investigaciones apuntan a la existencia de unas termas construidas con motivo del poder curativo de su agua. Un lugar de éxito dentro de una ciudad que destacó por su potencial comercial que la dotó de muralla y de hasta veinte hectáreas de terreno.
El declive del Imperio Romano y la llegada posterior de musulmanes no hirió su fama. Durante el periodo de Al-Ándalus, las termas fueron restauradas en el 971. Además, la dotaron de una edificación donde poder albergar a los enfermos que allí se trataban. Para corroborar la actividad árabe, queda el registro del nombre que dieron a las termas: Salam-bir. Más tarde se las conocería como Santaber o lo que es lo mismo, ‘pozo de salud’. Este documento histórico reside en los escritos de Francisco Antonio Fuero, cura de Añazón, que en 1765 dejó por escrito la existencia del lugar con tal nombre.
Anteriormente, el Gran Capitán, habría sido asiduo a los baños termales, según cuenta Juan Gayan y Santoyo en sus escritos sobre aguas medicinales. Su fama militar se impregnó en los Baños de Sacedón, que le curaron del reuma artrítico que padecía.
Aguas de reyes
El paraje natural de gran belleza, pronto fue aumentando su popularidad, hasta que en el siglo XVII llegó a oídos reales. Los últimos tiempos de los Austrias al dominio de España estaban cerca, pero antes de marchar con Carlos II, su madre, Mariana de Austria, catapultó el que dos siglos más tarde sería La Isabela.
La reina pudo comprobar por sí misma las propiedades del lugar y consideró oportuno rehabilitar el antiguo edificio, en una obra que finalmente concluiría Núñez de Guzmán, Marqués de Montealegre. Junto a la reina disfrutó de la calidad medicinal del agua, el doctor Fernando Infante y Ollero, dejando referencias acordes en su memoria ‘Teatro de la Salud y baños de Sacedón’.
El balneario estaba cerca de ser una realidad, en cuanto a lo que entendemos por unas instalaciones de tal calado, pero un revés frenaría temporalmente su exponencial avance. La época de guerras y la poca atención que recibía el lugar lo dejaría abandonado y habría que esperar hasta el siglo XIX para que lo que era un secreto a voces fuera parte del conocimiento popular.
El nacimiento de La Isabela
Ilustración de La Isabela en el siglo XIX
Tras la Guerra de Sucesión y la llegada de los Borbones, el balneario se vería realizado y elevado al gusto de la aristocracia del momento. Los informes de la calidad de las aguas cada vez eran más comunes y los médicos recomendaban la experiencia del baño. Romanos, musulmanes, los Austrias y la bendición de los expertos en salud. Parecía casi imposible no aprovecharse del lugar y convertirlo en sitio real. Solo faltaba un proyecto bien trazado que exprimiera al máximo la oferta expuesta en Sacedón.
La idea final que impulsó la construcción la desarrolló el infante don Antonio en el siglo XIX. Hijo de Carlos III y tío de Fernando VII, el infante padecía diversas dolencias que mejoraron con recurrentes baños en el Guadiela y no tardó en convencer a su sobrino. Allí acudiría el monarca en busca de un remedio a la gota que sufrió desde temprana edad. El empujón final lo dio su esposa, María Isabel de Braganza, que tras quedar más que satisfecha con la experiencia, fomentaría la existencia del afamado balneario.
Aproximadamente entre 1816 y 1827, las visitas de los reyes a Sacedón se convirtieron en un acontecimiento. Lo convirtieron en su retiro de verano y todos los días se desplazaban hasta el balneario. Para ahorrarse el viaje, se ordenó la construcción de un palacete que se acompañó de un pueblo construido de cero para que el lugar contara con todos los servicios y permitiera quedar allí descansando por largas temporadas.
Encantados con el entorno, se hacen con la propiedad del terreno, que pertenecía a Huete, en 1817 y lo convierten en Real Sitio en 1826. La orilla del río Guadiela recibía más visitantes que nunca y se le dotó del nombre La Isabela, en honor a su gran valedora, María Isabel de Braganza.
Esplendor fugaz
Cartel promocional de La Isabela
La regencia de María Cristina a la falta de los reyes, no perturbó el éxito de La Isabela y precisamente su hija, la futura Isabel II, fue tratada allí de un eccema en las manos. El entorno natural y la eficacia de las aguas seguían siendo del gusto real, pero en 1865, la desamortización de Madoz acabaría con la propiedad de la Corona. En 1869 saldría a la venta y poco después, los más de ochenta habitantes del nuevo pueblo, pedirían sin éxito su independencia y ayuntamiento propio abandonando la titularidad de Sacedón.
La aristocracia y burguesía seguían muy interesadas en disfrutar de sus baños. La supervivencia del pueblo dependía por completo de una gran asiduidad de turistas y a finales del siglo XIX, el dueño, José de Fontagno, modernizó las instalaciones respondiendo al gran auge de los balnearios en lo que sería su época dorada.
Los servicios se diferenciaban en baños de primera, segunda y tercera. Aparte quedaban los que correspondieron al uso exclusivo de la realeza. Se realizaban prácticas novedosas, como fueron en el momento el uso de vapores y barros. El agua curaba y en función de la afección, los bañeros y bañeras ayudaban al visitante en su tratamiento, lo que hacía la experiencia lo más personalizada posible. El agua se embotellaba en cristal y se daba a beber durante las prácticas rehabilitadoras, que compaginaban los baños con los paseos por un entorno natural de gran belleza, acompañado por exclusivos jardines promocionados por María Isabel de Braganza.
Ruinas de 'La Isabela' visibles en época de sequía
Con el balneario alzado como auténtico clamor y meca del descanso, Gregorio Marañón se interesó por el estudio de sus aguas. A principios del siglo XX, visitó los baños y dio fe del buen hacer del lugar y motivó su explotación turística. Para ello dio cuenta de las propiedades del agua en un folleto en el que además ideo diferentes rutas turísticas de interés en los alrededores, para que los visitantes encontraran más alicientes en su visita.
Con idas y venidas, la fórmula del balneario funcionaba, pero la Guerra Civil lo pondría en jaque. Durante el periodo se usaron sus instalaciones como acuartelamiento, alojamiento de evacuados y el palacio, como psiquiátrico. Justo un año después del fin de la guerra, moriría el por entonces propietario, el Marqués de la Vega-Inclán, por lo que la propiedad pasó al Estado, que ya tenía proyectado la construcción del embalse de Buendía.
En 1957 La Isabela se vería finalmente inundada y sus habitantes se despedirían llevando al santo patrón, San Antonio de Padua, en procesión hasta Sacedón mientras sus casas empezaban a ser víctima de la inundación del embalse. En épocas de sequía sus restos claman por mantener viva la historia del lugar que llegó a soñar despierto con ser el lugar de recreo de la realeza. Una manera de contemplar lo efímero y homenajear la memoria de un balneario olvidado.