El Lápiz Termosan
Historias de Cataluña
Recordando al Lápiz Termosan: de la farmacia al Olimpo del fútbol de la mano del mítico Samitier
Este producto se convirtió en el aliado indispensable de los futbolistas y deportistas de las décadas de 1920 y 1930.
Hay ciertos productos, que hoy son ya clásicos y no reparamos en ellos, pero que revolucionaron las lesiones musculares, sobre todo en la práctica deportiva. Uno de ellos es el Lápiz Termosan. Este producto fue una embrocación sólida que se convirtió en el aliado indispensable de los futbolistas y deportistas de las décadas de 1920 y 1930.
En una época donde las pomadas tradicionales obligaban a pringarse las manos y dejar rastros, este formato en barra, similar a un moderno stick, ofrecía limpieza. El secreto de su éxito residía en su aplicación directa. Bastaba con frotar el cilindro sobre la zona afectada para sentir el alivio del calor terapéutico.
Nacido en una farmacia de la calle Rec de Barcelona, lo idearon Juan Doménech Martínez y el farmacéutico Romualdo Mercé Tarragó. El depósito general estaba en la calle París 174 de Barcelona, a cargo de R. Sala. Su fórmula no escatimaba en potencia. Combinaba la intensidad de la oleoresina de cápsico con el frescor del mentol, el alcanfor y el salicilato de metilo, creando una reacción térmica que calmaba reumatismos y contusiones.
Anuncio del Lápiz Termosan
La publicidad de la época, con un marcado carácter vanguardista, utilizaba imágenes de deportistas con botas de cuero y rodilleras de lana, dirigiéndose a su potencial cliente que eran los clubes de fútbol de toda España. Por un precio de 4,25 pesetas, el Lápiz Termosan no solo vendía alivio, sino modernidad.
Aquel tubo de cartón regulable era el precursor de los analgésicos tópicos actuales, un icono que sobrevivió décadas en los botiquines, recordándonos que la necesidad de aliviar el dolor tras el esfuerzo es tan antigua como el deporte mismo.
Campaña gráficas
En 1999, la marca fue adquirida por Laboratorios Reig Jofre. Como hemos dicho, el Lápiz Termosan fue ampliamente publicitado en los años 1920 y 1930, destacando sus campañas gráficas realizadas por la agencia barcelonesa Compal, de Josep Compte y Palatchi, y el fotógrafo Pere Català Pic, que mostraban deportistas. Uno de los que apareció en esta publicidad es el jugador del FC Barcelona José «Pepe» Samitier.
Este no fue simplemente un futbolista que dominó el balón con una agilidad acrobática que le valió el apodo de «Hombre Langosta»: fue el primer gran icono social de la Barcelona de los primeros años del siglo XX.
Su vida fuera de los terrenos de juego se lee como una novela de la Belle Époque, donde el deporte era apenas el pretexto para habitar el epicentro de la bohemia, la cultura y la alta sociedad. «Sami», como le llamaban sus amigos, poseía un carisma magnético que derribaba las fronteras de las clases sociales y las rivalidades deportivas, convirtiéndose en el primer deportista español que entendió que su imagen era tan poderosa como su remate de cabeza.
Dotado de una elegancia natural que mantenía incluso fuera del césped, Samitier era un asiduo de las tertulias literarias y los cafés de moda. No era extraño verlo en el ambiente sofisticado del Hotel Ritz o en las mesas de los restaurantes más exclusivos de la Ciudad Condal, siempre rodeado de artistas, políticos y figuras del espectáculo.
Su círculo de amistades era un reflejo de su propia complejidad humana. Mantuvo una relación fraternal con Carlos Gardel, el rey del tango, con quien compartía largas noches de confidencias y canciones. Se dice que el propio Gardel, fascinado por la personalidad del jugador, le dedicó tiempo y afecto, encontrando en el barcelonés a un alma gemela que entendía el peso y la gloria de la fama. Gardel le dedicó una versión especial del tango Patadura a Samitier.
Josep Samitier, en una imagen de archivo
Quizás la amistad más profunda y simbólica fue la que le unió a Salvador Dalí. En la Figueras de su juventud y más tarde en Cadaqués, Samitier formó parte del núcleo íntimo del pintor. Para Dalí no era un atleta, sino una figura casi surrealista por su forma de entender el movimiento y la vida.
Juntos compartieron veranos de sol y vanguardia, demostrando que Samitier era un hombre de una curiosidad intelectual inusual para un futbolista de su época. Esta capacidad para transitar entre el vestuario y el caballete de un pintor, o entre la grada popular y el palco de honor, lo definía como un mediador cultural, alguien que humanizaba el naciente profesionalismo del fútbol con un toque de dandi europeo.
Vida personal
Su vida personal también estuvo marcada por la audacia. Su polémico fichaje por el Real Madrid en 1933, tras toda una vida en el F C Barcelona, no fue solo un movimiento profesional, sino una decisión que puso a prueba su temple humano. A pesar de lo que muchos podrían considerar una traición, Samitier gestionó aquel tránsito con una caballerosidad que le permitió ser querido en ambas ciudades.
En Madrid se integró rápidamente en la vida social de la capital, frecuentando los mismos círculos de intelectuales que en Barcelona, demostrando que su patria era el ingenio y la buena conversación más que los colores de una camiseta.
Detrás de la figura pública Samitier era un hombre de una calidez humana desbordante. Quienes lo conocieron destacaban su generosidad y su capacidad para recordar los nombres de cada empleado del club o de cada vecino de su barrio. No buscaba el aislamiento de la estrella moderna. Todo lo contrario, su alimento era el contacto con la gente.
Fue un estratega de las relaciones humanas, capaz de desactivar conflictos con una sonrisa o una frase ingeniosa. Su vejez, vinculada siempre al fútbol desde los despachos y la secretaría técnica, no fue la de un hombre nostálgico, sino la de un mentor que seguía disfrutando de la vida con la misma intensidad con la que saltaba al campo en Les Corts.
Samitier vivió como jugó. Esto es, con una libertad absoluta, una elegancia innegociable y un profundo respeto por el arte de vivir, dejando tras de sí el recuerdo de un hombre que, antes de ser una leyenda del balón, fue un maestro de la amistad y la convivencia.