Vida cotidiana en el siglo XVIII

Vida cotidiana en el siglo XVIIIUniversidad de Alicante

Historia

La historia que los nacionalistas no quieren escuchar: tras la derrota de 1714, la vida en Cataluña mejoró

La vida cotidiana mejoró tras el Decreto de Nueva Planta en aspectos como la justicia, los espectáculos, la comida o la moda

Después del 11 de septiembre de 1714, la vida cotidiana en Cataluña no sólo mejoró, sino que el Decreto de Nueva Planta trajo hechos positivos para los catalanes. En la época de los Austrias la vida estaba marcada por unas leyes y costumbres destinadas a ciertas clases sociales.

Lo que hizo Felipe V es que todo el mundo tuviera las mismas oportunidades, amen de que la vida cotidiana en aspectos como la justicia, los espectáculos, la comida o la moda, mejoró. Veamos las ventajas que tuvo la sociedad catalana gracias al Decreto de Nueva Planta.

La justicia se aplicaba con firmeza sobre ladrones, soldados desertores, alborotadores sociales y asesinos. No había semana que la sociedad barcelonesa no pudiera presenciar una ejecución. En la Explanada -muy cerca del mercado del Born-, donde estaban las horcas, la gente se reunía para contemplar el espectáculo de la muerte.

Una vez sentenciado, el cuerpo del condenado o era enterrado o era expuesto en dos lugares paralelamente distantes, pero vías principales de comunicación. Esto es, la carretera de Madrid y la de Girona. Estos lugares eran siniestros. Allí se pudrían los cuerpos y se les conocía como «carneros». El de la carretera de Madrid se conocía como la Cruz Cubierta y el de la carretera de Girona como el Coll de la Trinidad.

Lo que hoy parece un tema tabú, casi nadie asistiría a una ejecución pública, en aquella época formaba parte de la vida cotidiana. Se aceptaba aquel espectáculo como una parte más del devenir diario. Una vez fallecido el condenado era la cofradía de los desamparados la encargada de enterrar el cadáver.

Si el delito era menor dejaban que la cofradía lo enterrara. Si el delito era grave y se quería prevenir a la sociedad, se exponía en el carnero. En la Cataluña de aquella época había una gran devoción a las almas del purgatorio. Los condenados eran paseados por las calles de Barcelona hasta la Explanada. A veces este paseo se convertía en algo humillante para él. Otras veces el condenado, en vez de arrepentirse por lo que había hecho, se enfrentaba a la justicia y a la gente que presenciaba el acto.

La ópera

Las representaciones operísticas en Barcelona se iniciaron a principios del siglo XVIII. El archiduque Carlos era un gran aficionado a la ópera y a la música en general. Este quería escuchar en Barcelona los espectáculos musicales de los que, hasta entonces, había disfrutado en la Corte austriaca.

Por este motivo trajo compositores, instrumentistas y cantantes e instauró en Barcelona una capilla musical. El lugar elegido para estas representaciones fue la Llotja de Mar. Los habitantes de Barcelona no pudieron disfrutar de estas representaciones. Para ellos la ópera siguió siendo un género musical inalcanzable.

Todas las funciones quedaron reservadas a la reducida corte de Carlos de Austria. Las primeras representaciones se iniciaron en 1708, con motivo de la boda de Carlos de Austria con Elisabeth Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel, y concluyeron en 1711, con la marcha del Archiduque a Viena.

El nuevo rey ya estaba instalado en Barcelona y con una capilla musical propia. Ahora sólo faltaba encontrar la persona adecuada para dirigirla. Carlos de Austria nombró a Juan Antonio de Boixadors director de la capilla musical de Su Majestad Real.

La comida

En el campo la comida era muy diferente que en la ciudad. Asimismo el pescado era un producto de consumo en los pueblos de la costa y difícil de encontrar, a no ser que fuera seco, en los pueblos del interior. Lo mismo ocurría con la carne y las verduras.

En los mercados de Barcelona se vendían los animales vivos. Las malas lenguas decían que en Barcelona no se comía bien. Algunos de los platos de la época eran la olla podrida de verano; el Pare Pere, que eran peras rellenas con carne picada con salsa; relleno de melocotones; escudella de fideos, o escudella de arroz.

También se comía pescado con zumo, hervido y frito; cocido; relleno de calabacín y cebolla; conejo estofado y asado; guiso de carne con peras; sopa con azafrán; escudella de arroz con garbanzos; perdices; habas tiernas con morcilla; tocino; arroz a la capuchina; bacalao con aceite y vinagre; breca; huevos con alcachofas; guiso de pato; pollo asado; y platillo de carne con alcachofas y guisantes.

En ese período se empezó a comercializar el café. Sin embargo, la bebida por excelencia de la nobleza catalana era el chocolate. Se tomaba a todas horas. Es decir, para desayunar, con bizcochos, con ensaimadas, con secalls, con bollos, con bizcochos, con tostadas, con pan, con higos… El chocolate era distintivo de categoría social. Todo aquel que quisiera ser alguien, sobre todo en Barcelona, tenía que ofrecérselo a sus invitados.

Cambios en la moda

La moda era de uso exclusivo de la nobleza. La ciudadanía varonil vestía con chaqueta, camisa, charreteras, bragas y medias. La ciudadanía femenina con corsé, corpiño, lazo y faldas.

Los zapatos de ambos llevaban hebillas de plata o estaño. El metal dependía del dinero de cada familia. Los más ricos o con ganas de presumir y hacerse ver, llevaban hebillas de plata y botones del mismo metal en las chaquetas.

'La gallina ciega', de Goya, muestra vestidos típicos del siglo XVIII en España

'La gallina ciega', de Goya, muestra vestidos típicos del siglo XVIII en España

Entre las mujeres, los complementos no podían faltar. Las joyas daban aquel punto de elegancia y de clase. La peluca también formaba parte de este atrezo. Los bastones, las capas y capotes eran parte de la indumentaria diaria. Todo esto servía para diferenciarse de las clases más pobres.

Para distraerse organizaban bailes. Cualquier reunión social que se preciara tenía que acabar con un baile. Las danzas eran minué, contradanzas o zarabandas. Lo que estaba generalizado entre la nobleza era esnifar rapé en polvo. Se hacía después de cenar y antes de acostarse. El rapé era un preparado de tabaco molido, habitualmente aromatizado y dispuesto para ser consumido por vía nasal. Esta costumbre se le llamaba «echar un polvo». Sólo fumaban las clases humildes.

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas