Santa Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli

Santa Teresa de Jesús y la Princesa de ÉboliMontaje IA

La muerte que desató la guerra entre la princesa de Éboli y Santa Teresa en Pastrana

La desaparición de Ruy Gómez de Silva dejó sin mediador a dos mujeres enfrentadas y terminó con las carmelitas huyendo de noche

Todo comenzó con una muerte en Madrid. El 29 de julio de 1573 fallecía repentinamente Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y duque de Pastrana. Con él desaparecía uno de los hombres más poderosos de la corte de Felipe II, pero también la única persona que había conseguido contener el choque entre dos voluntades formidables: la de su esposa, Ana de Mendoza, y la de Teresa de Jesús.

Lo que ocurrió después no fue una guerra con espadas, aunque tuvo todos los ingredientes de una batalla. Hubo órdenes desobedecidas, privilegios, humillaciones, amenazas y una retirada nocturna. El escenario fue el convento de San José de Pastrana y el desenlace, la huida de toda una comunidad de carmelitas.

El hombre que podía calmar a la princesa

Nacido en la localidad portuguesa de Chamusca en 1516, Ruy Gómez llegó a Castilla siendo niño, integrado en el séquito de Isabel de Portugal. Creció en la corte como paje del futuro Felipe II y aquella cercanía terminó convirtiéndolo en uno de los hombres de mayor confianza del monarca.

Fue gentilhombre de cámara, sumiller de corps y miembro de los consejos de Estado y Guerra. Su influencia fue tan grande que llegó a encabezar su propia facción cortesana, la denominada corriente ebolista, enfrentada políticamente al grupo dirigido por el duque de Alba.

Su matrimonio con Ana de Mendoza y de la Cerda, heredera de uno de los grandes linajes castellanos, reforzó todavía más su posición. En 1569, el matrimonio adquirió Pastrana y comenzó a transformar la villa alcarreña en el centro de un poderoso ducado. Ruy Gómez impulsó su economía y favoreció la llegada de población morisca, mientras el matrimonio patrocinaba iglesias y conventos.

Entre esas fundaciones se encontraba el convento femenino de San José, levantado por Teresa de Jesús en 1569. La operación estuvo cerca de fracasar desde el principio.

La princesa quería imponer determinadas condiciones y Teresa se negaba a aceptar cualquier exigencia incompatible con la austeridad del Carmelo. Fue Ruy Gómez quien intervino, suavizó las posiciones y consiguió que Ana de Mendoza cediera. Mientras él vivió, el equilibrio se mantuvo.

Una princesa vestida de monja

Todo cambió el 29 de julio de 1573. Ruy Gómez murió inesperadamente en Madrid a los 56 años y su viuda tomó una decisión que desconcertó tanto a su familia como a las religiosas: quería abandonar la corte e ingresar inmediatamente en el convento de Pastrana.

La tradición carmelita atribuye a la priora Isabel de Santo Domingo una frase que anticipaba el desastre: «¿La princesa monja? Ya doy la casa por deshecha».

Ana de Mendoza llegó a Pastrana apenas dos días después de la muerte de su marido. Entró en el convento con hábito, pero no lo hizo como una novicia dispuesta a renunciar a su vida anterior. La acompañaban su madre, sus damas y parte de su servicio. La aristócrata pretendía conservar dentro de la clausura la posición y las comodidades propias de una de las mujeres más poderosas de España.

Pronto abandonó la celda que le habían asignado y se instaló con sus criadas en una zona más amplia, comunicada con el exterior. Recibía visitas, daba órdenes y entraba y salía mientras las religiosas intentaban mantener el silencio, la obediencia y la pobreza que exigía la reforma teresiana.

La convivencia se volvió imposible. Ni las cartas de Teresa de Jesús ni las advertencias de la priora consiguieron que la princesa aceptara las normas. Finalmente tuvo que intervenir Felipe II, que le ordenó regresar a su palacio y hacerse cargo de sus hijos y de la administración de los bienes familiares.

Ana de Mendoza abandonó el convento en enero de 1574, pero el enfrentamiento no terminó. Desde fuera, continuó interviniendo en la comunidad y retiró la ayuda económica que Ruy Gómez había dispuesto para su mantenimiento. Teresa llegó a escribir que sentía una gran lástima por las religiosas de Pastrana, porque vivían «como cautivas».

La fuga en plena noche

Teresa tomó entonces una decisión tan arriesgada como definitiva: cerrar la fundación y sacar de Pastrana a todas las carmelitas.

A comienzos de abril de 1574, aprovechando la oscuridad y sin comunicar sus planes a la princesa, las religiosas recogieron únicamente las camas y los objetos que les pertenecían. Todo aquello que habían recibido de los duques quedó cuidadosamente inventariado en el convento.

Después subieron a unos carros y abandonaron Pastrana camino de Segovia. Cuando la villa despertó, el convento estaba vacío. Habían transcurrido menos de nueve meses desde la muerte de Ruy Gómez.

La princesa interpretó aquella fuga como una afrenta. El conflicto alcanzó también al Libro de la Vida, la obra autobiográfica de Teresa que Ana de Mendoza había conseguido leer y que terminó bajo el examen de la Inquisición. Aunque la interpretación tradicional presenta lo ocurrido como una venganza personal, estudios más recientes advierten de que detrás del choque también existían intereses religiosos y luchas políticas entre las grandes facciones de la corte.

Teresa relató el desenlace con extraordinaria contención en su Libro de las Fundaciones. No dedicó insultos a la princesa y se limitó a expresar su alivio por haber liberado a sus religiosas: estaba, escribió, «con el mayor contento del mundo de verlas en quietud».

El convento de San José fue ocupado posteriormente por franciscanas concepcionistas. Ruy Gómez de Silva, por su parte, permanece enterrado en la cripta de la colegiata de Pastrana.

Su muerte no solo dejó a Felipe II sin uno de sus consejeros más cercanos. También rompió el frágil equilibrio que contenía a la princesa de Éboli y abrió uno de los episodios más extraordinarios de la historia de Pastrana: la noche en que una comunidad entera tuvo que escapar para que una princesa no pudiera mandar sobre ella.

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