Colección de arte oriental, Barcelona S. XIX

Colección de arte oriental, Barcelona S. XIXArchivo

Historia

El impacto oriental que revolucionó la arquitectura y el coleccionismo en Barcelona

A finales del siglo XIX, Barcelona adoptó el arte oriental impulsado por el comercio, exposiciones y colecciones privadas que transformaron su estética

Durante el último cuarto del siglo XIX Barcelona experimentó una profunda transformación cultural y estética. A medida que declinaba el interés por las corrientes historicistas medievales y románticas, las miradas del ambiente artístico e intelectual se dirigieron hacia Japón y China. Este fenómeno venía impulsado desde capitales europeas como París y Londres. En la capital catalana arraigó de un modo particular a través del comercio, la decoración interior y el coleccionismo privado de objetos artísticos.

El fenómeno de las colecciones orientales no respondió a la adquisición de obras de alto valor en subastas internacionales. Convivieron un coleccionismo doméstico y amateur, influido por la moda comercial de objetos suntuarios e indumentaria, y un coleccionismo de perfil erudito, desarrollado por artistas, diplomáticos y burgueses que aspiraban a construir gabinetes de curiosidades o museos privados.

Los primeros antecedentes de recepción de piezas asiáticas en la Península se remontan al comercio colonial a través del Galeón de Manila, el cual introdujo en los hogares aristocráticos y burgueses abanicos, porcelanas y tejedurías. El verdadero auge del arte japonés en Barcelona se consolidó a lo largo de la década de 1870.

A partir de 1872 la prensa comenzó a publicar informaciones constantes sobre el acelerado proceso de modernización e industrialización de Japón durante la era Meiji. Las festividades locales y la época navideña sirvieron de escaparate comercial. Las confiterías y quincallerías del centro histórico, de las calles Fernando, Avinyó o el Pasaje del Crédito, exhibían en sus aparadores bandejas, lacas, juegos de té, estuches y bronces procedentes de allí.

Durante la década de 1880 este comercio dio un salto cualitativo con la apertura de tiendas especializadas e importadoras al por mayor. Establecimientos como El Mikado, fundado por el empresario Odón Vinyals o firmas como la Casa Clapés y la sociedad de Santiago Gisbert permitieron que el público barcelonés pudiera adquirir directamente jarrones de porcelana Satsuma e Imari, biombos, estampas, indumentaria tradicional, armaduras y finos trabajos de laca urushi. En 1890, con la apertura de comercios como el de Lo Tim Mong, la presencia de productos chinos cobró impulso, aunque el gran coleccionismo de arte chino alcanzaría su madurez a comienzos del siglo XX.

París seguía siendo el gran centro de abastecimiento. La burguesía catalana y los jóvenes creadores en viajes de formación visitaban con frecuencia los grandes almacenes y las galerías parisinas para adquirir las obras de mayor calidad técnica y antigüedad, las cuales luego ingresaban en las residencias barcelonesas.

Un hito fundamental en la visibilización de este patrimonio privado fue la fundación de la Asociación Artístico-Arqueológica Barcelonesa en 1877. Esta entidad organizó exposiciones retrospectivas y suntuarias con el propósito de catalogar los fondos artísticos de los ciudadanos y promover las artes aplicadas a la industria.

En sus catálogos de 1877 y 1878 ya constaban aportaciones de coleccionistas como Agustí Vintró, Felip Jacint Sala, Ramón Amado o Josep Talarn, quienes cayeron seducidos por la finura de los okimono de marfil, los pebeteros de filigrana, las katanas y los álbumes ilustrados. En esta época destacaron tres iniciativas privadas de singular trascendencia por su vocación pública y de exhibición abierta.

La galería de Josep Ferrer i Soler, ubicada en la Rambla del Centro, esta colección funcionaba a modo de gran gabinete de curiosidades iluminado cenitalmente. Albergaba armaduras de samurái, porcelanas, textiles, piezas persas y un biombo en el que se integraban decenas de grabados ukiyo-e. Ferrer fue una figura decisiva en el debate museístico catalán, defendiendo el modelo del South Kensington Museum de Londres para los futuros centros de la ciudad.

El Pabellón Imperial Japonés de Carles Maristany, inaugurado en 1881 entre el Paseo de Gracia y la Rambla de Cataluña, constituyó un caso único en el panorama español. Maristany, tras residir varios meses en Japón, regresó con una vasta colección de objetos e indumentaria. Mandó construir un edificio de arquitectura tradicional y encargó los decorados a los escenógrafos Félix Urgellès y Miguel Moragas para reconstruir pasajes de la vida y costumbres del país mediante maniquíes a tamaño real.

El Museo de Richard Lindau, cónsul de Prusia en Nagasaki durante los años de la Restauración Meiji y posteriormente asignado a Barcelona en 1876, instaló en la sede consular su colección personal reunida en Edo (Tokio). En sus vitrinas exhibía bronces, cerámicas, instrumentos litúrgicos de templos sintoístas, bordados en oro e marfiles de uso cotidiano.

El interés por el arte asiático tuvo como catalizador insigne al pintor Marino Fortuny. Aunque el maestro reusense desarrolló su labor principalmente entre Roma y París, su temprano interés por las composiciones asimétricas, las perspectivas descentradas y el estudio del dibujo nipón, a través del célebre Manga de Katsushika Hokusai, sirvió de faro e inspiración para toda una generación de creadores catalanes. Entre las colecciones de artistas vinculados al japonismo destacan de forma prominente…

Apel·les Mestres en su taller y vivienda conservó una de las bibliotecas de libros ilustrados y estampas japonesas más valiosas de la época. Adquirió en París cuentos tradicionales editados por Hasegawa y piezas magistrales del género ukiyo-e, tales como enciclopedias entomológicas de Utamaro e ilustraciones de Hokusai, las cuales influyeron de manera directa en sus propios trabajos de ilustración botánica y de seres fantásticos.

Alexandre de Riquer, amigo de Mestres y figura clave del Modernismo, acumuló publicaciones teóricas europeas sobre el arte nipón y álbumes ilustrados de la serie Bijutsu sekai, incorporando la sutil composición orientalista a sus exlibris, proyectos decorativos y cartelería.

Los hermanos Josep, Francesc y Lluís Masriera reunieron un rico catálogo de biombos, indumentaria, quimonos, máscaras de teatro Nō y esculturas búdicas en su taller de la calle Bailèn. Años después, Lluís Masriera utilizaría estos quimonos y armaduras como vestuario auténtico en la puesta en escena de sus obras teatrales de ambientación japonesa.

La colección de la familia Mansana, iniciada en 1885 por Josep Mansana, director de la Compañía Catalana de Gas y Electricidad, se convirtió en la colección privada de arte japonés más importante de España. Mansana entabló amistad con representantes de las delegaciones niponas durante la Exposición Universal de Barcelona de 1888, formando un fondo extraordinario de lacas urushi, brochados, guardas de espada tsuba y estampas de los grandes maestros del ukiyo-e.

El nacimiento de las instituciones museísticas públicas catalanas a finales del siglo XIX estuvo ligado a las donaciones de estos coleccionistas e indianos. El Museo Martorell de Historia Natural, fundado en 1878, y la Biblioteca-Museu Víctor Balaguer de Vilanova i la Geltrú, inaugurada en 1884, recibieron numerosas donaciones de piezas asiáticas. Entre ellas destacaron las aportaciones de diplomáticos como Joan Mencarini y Eduard Toda, quienes cedieron importantes piezas de bronce, numismática, escultura búdica e iconografía Qing y Meiji.

A pesar de que con el paso de las décadas y el relevo generacional muchas de estas colecciones privadas se dispersaron, fragmentaron o vendieron en el extranjero, el coleccionismo oriental en la Barcelona vuitcentista dejó una huella indeleble. No solo enriqueció los fondos de las instituciones patrimoniales catalanas, sino que transformó de forma definitiva la sensibilidad estética y el lenguaje formal del arte catalán en el tránsito hacia la modernidad.

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