Mosén Pere Viñas, conocido como Pere de la Pipa

Mosén Pere Viñas, conocido como Pere de la PipaPatronat d'Estudis Osonencs

Memoria histórica

Pere de la Pipa, el cura catalán que salvó a cientos de católicos de la persecución durante la guerra civil

Mosén Viñas organizó durante dos años expediciones a Francia para permitir el éxodo de cristianos amenazados bajo el régimen republicano

«Tenía unos soberbios mostachos negros en punta, llevaba boina y vestía una blusa negra de ganadero, acompañándose de un bastón largo en forma de báculo y soltando palabrotas, no muy fuertes, pero impropias de un sacerdote». De esta manera describía una persona que logró cruzar la frontera española a Francia al sacerdote que le ayudó en esta empresa.

Todo el mundo lo conocía como «Pere de la Pipa», pero su verdadero nombre era mosén Pere Viñas Corrius. Nació en 1903 en el pueblo minero de Ogassa (Gerona), en la comarca del Ripollés, muy cerca de Sant Joan de les Abadesses. Se formó en el Seminario de Vic, y lo ordenaron presbítero el 29 de diciembre de 1929.

Viajó a París para estudiar psicología juvenil, y a su vuelta lo nombraron vicario de Santa Eulàlia de Riuprimer, en la comarca de Osona (Barcelona). Estando allí estalló la Guerra Civil. Sin embargo, Pere, marcado por la voluntad de sobrevivir y de ayudar a los demás, decidió seguir con su misión evangélica.

«Durante estos dos años de permanencia entre los rojos, hicimos, con algunos compañeros, bajo la dirección del Dr. Font [Jaume Font i Andreu], algunas pequeñas organizaciones al servicio espiritual, clandestino, como ya se puede suponer». Esto se lo comentó al obispo de Vic, Juan Perelló Pou, en julio de 1938. Durante estos dos años, Viñas se inventó un personaje para poder seguir ayudando a la gente y salvarlos de la persecución que sufrió la Iglesia Católica. Así nació Pere de la Pipa.

De masía en masía

El personaje era un labrador, medio vagabundo y con aspecto descuidado. La «pipa» se refería a la apariencia de un labrador que fumaba, pero también a la costumbre de llevar un saco al cuello, donde guardaba algún objeto personal y los elementos necesarios para celebrar la misa clandestina: un pequeño cáliz, vino, hostias y los santos.

Esta mísera indumentaria le permitió moverse con cierta impunidad de masía en masía, en la zona de Osona, Lluçanès y Berguedà. Su objetivo era mantener la asistencia espiritual y sacramental a quienes la pedían, arriesgando su vida. Mosén Viñas llegaba a una masía de confianza, donde era recibido con secretismo y fervor.

Pere de la Pipa, en una imagen de archivo

Pere de la Pipa, en una imagen de archivoPatronat d’Estudis Osonencs

Las misas se celebraban de madrugada o de noche, en lugares escondidos como establos o desvanes, con la máxima discreción. Además de la misa, administraba el sacramento de la confesión, llevaba la comunión a los enfermos e incluso celebraba matrimonios o bautizos, con reserva absoluta.

Gracias a esto se convirtió en un puntal moral para las familias católicas aterrorizadas. Sus palabras de aliento, su ejemplo de coraje y su presencia eran un símbolo de la continuidad de la Iglesia a pesar de la persecución. Fue el pastor que no abandonó su rebaño. Sus viajes eran un acto de fe, confiando en que los campesinos que le acogerían guardarían el secreto, como así sucedió.

Cruzando la frontera

A parte de la asistencia espiritual, mosén Viñas también se encargó de organizar grupos de fugitivos para atravesar la frontera y entrar en Francia. Esto formaba parte del Socorro Blanco que se organizó en Cataluña durante la Guerra Civil. A veces transportaba grupos reducidos, aunque llegó a pasar a 200 y hasta 400 personas. Normalmente hacia una ruta, aunque podía variar según las circunstancias del momento. Tenía comprados a los carabineros que vigilaban la zona, pagándoles entre 500 y 3.000 pesetas.

Se cuenta que unos milicianos de Vic detuvieron a varias personas y las llevaron ante el comité de Montcada i Reixach. Sin perder un segundo, quiso ir a salvarles la vida. Se vistió de miliciano, como si fuera del comité de Vic, y pidió fusilarlos él mismo. Aceptaron su propuesta. Al llegar a la lápida del cementerio, los situó en un lateral, sin que lo vieran los de Montcada i Reixach, y empezó a disparar. Antes les dijo a los cautivos que, al oír los primeros disparos, huyeran. Así les salvó la vida.

Durante aquellos dos años utilizó dos rutas, que sepamos, para permitir la huida de personas a Francia. Una era Brull, Vic, Sentflores, Sant Bartomeu del Grau, Vidrà, Vilada, Serra de Picancel, Bagà, Coll de Pendís, Collada de Toses, La Molina, Tosa d’Alp y Osseja. La otra coll del Faig General, coll de Merolla, coll de la Bona, Fornells de la Muntanya, Pla de les Salines, Vallcebollera. No pudo salvar a su hermano, el comerciante Josep Viñas Currius, a quien asesinaron en Orís, en la subida del Bach, el 15 de agosto de 1936: tenía 32 años.

Después de la guerra

En octubre de 1938 estaba en Perpiñán. De ahí pasó a San Sebastián, Bilbao, Eibar y Burgos. Terminada la guerra, lo nombraron rector de las parroquias de Montesquiu, Ódena, Manlleu, Castellterçol, Vespella y la Divina Pastora de Vic. Renunció en mayo de 1967 de sus cargos por edad y salud.

Durante unos años de la década de 1970 fue misionero en Argentina, y Venezuela. Volvió a Vic, donde falleció en 1985. En 1943 el Gobierno Civil de Barcelona quiso concederle la Orden Civil Benéfica por su méritos durante la guerra. Le pidieron un informe al vicario de Vic, Jaume Font Andreu, el cual, entre otras cosas, dijo:

«Que para librar a sus compañeros de sacerdocio del riesgo que corrían a causa de la recia persecución no saciada aún con tanta presa como había hecho, organizó distintas expediciones, que él acompañaba personalmente hasta cerca de la frontera, salvando así a muchos de ellos, los cuales pudieron prestar en otras tierras españolas el ministerio sacerdotal, que circunstancias adversas impedíanles desplegar en su diócesis. Que asimismo facilitó el paso de la frontera a infinidad de jóvenes que, gracias a él, han podido luchar por Dios y por la Patria en el Ejército Nacional, cubriéndose de gloria en los campos de batalla»

Pere de la Pipa no sólo fue un superviviente, sino un símbolo de la resistencia espiritual y de la fidelidad vocacional en las circunstancias más adversas. Su historia es un homenaje al coraje del clero catalán y a la lealtad de los fieles que arriesgaron sus vidas para acoger y proteger a sus sacerdotes. Su memoria perdura como una de las figuras más entrañables y representativas de la fe escondida en la Cataluña rural durante la Guerra Civil.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas