Los morraches y San Sebastián

Los morraches y San SebastiánHermandad San Sebastián Malpica de Tajo

El ritual de invierno que solo ocurre en este pueblo de Toledo: máscaras, cencerros y fuego

Cada enero, Malpica de Tajo revive una celebración ancestral en honor a San Sebastián donde el ruido, el anonimato y el fuego conservan ecos de antiguos ritos de fertilidad anteriores al cristianismo

En pleno corazón del invierno, cuando el frío se adueña del campo y los pueblos parecen dormidos, hay un rincón de Toledo donde ocurre justo lo contrario. Cada enero, Malpica de Tajo rompe el silencio con el estruendo de los cencerros, el misterio de las máscaras y el resplandor del fuego. Es entonces cuando salen Los Morraches, protagonistas de una de las fiestas más singulares y antiguas de Castilla-La Mancha.

No es solo una celebración popular. Es un ritual que se repite desde hace siglos y que conserva gestos, símbolos y sonidos que remiten a un tiempo anterior al cristianismo, cuando el ser humano celebraba el invierno para invocar la vida, la fertilidad y la protección de la tierra.

El sonido que despierta al pueblo

Desde el 6 de enero, al caer la tarde, las figuras comienzan a aparecer. Vestidos con trajes multicolores —rojo, verde y amarillo—, cubren sus rostros con caretas inquietantes y se atan a la cintura varios cencerros que resuenan con fuerza en cada paso. Portan largas porras de madera y caminan hacia la ermita para rendir homenaje a San Sebastián, el santo al que se dedica oficialmente la fiesta.

El anonimato es esencial. Nadie debe reconocer quién se esconde tras la máscara. Cambian la voz, exageran los gestos y juegan a asustar a los vecinos. Durante unos días, el orden cotidiano se altera y el misterio se apodera de las calles.

Los días grandes: procesión y fuego

El momento central de la fiesta llega en torno al 20 de enero. Durante el día, las procesiones recorren el pueblo con la presencia constante de Los Morraches, que llenan de humor, ruido y desconcierto cada rincón. Se celebran pujas con objetos donados por los vecinos, una tradición que refuerza el carácter colectivo y participativo de la fiesta.

Cuando cae la noche, la plaza se transforma. La hoguera ilumina el espacio, la música anima el ambiente y aparece uno de los elementos más esperados: el toro de fuego. No hay animal real, pero sí una figura ardiente que corre entre la gente, símbolo de energía, riesgo y renovación. El frío queda en segundo plano. Todo gira en torno al rito.

Un origen que se pierde en el tiempo

Aunque hoy Los Morraches se celebran bajo la advocación de San Sebastián, su origen apunta mucho más atrás. Se trata de una mascarada invernal vinculada a antiguos rituales de fertilidad, comunes en numerosos puntos de la Península y de Europa.

El antropólogo Julio Caro Baroja relacionó este tipo de celebraciones con las Kalendae romanas dedicadas al dios Jano y con la «vitula», la vaca simbólica asociada al renacer de la vida tras el invierno. Otros estudios sugieren incluso raíces prerromanas, ligadas a culturas pastoriles que utilizaban el ruido, las máscaras y el fuego para ahuyentar los malos espíritus y proteger las cosechas.

No es casual que el santo se adorne con frutos, panes, follaje y regalos. Todo en la fiesta habla de abundancia, de campo y de ciclo vital.

Arlequines y genios del bosque

Existen dos teorías principales sobre la figura del morrache. Una los vincula con antiguos genios del bosque, seres mágicos que influían en el crecimiento de las cosechas. La otra los relaciona con personajes arlequinados de la Edad Media, pedigüeños que recorrían los pueblos realizando piruetas y bromas a cambio de dinero o alimentos.

Ambas interpretaciones conviven hoy en Malpica de Tajo, dando forma a unos personajes que no solo entretienen, sino que generan una atmósfera inquietante y profundamente simbólica.

Una fiesta única en Castilla-La Mancha

En 2022, la celebración fue declarada Fiesta de Interés Turístico Regional, reconociendo su valor cultural, histórico y etnográfico. Sin embargo, más allá del título oficial, Los Morraches siguen siendo una tradición viva, transmitida de generación en generación, que se mantiene fiel a su esencia.

Cada enero, en este pueblo de Toledo, el invierno no es silencio. Es ruido, color y fuego. Y también memoria. Porque mientras los cencerros suenan y las máscaras recorren las calles, Malpica de Tajo recuerda que hubo un tiempo en el que celebrar el invierno era, sobre todo, una forma de invocar la vida.

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