Agricultores y vecinos en la primera reunión del ayuntamiento de Paüls sobre el impacto del fuego
Campo
Los agricultores afectados por el gran incendio de Tarragona, frustrados con la respuesta de la Generalitat
La falta de claridad sobre las ayudas y la experiencia de siniestros anteriores alimentan el pesimismo del sector agrícola
La frustración se palpaba en el salón municipal de Paüls este lunes por la noche, donde un centenar de agricultores y vecinos esperaban respuestas tras las llamas que arrasaron cultivos y bosques. Sin embargo, las explicaciones no fueron las esperadas.
El encuentro, convocado por el alcalde Enric Adell, trasladó una realidad amarga basada en la experiencia de la Ribera d'Ebre tras el devastador incendio de 2019. Las perspectivas son desalentadoras: para los pinares calcinados, las ayudas serán escasas, mientras que los cultivos perdidos enfrentan incertidumbre sobre compensaciones vinculadas a seguros agrarios que la mayoría no puede permitirse, según ha informado ACN.
El drama de la nueva generación agrícola
Genís Espinós representa una especie en peligro: es uno de los agricultores más jóvenes de Paüls. Con explotaciones entre Xerta, Prat de Comte y Horta de Sant Joan, ha perdido doscientos cincuenta árboles y entre el 80% y 90% de la cosecha de olivos, algarrobos y almendros, tal como ha recogido ACN.
«El fruto simplemente cayó donde el fuego lo envolvió todo», explica con resignación. Pero más allá de las pérdidas materiales, Espinós refleja la desafección generacional: mientras la administración multiplica los requisitos burocráticos, su capacidad de respuesta se diluye. La carga administrativa consume media jornada laboral o obliga a destinar ayudas a gestores externos.
Un sector sin futuro
Los números son elocuentes: en Paüls, la diferencia de edad entre Espinós y el siguiente agricultor más joven es de veinticinco años. En Prat de Comte se amplía hasta los cuarenta años. Solo en municipios con mayor población como Xerta u Horta de Sant Joan se encuentran uno o dos productores de edad similar.
Esta realidad demográfica convierte cada incendio en una amenaza doble: destruye el presente e hipoteca el futuro de un sector que lucha por su supervivencia. Las finques arrasadas difícilmente encontrarán quien las replante, mientras el campo catalán pierde no solo cosechas, sino también la esperanza de quienes todavía creen en su viabilidad.