Ofrenda floral del grupo de los Comunes en el Parlament de Cataluña, con motivo del 11-S

Ofrenda floral del grupo de los Comunes en el Parlament de Cataluña, con motivo del 11-SEuropa Press

El labreinto catalán

La izquierda radical se deshace en Cataluña y hace inviable la reedición de la mayoría sanchista

El partido de Urtasun y Colau se desangra entre abandonos y la lucha con Podemos

Los llamados Comunes, que forman parte del conglomerado de Sumar, llegaron a ganar en Cataluña las dos elecciones generales celebradas en 2015 y 2016. En aquel entonces aún viajaban juntos los Comunes y Podemos, formando una coalición llamada En Comú Podem que fregó el millón de votos y logró 12 escaños en el Congreso.

También en ese año Ada Colau, encabezando la lista de extrema izquierda, conseguía imponerse en la ciudad de Barcelona y hacerse con la alcaldía. El PSC parecía acabado y Barcelona vivía un ambiente progresista radical que parecía no tener vuelta atrás. Nueve años más tarde, la marca de ultraizquierda catalana, aliada de Pedro Sánchez, con un asiento en el Consejo de Ministros –ocupado por Ernest Urtasun, al frente de la cartera de Cultura– se deshace como un azucarillo.

Tras la derrota en las elecciones municipales, Colau dejó el Ayuntamiento de Barcelona, con un balance de ocho años catastróficos. Entonces anunció que tomaba rumbo a Italia, pero ha acabado enrolada en la flotilla de Greta Thunberg, de cala en cala del Mediterráneo, mientras da soflamas antisemitas.

Su sucesora como portavoz municipal, Janet Sanz, ha anunciado esta semana que abandona la política. Su marcha ha abocado a los Comunes a buscar un candidato que salve los muebles en 2027 del partido que hasta hace dos años gobernó Barcelona. Urtasun y Gerardo Pisarello, miembro de la mesa del Congreso, se disputarán la candidatura a la que ninguno de los dos quiere optar, porque saben que está condenada al fracaso.

Gerardo Pisarello y Janet Sanz, en una imagen de archivo

Gerardo Pisarello y Janet Sanz, en una imagen de archivoEuropa Press

Los ministros de los Comunes en el gabinete monclovita han sido todos o nefastos o irrelevantes. Primero Joan Subirats, luego el sociólogo Manuel Castells y ahora Urtasun. Desde Cultura, Urtasun ha sido el que más protagonismo ha tenido, pero no siempre para bien.

Su enfrentamiento con el mundo de la tauromaquia o sus tomas de posición apoyando la leyenda negra española en América Latina le han marcado como un ministro más antiespañol que cultural. Además, no han sido pocas las veces que Urtasun ha tenido que salir a aclarar posiciones de Yolanda Díaz o declaraciones de la aún vicepresidenta que ponían en jaque al Gobierno.

A nivel autonómico, los Comunes cuentan con 6 diputados de 135, una representación muy pobre, y las encuestas no les auguran ningún futuro. Sin embargo, esos diputados valen su peso en oro, dado que junto a los de ERC son decisivos para mantener a Salvador Illa al frente de la Generalitat.

Los Comunes son un comodín del PSC, un apoyo con el que los socialistas pueden contar. Si bien la relación entre el PSC y los Comunes en el Ayuntamiento es tensa, dado que el aterrizaje en la oposición no es fácil, en el Parlament las cosas son distintas.

Un perfil destructor

Ahora bien, la realidad es que los Comunes son muy buenos destruyendo –por ejemplo, forzaron la convocatoria de elecciones autonómicas al no querer aprobar el proyecto del Hard Rock–, pero en cambio no saben construir y no se atreven ni a aprobar las cuentas de Illa. La suya es una política para adolescentes inmaduros incapaces de tomar decisión alguna que suponga asumir alguna responsabilidad.

El protagonismo que le da a los Comunes el trato privilegiado que les brinda Illa no ha servido para frenar su declive. En las últimas elecciones europeas, los Comunes sufrieron la humillación de verse superados por Podemos en Cataluña, un partido que no cuenta en las cuatro provincias catalanas ni con estructura ni con militantes.

Los morados lograron 110.000 votos y los de Colau, 102.000, pese a que contaban como cabeza de lista con Jaume Asens, ex presidente del grupo parlamentario de Podemos en Congreso, amén de amigo íntimo de Puigdemont y paño de lagrimas del fugado. Entre ambas formaciones no lograron los apoyos que juntos habían logrado cinco años antes.

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