Dos milicianas, al inicio de la guerra
Historia
Así se vivió la primera Navidad de la Guerra Civil en Cataluña: de la Misa del Gallo al «rancho de miliciano»
La cosa no mejoró en las sucesivas Navidades mientras duró la contienda
Uno de los momentos más extraordinarios y conmovedores de la I Guerra Mundial fue la tregua de Navidad de 1914, cuando cientos de soldados de ambos bandos, ignorando las órdenes recibidas, salieron a tierra de nadie, saludaron al enemigo, se estrecharon las manos, se improvisaron partidos de fútbol, se intercambiaron regalos y enterraron a los soldados que habían quedado en el campo de batalla.
Los soldados alemanes adornaron sus trincheras con pequeños árboles de Navidad y los iluminaron con velas. Ambos bandos cantaron villancicos. Aquellos 100.000 soldados involucrados en esta tregua añoraban sus casas. Y es que, como leemos en El mundo de ayer de Stefan Zweig:
Esta frase simboliza la terrible decepción que siguió, pues la guerra se prolongó durante cuatro años, costando millones de vidas y destruyendo el mundo de ayer que Zweig recordaba. ¿Se vivió un momento tan extraordinario durante la guerra civil en Cataluña?
La respuesta es negativa. No solo ese día, sino cada día, la vida cotidiana estuvo marcada por la escasez, la represión religiosa y civil, los diferentes conflictos políticos y la lucha en el frente de batalla. A diferencia de la I Guerra Mundial, en la cual no hubo una persecución religiosa, en Cataluña se habían quemado iglesias, se represalió a los católicos y se suprimieron los rituales públicos. Se erradicaron de la vida pública misas, belenes y ceremonia. En privado se siguieron llevando a cabo estas celebraciones, aunque con el peligro que una patrulla de control llamara a la puerta.
«Cena de miliciano»
Los partidos y los anarcosindicalistas sustituyeron las festividades religiosas por celebraciones laicas. La Misa del Gallo y la cena de aquella noche pasaron a llamarse «cena de miliciano» y para las tropas, «rancho de Navidad», con una ración extra de comida. Se proclamaban mensajes de solidaridad política y antifascistas.
Se promovió un recuerdo sentimental que expresaba la gratitud de todos los hombres antifascistas. Por lo que respecta al día 25 de diciembre y 1 de enero se declararon días laborales. La gente fue a trabajar y los niños a la escuela.
Las organizaciones obreras y el Socorro Rojo distribuían comidas especiales, provisiones, como turrón o tabaco, y juguetes de carácter laico, sin simbología religiosa, para los milicianos y sus familias. En esencia, la festividad religiosa de la Navidad fue sustituida por el mandato de la continuidad revolucionaria y la militarización de la vida cotidiana.
La excepción, que se asemeja a 1914, aunque no ocurrió en Cataluña, sucedió en el Monte Calamua, entre Vizcaya y Guipúzcoa. En la tarde de Nochebuena los milicianos vascos y requetés cesaron el fuego. Salieron a tierra de nadie, se dieron la mano, intercambiaron periódicos, vino, tabaco, conversaron. A medianoche volvieron a sus puestos y la guerra continuó.
Navidad en 1936
Podemos asegurar que aquellas primeras Navidades, de 1936, fueron tristes, ascéticas, sin ceremonias, sin Nacimiento, sin misas, sin celebraciones familiares… Muchas familias estaban rotas, porque había represaliado a algún miembro de la familia o estaban en el frente.
La cosa no mejoró en 1937. Al prolongarse la guerra aumentó la escasez de alimentos y miseria. La tristeza y las circunstancias que soportaban las familias, con más luto que alegrías, daba pocas esperanzas para celebraciones. A esto debemos sumar que en la Navidad de 1937 y en la de 1938 muchas poblaciones y ciudades catalanas permanecieron a oscuras, por la amenaza constante de los bombardeos aéreos de la aviación nacional. Una característica marcó esa Navidad: la preocupación de los ciudadanos en sobrevivir.
Destrucción en Granollers (Barcelona) tras un bombardeo, en 1938
La Navidad de 1938 estuvo marcada por el final de la Batalla del Ebro, en noviembre, dejando al Ejército Popular Republicano totalmente diezmado. Además, el 23 de diciembre comenzó la Ofensiva de Cataluña, el ataque final sobre el territorio catalán aún en manos de los republicanos. Esto supuso que aquellas Navidades fueran, para muchos, inexistente. El ambiente era caótico, con la inminencia de la derrota y el comienzo del exilio.
Lotería Nacional
En contraste con todo esto debemos hablar del sorteo de la Lotería Nacional. Este fue doble. Se celebró en los dos bandos. En el nacional se celebró el 22 de diciembre en el salón del colegio de los Hermanos Maristas de Burgos. El número agraciado fue el 36.758, que fue vendido en Málaga.
El sorteo republicano se celebró el 22 de diciembre en el Café Lyon d’Or de la Rambla barcelonesa. El primer premio fue para el número 22.655. Los niños de la Casa de Asistencia Social President Macià fueron los encargados de cantar los números. Tuvo una repercusión limitada, ya que Cataluña estaba al borde de caer en manos de las tropas nacionales. Se dice que el premio no llegó a cobrarse nunca o solo se cobró de forma parcial debido al fin inminente de la guerra y la anulación de la deuda republicana.
La evolución de las Navidades, a lo largo de los cuatro años de guerra, pasó de un fervor contenido, por miedo a la represión, dando paso al agotamiento, el miedo institucionalizado y la lucha por la supervivencia. Podemos afirmar que en Cataluña se estableció una Navidad silenciada, pero que seguía viva en el corazón de las personas que, día a día, luchaban por seguir vivos, esperando que todo aquello terminara.
Como escribió Zweig, «se había perdido la meta, se había perdido la razón, y a nadie se le ocurría una idea, un pensamiento que diera sentido al espantoso baño de sangre. Nadie sabía ya por qué se luchaba, por qué se moría». El agotamiento, el hastío moral, físico, el vacío moral e intelectual, la deshumanización y el nihilismo de la guerra hizo mella en la sociedad catalana.