tribunaAntonio-José Sastre Peláez

El bien común y la empresa familiar: una aproximación

Es posible discernir una vía intermedia entre el capitalismo neoliberal y el colectivismo marxista: la Doctrina Social de la Iglesia Católica como marco de humanización de las relaciones económicas

«La finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera», reflejaba san Juan Pablo II en la Encíclica Centesimus Annus.

Introducir una dimensión social, cuasi espiritual, en la definición corriente de empresa como organización económica de medios materiales, recursos financieros y agrupación de talento humano, para la producción y distribución de bienes y servicios, en orden a la obtención de un beneficio financiero, es fruto de la aplicación del significado del bien común a esa estructura haciendo transcendente dicha actividad humana.

En un artículo de Álex Rosal en la revista Religión en Libertad del 12 de febrero de 2017 sobre la muerte a los 98 años de edad de Lorenzo Servitje, fundador de Bimbo, la empresa de panadería líder en pan de molde (pan de caja, en México), que empleaba a más de 130.000 personas, y tiene más de 100 marcas y 10.000 productos que se fabrican en 170 plantas de 22 países, se recogían unos «mandamientos» prácticos (dejados por escrito por Lorenzo Servitje) para lograr dirigir una empresa que tenga éxito y sea, a la vez, plenamente humana, destacando, entre otras, las siguientes ideas:

-La empresa no es simplemente un negocio, sino una obra de creación real de riqueza, de mayor alcance y trascendencia y para beneficio no sólo de unos cuantos sino de muchos.

-La empresa es sobre todo un instrumento de servicio. Sirve a los hombres de fuera, proporcionándoles bienes y servicios, lo que la sociedad espera de ella. Pero también existe para servir a los hombres de dentro, es decir, para que los que trabajan en la empresa puedan ganarse la vida; y para que los que han invertido en ella reciban un rendimiento razonable por su inversión. «La empresa es para el hombre y no el hombre para la empresa».

Lorenzo Servitje estaba convencido de que la empresa era el motor de una reforma social en la sociedad y, para ello, ese núcleo productivo debía transformarse y fortalecerse.

«Quienes creemos en la Doctrina Social de la Iglesia y apreciamos su gran valor -señala Servitje- debemos ser los más decididos promotores de esta transformación y fortalecimiento. Y tenemos que hacerlo a partir de nuestra propia empresa. Hacerla un núcleo de auténtica eficacia productiva. Hacerla, por medio de una inteligente participación de sus integrantes, un reducto de libertad, de creatividad, y de iniciativa; una segunda escuela en la que sus hombres no sólo se capaciten, sino que se formen y desarrollen; una segunda familia en la que sus hombres encuentren confianza, amistad, y afecto». «Una empresa en la que sus hombres, al fin reconciliados, se unan al logro de objetivos comunes», añadía.

Servitje solía poner el acento en sus intervenciones sobre que debíamos construir «empresas fraternales; empresas con alma». El fundador de Bimbo enfatizaba que «así podremos ofrecer a la sociedad un modelo real y vivo de una institución que puede servir para la transformación de otras instituciones y de la sociedad misma. Así podremos contribuir al advenimiento de una economía a la dimensión del hombre, una economía que esté verdaderamente a su servicio».

De lo anteriormente expuesto, es posible discernir una vía intermedia entre el capitalismo neoliberal y el colectivismo marxista: la Doctrina Social de la Iglesia Católica como marco de humanización de las relaciones económicas. La economía al servicio del hombre y a su trascendencia.

En el trabajo se produce un continuo trasvase de prestaciones; se da mucho: tiempo, esfuerzo, atención, ilusión, experiencias. A la par, se recibe mucho, no solo salario, también conocimientos, capacidades, relaciones, amistades.

La empresa familiar, en su vocación de continuidad como tal empresa familiar, organiza la sucesión de modo que el esfuerzo de una generación pase a la siguiente, de forma que estabiliza el empleo, localiza la riqueza en un área geográfica concreta y genera oportunidades de desarrollo a los diversos grupos de interés: propietarios, gestores, empleados, proveedores, clientes, administraciones públicas y sociedad en general. Se vincula su actividad al bien común, donde, tu bien es mi bien. Un patrimonio material e inmaterial digno de protección por los poderes públicos y por la sociedad en general.

En Castilla y León, quienes, entre otras entidades e instituciones, cristalizan la transmisión de valores en la actividad empresarial son las empresas familiares. Una entidad que es representativa en este marco institucional en la Asociación de Empresa Familiar de Castila y León, entidad sin ánimo de lucro constituida en 1997 para defender a las empresas familiares como el motor de la economía productiva y de la generación de empleo en la Comunidad. EFCL está conformada por 180 empresas familiares de las nueve provincias de la región, todas ellas líderes en sus respectivos sectores, y comprometidas con su entorno, cuya misión es ayudar activamente a las empresas familiares a desarrollarse y a transformarse para promover y contribuir al desarrollo de una Sociedad más sostenible, facturando entre todas ellas más de 10.000 millones de euros y empleando a más de 55.000 personas en toda la región.

Su actividad genera, al bien común, riqueza y oportunidades para que las personas desarrollen, mediante su trabajo, una autonomía vital y constituyan familias que enriquezcan el tejido social en nuestra comunidad autónoma, contribuyendo así, a la creación de bienestar colectivo.

Antonio-José Sastre Peláez es abogado, mediador familiar y empresario.

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