‘El mundo nunca es suficiente’
Cuando el mundo no fue suficiente… y James Bond tuvo que venir a Cuenca
Los Callejones de Las Majadas fueron escenario de una de las superproducciones más icónicas de Hollywood
En el silencio pétreo de la Serranía de Cuenca, donde las rocas parecen esculpidas por dioses caprichosos y los pinares guardan secretos de siglos, un día irrumpió el glamour del agente más famoso del cine. Pierce Brosnan, trajeado como James Bond, paseó entre los Callejones de Las Majadas, convertido en improvisado escenario de Azerbaiyán. La ficción reclamaba un oleoducto, un paisaje áspero y remoto, y la naturaleza conquense respondió con su mejor decorado.
Era 1999 y la saga Bond aterrizaba en España para rodar parte de El mundo nunca es suficiente. El título parecía un presagio: el mundo, efectivamente, no fue suficiente, y Cuenca entró en el universo cinematográfico del 007.
Los Callejones: un Azerbaiyán escondido en Cuenca
El equipo de producción buscaba un paisaje singular, capaz de trasladar al espectador al Cáucaso, a tierras lejanas donde se levantaba un oleoducto. La Ciudad Encantada fue la primera candidata, pero la negativa de su propietario hizo que los ojos de Hollywood se giraran hacia los Callejones de Las Majadas.
Un laberinto de roca caliza, tallado durante millones de años, que parece diseñado para confundir al visitante. Arcos, pasadizos y torres naturales que recuerdan a una ciudad abandonada. Allí, en medio de esas formaciones kársticas, se levantó un decorado que debía parecer exótico a ojos de la audiencia mundial.
Los Callejones de las Majadas, donde se «construyó» Azerbaiyán
Durante semanas, la Serranía se transformó. Camiones, grúas, técnicos y dobles compartieron espacio con los vecinos de Las Majadas, muchos de los cuales se convirtieron en extras disfrazados de trabajadores azerbaiyanos.
Oleoducto
Bond, Elektra King y un pueblo entero en el reparto
Pierce Brosnan, en la piel del agente 007, y Sophie Marceau, como la magnética villana Elektra King, fueron las estrellas visibles de aquellas jornadas. Pero el rodaje fue mucho más que un desfile de celebridades: para la gente de Las Majadas supuso una experiencia inolvidable.
Los vecinos recibían 5.000 pesetas al día por encarnar a los extras. Pasaban horas de espera entre toma y toma, pero muchos recuerdan con cariño cómo aquel rodaje rompió la rutina serrana.
La naturalidad del actor sorprendió. Se alojaba en el Parador de Cuenca, paseaba por la Plaza Mayor y tomaba café sin levantar demasiado revuelo. Una anécdota casi imposible de imaginar hoy, en plena era de las redes sociales.
Cuando la ficción tomó forma en piedra
Las escenas filmadas en Cuenca aparecen en torno al minuto 31 de la película. Son apenas unos minutos de metraje, pero detrás hubo más de quince días de preparativos: levantar un falso oleoducto, montar el set, iluminar las rocas y probar encuadres con dobles antes de que Brosnan se pusiera frente a la cámara.
El director Michael Apted no siempre estaba presente; muchas veces eran asistentes los que daban órdenes. El cine, incluso a ese nivel, está hecho de repeticiones, esperas y silencios. Pero también de instantes únicos: un paisaje irrepetible, una conversación improvisada, un rodaje en mitad de la nada que terminó con una fiesta privada en Cuenca que algunos aún recuerdan como una noche mágica.
Tras la cámara, un eco que perdura
Hoy, caminar por los Callejones de Las Majadas no solo es recorrer un paraíso natural; es también pasear por un plató que un día se convirtió en Azerbaiyán. Cada roca, cada pasillo estrecho, parece guardar el eco de un «acción» lejano.
El visitante actual puede completar la ruta con los miradores del Picón del Tío Cogote, el Parque de El Hosquillo o el nacimiento del río Cuervo. Lugares que prolongan esa mezcla de naturaleza y fantasía.
Un legado cinematográfico en piedra
El paso de James Bond por Cuenca fue breve, pero suficiente para que la Serranía conquense entrara en el mapa cinéfilo. Allí donde el viento y el agua esculpieron durante siglos un escenario de otro mundo, Hollywood encontró el telón perfecto.
Quizá el mundo no sea suficiente, como decía el título de la película. Pero para Bond, aunque fuera por unos días, Cuenca sí lo fue. Un resolí mezclado, no agitado, por favor.