El Empecinado
El campesino que desafió a Napoleón, cercó Guadalajara y obligó a rendirse a 800 soldados
Juan Martín Díez, El Empecinado, tomó la ciudad el 16 de agosto de 1812 después de convertir la Alcarria y el valle del Henares en una pesadilla para las tropas francesas
Juan Martín Díez no había pasado por una academia militar. Era un hombre de campo nacido en Castrillo de Duero, Valladolid, que empuñó las armas contra la invasión napoleónica y acabó convertido en uno de los guerrilleros más temidos de la Guerra de la Independencia.
Su nombre quedó grabado para siempre en la historia de Guadalajara el 16 de agosto de 1812. Aquel día, El Empecinado cercó la ciudad y consiguió la capitulación de una guarnición napoleónica formada por unos 800 hombres. Este domingo se cumplen 214 años de aquella victoria.
La operación llegó en un momento decisivo de la guerra. El ejército aliado dirigido por lord Wellington había derrotado a los franceses en la batalla de los Arapiles el 22 de julio. José Bonaparte se vio obligado a abandonar Madrid y las fuerzas españolas, británicas y portuguesas entraron en la capital el 12 de agosto.
El Empecinado aprovechó el desmoronamiento de las posiciones francesas. Después de participar en los movimientos sobre Madrid, se dirigió hacia Guadalajara, una plaza estratégica por su cercanía a la capital y su situación en el camino que comunicaba Castilla con Aragón.
Guadalajara, cercada
La ciudad estaba defendida por entre 700 y 800 hombres bajo las órdenes del general Preux, un antiguo oficial suizo que había pasado al servicio del Gobierno de José Bonaparte.
Las tropas de El Empecinado rodearon Guadalajara e intimaron a la guarnición a rendirse. Preux se resistía a capitular ante un guerrillero y pretendía entregar la plaza directamente a Wellington. El comandante británico, sin embargo, le hizo saber que debía rendirse ante las fuerzas españolas que lo tenían cercado.
La presión acabó surtiendo efecto. El 16 de agosto, los defensores depusieron las armas y fueron hechos prisioneros. Los hombres de Juan Martín Díez se apoderaron además de banderas, cañones, munición y numerosos fusiles almacenados en la ciudad.
Guadalajara quedaba así fuera del control napoleónico y El Empecinado firmaba una de las mayores victorias de su carrera.
Tres años golpeando a los franceses
La conquista no fue fruto de una acción aislada. Juan Martín Díez llevaba desde 1809 combatiendo por toda la provincia. Conocía el terreno y sabía aprovechar los barrancos, montes y caminos de la Alcarria para aparecer, atacar y desaparecer antes de que las tropas francesas pudieran reaccionar.
Sus hombres actuaron en lugares como Mirabueno, Solanillos, Cifuentes, Sigüenza, Cogolludo, Budia, Sacedón o el puente de Auñón. El guerrillero hostigaba destacamentos, cortaba comunicaciones y dificultaba el tránsito de soldados y suministros entre Madrid y Aragón.
Los franceses intentaron capturarlo, derrotarlo e incluso atraerlo a su bando. En diciembre de 1810, el general Joseph Léopold Sigisbert Hugo le escribió para proponerle que reconociera como rey a José Bonaparte. El Empecinado respondió al día siguiente desde Cogolludo con una negativa indignada. No estaba dispuesto a negociar con el invasor.
Una victoria que no fue definitiva
La liberación de Guadalajara, sin embargo, duró menos de tres meses. El 6 de noviembre de 1812, las tropas francesas volvieron a ocupar la ciudad y causaron importantes daños en su caserío. El dominio napoleónico se prolongó hasta mayo de 1813, cuando la retirada francesa ya era irreversible.
El Empecinado sobrevivió a la guerra, pero terminó perseguido por el mismo monarca por cuyo regreso había combatido. Defensor de la Constitución y contrario al absolutismo, fue apresado y ejecutado en Roa de Duero (Burgos) en 1825 durante el reinado de Fernando VII.
Hasta su apodo escondía un origen humilde. La Real Academia Española explica que «empecinados» era el nombre dado a los naturales de Castrillo de Duero por la pecina, el cieno oscuro del arroyo Botijas. Aquel mote local acabaría recorriendo España y quedaría unido para siempre al guerrillero que consiguió poner de rodillas a toda una guarnición napoleónica en Guadalajara.