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María Esperanza, Esther, Julia y  Begoña, mujeres que han sufrido daño cerebral y han sido atendidas por asociaciones de C-LM.

EUROPA PRESS
12/3/2026

María Esperanza, Esther, Julia y Begoña, mujeres que han sufrido daño cerebralEUROPA PRESS

Volver a vivir después del daño cerebral: las mujeres de Castilla-La Mancha que lucharon contra todo

Cuatro historias de superación tras un daño cerebral sobrevenido

«Vivir es fácil con los ojos cerrados», cantaba John Lennon, aunque la vida suele recordarnos pronto que nada es tan sencillo. En la vorágine del día a día, muchas veces olvidamos lo frágil que puede ser todo. Hasta que un golpe inesperado —un ictus, una meningitis, un derrame cerebral— detiene el tiempo.

Eso fue lo que les ocurrió a María Esperanza, Begoña, Esther y Julia, cuatro mujeres de Castilla-La Mancha cuyas vidas quedaron partidas en dos: la de antes y la de después.

Todas han sufrido daño cerebral sobrevenido, una lesión que llega de forma repentina y que cambia por completo la vida de quien la padece y también la de su entorno. Pero sus historias no hablan solo de enfermedad o pérdida. Hablan de lucha, rehabilitación y de un aprendizaje profundo: el de volver a vivir.

Tras atravesar el duelo y el desconcierto, estas mujeres encontraron apoyo en las asociaciones de daño cerebral que trabajan en la región. Allí aprendieron un nuevo lenguaje hecho de paciencia, terapia y pequeños avances que, paso a paso, se convierten en grandes conquistas.

Cuando la vida se rompe en un instante

El 17 de enero de 2022, Esperanza Matey Zamarro salió de casa en dirección al dentista mientras hablaba por teléfono con su marido. Lo que parecía una mañana normal terminó convirtiéndose en el inicio de una pesadilla.

Un derrame cerebral la derribó de repente. En cuestión de segundos, la normalidad de su familia desapareció.

Comenzó entonces un duro recorrido médico: cuatro operaciones, un mes en la UCI y otro más en planta, con un pronóstico de supervivencia que apenas alcanzaba el 4 %. En los pasillos del hospital, cada pequeño gesto —abrir los ojos, mover una mano— se celebraba como un milagro.

A ese proceso se sumó un golpe aún más devastador: la muerte de su hijo Alberto. El dolor parecía imposible de superar, pero Esperanza siguió adelante apoyada en su familia.

Hoy, con 66 años, vive en Humanes (Guadalajara). Se desplaza en silla de ruedas y continúa acudiendo a rehabilitación, donde la Asociación de Daño Cerebral de Castilla-La Mancha le ofrece terapia y acompañamiento. Cada día es un esfuerzo, pero también una victoria.

«Vivan la vida, crean en algo y busquen la felicidad, incluso cuando todo parece roto», aconseja.

La fuerza de una segunda familia

A Begoña Fernández la vida la llevó desde León hasta Toledo en busca de trabajo. Pasó años detrás de barras de bar en distintos establecimientos hosteleros hasta que logró abrir su propio negocio en Polán, que regentaba junto a su hijo mayor.

En septiembre de 2021, cuando planeaba sus primeras vacaciones familiares en Canarias, su vida cambió de forma radical.

Fue su hijo pequeño quien notó que algo no iba bien en su rostro. Begoña no le dio demasiada importancia y fue al centro de salud. Allí se desplomó. Había sufrido un ictus.

Durante su ingreso en el Hospital Virgen de la Salud de Toledo volvió a sufrir otro episodio que agravó sus secuelas. Tras dos meses hospitalizada, ingresó en el Instituto de Enfermedades Neurológicas de Guadalajara. No podía moverse y solo era capaz de pronunciar una palabra: «camisa». «Yo lloraba mucho», recuerda todavía emocionada.

Pero poco a poco comenzó la recuperación. El personal del centro y los profesionales de Adace Toledo se convirtieron en algo más que terapeutas. «Sentí que eran mi segunda familia», cuenta.

Gracias al trabajo de rehabilitación logró volver a caminar, hablar y recuperar su autonomía. Hoy mira atrás con orgullo y con una nueva escala de prioridades: su marido y sus hijos están ahora en el centro de su vida. «Antes era el trabajo y nada más».

Aprender a reconstruirse

La historia de Esther Chumillas comenzó cuando tenía solo 13 años. Una meningitis le arrebató la vista, la movilidad y las ganas de seguir adelante.

La pasión por el fútbol y un gesto inesperado cambiaron su historia. Su ídolo, Fernando Hierro, acudió a visitarla al hospital. «En ese momento hice el primer intento de levantarme», recuerda.

Un mes después recuperó parcialmente la vista. Con el tiempo le diagnosticaron agnosia visual, un trastorno perceptivo derivado de daño cerebral que le impide reconocer correctamente lo que ve. Según explica, apenas existen unos pocos casos diagnosticados como el suyo en el mundo. «Veo por trozos», explica.

Durante años sintió que no encajaba en ningún lugar, hasta que encontró apoyo en la Asociación de Daño Cerebral de Cuenca. Gracias a la terapia ocupacional logró terminar dos carreras, aprobar una oposición y convertirse en maestra de Pedagogía Terapéutica.

También ha sido madre, uno de los mayores desafíos de su vida. «No tenía ni idea de cómo hacer cosas básicas, como organizar la ropa de mi hijo», explica. Con esfuerzo y apoyo aprendió a adaptarse a una realidad distinta.

Su mensaje es claro: «No hay que rendirse. Tienes que pasar tu duelo, pero la vida sigue».

La recuperación como camino

Para Julia Díaz Martínez, el giro del destino llegó cuando tenía 10 años. Estaba celebrando un cumpleaños en un parque de bolas cuando comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza.

Nadie entendía lo que ocurría hasta que cayó hacia un lado. Una ambulancia la trasladó al hospital, donde permaneció ingresada más de un mes. Tras una larga rehabilitación, logró recuperar gran parte de su vida.

Hoy, once años después, esta joven conquense estudia Turismo y trabaja realizando visitas guiadas en los yacimientos arqueológicos de Noheda, Ercávica y Segóbriga.

Su mano derecha conserva algunas limitaciones, pero no ha sido un obstáculo para seguir adelante.

«Si no hubiera querido luchar por recuperarme, no habría llegado hasta aquí», afirma.

Además, Julia participa en actividades de sensibilización en colegios junto a la asociación conquense de daño cerebral, donde comparte su experiencia para ayudar a otros jóvenes a comprender lo que supone esta lesión.

Historias que enseñan a vivir

El daño cerebral sobrevenido cambia vidas de forma abrupta. Pero también deja historias que hablan de resiliencia, comunidad y esperanza.

Las de María Esperanza, Begoña, Esther y Julia son el ejemplo de que, incluso cuando todo parece roto, todavía es posible reconstruir el futuro.

A su manera, cada una ha aprendido algo esencial: que volver a vivir no siempre significa recuperar la vida anterior, sino descubrir una nueva forma de seguir adelante.

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