Antonio García Condado, farmacéutico de Urda (Toledo)
El horror visto desde los ojos del farmacéutico de Urda, uno de los primeros en llegar al accidente: «Maite, te quiero mucho. Dios es bueno»
Antonio García Condado escuchó a un hombre atrapado en el «amasijo de hierros» despedirse de su mujer e hijos y asegura que lo que él vio "no se lo deseo a nadie
Urda es un pequeño pueblo de 2.500 habitantes al sureste de la provincia de Toledo. Un lugar donde vivir tranquilo y en el que la realidad se altera con poca asiduidad. En cambio, este 2026 ha perturbado la paz de Urda, que se veía afectado por incendio forestal el pasado 6 de julio.
Además, hace escasos días, la borrasca Adam provocó graves inundaciones en su núcleo poblacional, a consecuencia de fuertes lluvias. Los vecinos se unieron para responder ante los reveses de la naturaleza y cuando por fin se recuperaban de la inundación, el choque de trenes volvió a sobrecoger a sus habitantes.
Las catástrofes ya habían curtido al pueblo urdeño que reaccionó de manera ejemplar y solidaria a la mayor tragedia que se recuerda en Castilla-La Mancha, que por el momento se cobra la vida de 69 personas. Entre las historias acontecidas dentro de la tragedia, se destaca el testimonio de Antonio García Condado, farmacéutico jubilado de 78 años, que fue de las primera personas en llegar al lugar del accidente y que ha atendido a El Debate para trasmitir lo que vieron sus ojos. «No se lo deseo a nadie», asegura.
«Sin fuerza para pedir ayuda, algunos me cogían la mano»
Como cualquier otro día, Antonio García cuenta como estaba desayunando en compañía de su hija, alrededor de los nueve y diez de la mañana, cuando ella le comentó que «había habido un choque de trenes en la estación». Sin casi tiempo para preguntar por la gravedad del mismo, el farmacéutico se levantó y fue al lugar del accidente.
Sus ojos fueron de los primeros en percatarse del horror de lo acontecido. Allí todavía no había llegado nadie. Allí fue con las manos vacías, según comenta, nunca imaginó un accidente de estas características y al llegar se dirigió a la cabeza del AVE encontrándose con las primeras víctimas, heridos que podían salir por su propio pie.
Al llegar a la cabida Antonio García cuenta que se quedó helado al contemplar «un amasijo de hierros con cadáveres, moribundos y heridos muy afectados. En ese momento, me puse a calmarlos diciéndoles 'tranquilos os vamos a rescatar', pero no podía moverlos porque estaban entre los hierros. Intenté calmarlos. Algunos me cogían la mano, escuchaba la voz de otros pidiendo ayuda».
De este primer momento en el que se encontró atendiendo a las víctimas de primera mano, sin que hubieran llegado todavía servicios de emergencia, Antonio García destaca repetidamente «el silencio sepulcral» que rodeaba a la tragedia solo interrumpido por tenues voces en busca de auxilio. «No tenían fuerza ni para pedir ayuda».
'El milagro': «Dios es bueno»
Antonio García, sin necesidad de preguntas se va directamente a una escena que le marcó profundamente. Mientras caminaba al lado del «amasijo de hierros» se percató de una voz que «se estaba despidiendo de su familia». Según el farmacéutico, decía: «Mayte, te quiero mucho...cuida de los niños». En este momento Antonio cuenta que su última frase le «gratificó una barbaridad porque él es creyente» y escuchó a la víctima despedirse con resignación, pero diciendo: «Dios es bueno».
«Me impactó un montón», pero esta mañana el circulo se ha cerrado. Antonio contaba que este hombre estaba «moribundo» y que seguidamente encontró a otra persona pidiendo ayuda. «Le faltaba el brazo izquierdo». Fue en ese momento cuando Antonio García confiesa que se emocionó y llegó a llorar. Decidió regresar a la farmacia, la cual asegura que dejó vacía para acudir de vuelta con jeringas, gasas, apósitos, medicamentos y todo aquello que consideró de ayuda. Al volver ya no le dejaron pasar y fue al lugar donde estaba el Iryo para comprobar que «había dos vagones, uno embutido dentro de otro».
Antonio siguió prestando ayuda durante todo el día, pero no volvió a saber nada de ninguna de las víctimas a las que había atendido. Su historia caló y no podía quitarse de la mente las palabras de despedida de aquel hombre a su mujer e hijos, destacando el final: «Dios es bueno». Un día después una llamada le ha llenado de alegría. Era la mujer de Mario, el hombre al que Antonio había escuchado despedirse.
«Me ha llamado su mujer y me ha dicho que Mario está vivo. He podido saludarle. Una alegría tremenda dentro del cansancio físico y mental. Los milagros existen. Está vivo. Tenemos que vernos, ha sido muy emocionante y tenemos que celebrarlo. La paradoja de la vida».