Retrato de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, por Juan Pantoja de la Cruz

Retrato de la Reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, por Juan Pantoja de la CruzReal Academia de la Historia

Cuando Burgos se engalanó para recibir a una Reina que no llegó y acabó abriéndole las puertas a la peste

En 1565, una limpieza general por la visita de Isabel de Valois coincidió con la entrada de una enfermedad que acabó con más de un tercio de su población

Burgos, primavera de 1565. La ciudad se preparaba para recibir a Isabel de Valois, la joven esposa de Felipe II, que viajaba hacia Francia para visitar a su madre, la Reina Catalina de Médicis. La noticia fue acogida como un honor. Los regidores ordenaron empedrar las calles, blanquear las fachadas, limpiar los arrabales, adornar las plazas. Burgos debía mostrar su mejor cara ante la corte. Nadie imaginaba que aquella limpieza general coincidiría con la llegada de algo mucho más oscuro: la peste.

Mientras se afinaban los detalles del recibimiento, comenzaron a circular rumores de enfermedades extrañas. Personas que enfermaban y morían en cuestión de días, con fiebres altas y ampollas bajo los brazos o en el cuello. Los médicos, seis o siete en la ciudad, negaron con firmeza que se tratara de peste. «Solo calenturas pasajeras», decían. Pero la muerte empezaba a colarse en las casas más humildes, silenciosa y rápida.

El Domingo de Pascua, 22 de abril, era la fecha prevista para la llegada de la Reina. Sin embargo, el cortejo real se retrasó. En cambio, la enfermedad ya había tomado las calles. Desde los barrios altos, como San Esteban, comenzó a descender hacia el corazón de la ciudad. Y cuando Isabel de Valois preguntó si era seguro entrar en Burgos, los regidores, temerosos de perder el honor de su visita, contestaron que sí. El 21 de mayo, la Reina decidió no entrar. Burgos estaba enferma. Y la peste se quedó.

La ciudad vacía

Con la noticia del contagio, los poderosos fueron los primeros en huir. Los regidores trasladaron sus reuniones a Arcos, el arzobispo y el cabildo abandonaron la ciudad, los comerciantes cerraron sus tiendas.

Solo los pobres se quedaron: artesanos, braceros, labradores, los que no tenían medios ni tierras a las que escapar. Para ellos, el encierro fue una condena.

«Los recursos eran escasos», explica el cronista oficial de la ciudad de Burgos, José Manuel Gómez. «El hospital de la Concepción, recién terminado, se convirtió en centro de atención para los apestados. Se llenó tan rápido que colgaron camas de los muros para acoger a más enfermos».

Hospital de la Concepción, en Burgos

Hospital de la Concepción, en BurgosRicardo Ordóñez

Las casas se sellaban con cal, se ordenaba quemar la ropa de los fallecidos, aunque muchos se resistían, porque perder sus enseres significaba perderlo todo, y se organizaban cuadrillas para limpiar y desinfectar las calles.

Las cifras llegaron a estremecer; de una población estimada en 22.000 habitantes, murieron 8.000 y otro tanto enfermó sin perecer. El comercio se paralizó, las calles quedaron desiertas y el sonido de las campanas se volvió constante. Burgos se convirtió en una ciudad fantasma.

La religión ofrecía consuelo, pero también contagio. Se organizaron procesiones y rogativas a san Roque y san Sebastián, santos protectores contra la peste, sin saber que aquellas aglomeraciones solo empeoraban la situación.

«La idea del castigo divino estaba siempre presente», añade Gómez a Ical. «Pero curiosamente en Burgos no se insistió tanto en eso. Se rezaba, sí, pero también se intentaban medidas prácticas: limpiar, aislar, alimentar a los pobres. Aunque todo era insuficiente».

El frío y el olvido

El verano fue insoportable. En julio, la peste alcanzó su punto máximo. En agosto, comenzaron los primeros signos de alivio, y con el otoño, el frío trajo esperanza. «Las epidemias siempre mejoraban con el cambio de clima», cuenta Gómez. «En septiembre ya se notaba menos virulencia, y en noviembre prácticamente se dio por extinguida». Poco a poco, los regidores regresaron, las campanas sonaron por misas de difuntos, los talleres abrieron tímidamente. Pero la herida era enorme.

Burgos había perdido un tercio de su población y su pulso económico quedó quebrado. El miedo tardó años en disiparse. Cinco siglos después, aquella tragedia resuena con inquietante familiaridad. «El miedo, la desinformación, la huida de los poderosos, la pobreza que agrava el contagio…», reflexiona Gómez. «Los mecanismos humanos son los mismos. Solo cambia el siglo». Y así, entre plegarias y silencio, Burgos sobrevivió. Hoy, sus calles guardan la memoria de aquel año en que la Reina no llegó… y la muerte se quedó.

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