El Quiñón, Seseña, Toledo

El Quiñón, Seseña, ToledoViajero en el tiempo

Entre la expansión y el abandono: así se dibuja el mapa demográfico de Castilla-La Mancha

Siete de cada diez municipios pierden población en lo que va de siglo, mientras Toledo y Guadalajara crecen al calor de Madrid

Castilla-La Mancha ha batido este verano un nuevo récord de población, con más de 2,1 millones de vecinos censados. Sin embargo, tras ese dato alentador se esconde una realidad menos optimista: la de una región que avanza a dos velocidades. De un lado, los pueblos cercanos a Madrid que crecen sin freno; del otro, las comarcas rurales que siguen perdiendo habitantes a un ritmo preocupante.

La estadística es clara: desde que comenzó el siglo XXI, siete de cada diez municipios castellanomanchegos han perdido población. Según los datos del INE, de los 919 pueblos de la región, 652 han menguado en habitantes (70,9 %), mientras que 263 han logrado crecer y apenas cuatro mantienen el mismo censo que hace más de veinte años.

Toledo resiste, el resto se vacía

El mapa provincial muestra contrastes profundos. Toledo es la gran excepción, con más de la mitad de sus municipios en crecimiento (56,8 %). El resto refleja una imagen de retroceso: en Albacete, 68 de sus 87 pueblos tienen hoy menos vecinos que en el año 2000; en Ciudad Real, 80 de 102; en Cuenca, 210 de 238, lo que supone casi nueve de cada diez; y en Guadalajara, 206 de 288.

El patrón se repite: los municipios próximos a la capital madrileña concentran la expansión, mientras las zonas del interior rural siguen perdiendo habitantes.

El motor de Madrid: pueblos que estallan en población

El crecimiento más explosivo se concentra en La Sagra (Toledo) y el corredor del Henares (Guadalajara), dos áreas directamente influidas por Madrid. Seseña encabeza el ranking regional, con 25.921 habitantes más desde el año 2000. Le siguen Guadalajara capital (+24.806), Albacete (+24.470), Illescas (+21.812) y Toledo (+17.989).

En términos relativos, el caso más llamativo es Yebes, en Guadalajara, que ha multiplicado por treinta su población: de 167 a 5.424 vecinos en poco más de dos décadas. También destacan Quer, que pasó de 82 a 1.045 habitantes, y Pioz, que saltó de 431 a 5.204. En la provincia de Toledo, Barcience ha experimentado un crecimiento de más del 800 %, pasando de 111 a 1.049 habitantes.

El drama de la despoblación: pueblos que se apagan

En el extremo contrario, la lista negra la encabeza Puertollano, en Ciudad Real, con 5.017 habitantes menos que al inicio de siglo. Le siguen Almadén (-2.250), Yeste (-1.771), Almodóvar del Campo (-1.746) y Villanueva de los Infantes (-1.020).

La sangría es aún más dramática en los micropueblos. En Angón (Guadalajara), la población se ha desplomado un 84 %, pasando de 45 vecinos a solo 7. En la misma provincia, Arbeteta (-81 %), Cendejas de la Torre (-73 %) u Ocentejo (-71 %) muestran el mismo camino. En Cuenca, pueblos como Campillos-Sierra (de 104 a 32) y Valsalobre (de 64 a 20) han perdido casi un 70 % de su población.

Grandes ciudades: luces y sombras

En las capitales provinciales, el balance es positivo. Albacete suma 24.470 habitantes; Ciudad Real, 15.666; Cuenca, 7.722; Guadalajara, 24.806; y Toledo, 17.989. Fuera de ellas, Talavera de la Reina crece con 10.497 vecinos más, mientras que Puertollano se convierte en la gran excepción urbana, con más de 5.000 habitantes perdidos.

A nivel provincial, destacan los casos de Hellín (+4.231) y Villarrobledo (+2.986) en Albacete; Tomelloso (+7.239) y Miguelturra (+5.971) en Ciudad Real; Tarancón (+4.972) en Cuenca; o Azuqueca (+16.403) y Alovera (+11.721) en Guadalajara. Frente a ellos, nombres como Los Navalucillos (-835) en Toledo o Belmonte (-676) en Cuenca reflejan el lado oscuro del retroceso.

Los micropueblos crecen en número, no en habitantes

Aunque el número de municipios con menos de 1.000 habitantes se mantiene estable —637 en el año 2000 frente a 638 en 2024—, lo preocupante es el incremento de pueblos con menos de 100 vecinos, que han pasado de 188 a 264. Una tendencia que refleja la concentración de la población en grandes núcleos y la fragilidad de los municipios más pequeños.

La España vaciada que resiste

Pese a este panorama, hay un rayo de esperanza. Desde 2021, las zonas de extrema despoblación (menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado) encadenan tres años consecutivos de crecimiento.

El mapa, en definitiva, dibuja una Castilla-La Mancha de contrastes: municipios que se expanden al calor de Madrid y pueblos del interior que luchan por no desaparecer. Una tierra donde conviven las avenidas llenas de vida de las ciudades en crecimiento con las calles silenciosas de aldeas que, pese a todo, se aferran a la esperanza de seguir existiendo. Porque más allá de las cifras, detrás de cada número hay un nombre, una casa que se abre cada mañana, una campana que todavía repica en la torre de la iglesia, un bar que resiste con la luz encendida en mitad de la plaza.

Allí donde el censo se desploma quedan también la memoria, la raíz y la identidad de generaciones enteras que hicieron de esos pueblos su mundo. Y quizá en ese pulso entre la expansión y el abandono, entre las urbanizaciones que crecen como mares de ladrillo y las calles empedradas que esperan un regreso, se juegue el verdadero futuro de Castilla-La Mancha: mantener vivo no solo su presente, sino también el eco de lo que ha sido.

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