Enrique de Ossó encargó a Gaudí la obra del Colegio Teresiano de Barcelona
El santo que fue amigo de Gaudí y se llevó un reproche: «Usted, a predicar y yo, a hacer casas»
La estrecha relación entre Enrique de Ossó y Antonio Gaudí, dos idealistas que dejaron huella en la Barcelona del siglo XIX
San Enrique de Ossó Cervelló nació en Vinebre el 16 de octubre de 1840 y fue ordenado sacerdote en 1867. Muy influido por la lectura de la vida de Santa Teresa, se sintió siempre muy cercano a ella e incluso quiso que una frase suya —«hijo de la Iglesia»— figurara en su sepulcro.
Dedicó gran parte de su vida a la catequesis y a las misiones populares. Consciente de la influencia de la prensa en la sociedad, realizó gran parte de su apostolado a través de escritos centrados en fortalecer la fe y defender a la Iglesia, muy perjudicada en aquellos años por la política de los gobiernos liberales.
Como sacerdote diocesano, fundó el Instituto de Hermanos Josefinos y el de Misioneros Teresianos. En 1876 creó la Compañía de Santa Teresa, con un mensaje claro: «el mundo será lo que sean las mujeres». Enrique de Ossó falleció el 27 de enero de 1896. Fue beatificado por Juan Pablo II el 14 de octubre de 1979 y canonizado el 16 de junio de 1993.
En 1871 se hizo cargo del semanario El Amigo, que, según Jaime de Burgo, era carlista, para contrarrestar otro de tendencia liberal y anticatólica llamado El Hombre. Joan Gabernet, biógrafo de Ossó, describe así esta batalla periodística:
«En Tortosa apareció un semanario de taberna, El Hombre, que arremetía contra las creencias cristianas del pueblo. Ossó lo calificó de infame, y parece que con razón. Altés decía que el verdadero nombre debía ser ‘El hombre bestia’. Pluma contra pluma, prensa contra prensa. Ossó fundó otra revista, modesta pero militante, llamada El Amigo del Pueblo. Salía cada domingo, redactada por un grupo de amigos entre los que figuraban Juan Bautista Altés, Domingo i Sol y Jacinto Peñarroya. Los artículos eran obra de Ossó, quien los firmaba como ‘El amigo’».
En julio de 1872 escribió al sacerdote Manuel Domingo i Sol: «Ayer leí El Hombre infame de Tortosa, que reaparece. Su primer artículo es ‘Guerra a la fe divina’. Por tanto, es urgente que reaparezca El Amigo. Si puede ser esta semana, mejor. El artículo de fondo corre a cuenta mía, si os parece bien». Finalmente, la revista no se publicó.
Sobre la relación de Enrique de Ossó con Antonio Gaudí, Gabernet nos cuenta:
“El proyecto del colegio era muy ambicioso. En la revista de julio se publicó a toda página el primer croquis, luego retocado por Gaudí, quien lo tomó con la seriedad de un artista cristiano. El trato con el mosén de Vinebre —que había trabajado de joven en Reus cuando Gaudí era un niño— le ayudó a descubrir una belleza superior a la que captaban los pobres ojos de carne. En el colegio de San Gervasio se juntaban dos idealistas: Gaudí, que moldeaba estrellas en azulejos, y Ossó, que multiplicaba los azulejos de piedra y almas, poniendo todo en la órbita de Dios.
La construcción fue un cúmulo de milagros, recordaría más tarde el padre fundador. Nadie sabe cómo Ossó logró reunir el dinero necesario. Sufrió dolores de cabeza, especialmente al vencer el primer plazo de pago, que casi lo lleva a los tribunales. Le concedieron dos días más para reunir los ocho mil duros que debía. Salió adelante, gracias a san José, que ponía a prueba, pero no ahogaba. Mendigando, la obra avanzaba para la gloria de Dios. Ossó intentó en alguna ocasión recortar las filigranas de Gaudí, que no parecía haber nacido para contar gastos, encaramado en el castillo del arte. Gaudí, sin embargo, no se mordía la lengua y le dijo: ‘Venga, venga, mosén Enrique, usted a predicar y yo a hacer casas’.
Ambos se entendían y eran tal para cual. Me temo que Gaudí sólo cobraría en el cielo por aquello que trabajaba con el alma. Posiblemente añadió su óbolo a la obra con la que Enrique de Ossó embellecería la futura Barcelona. Fueron dos grandes amigos.
Aunque las obras no habían acabado, el colegio ya lucía magnífico, porque Gaudí deseaba que fuera el mejor de Barcelona. ‘Será muy bonito y se estará muy bien’, aseguraba mientras avanzaban los trabajos.
Ese edificio, arquitectónicamente, predicaba. Los viajeros del tren de Sarriá que llegaban a Barcelona giraban la vista con gozo desde la ventanilla izquierda. Docenas de curiosos admiraban los símbolos teresianos que el originalísimo arquitecto había plasmado en el azulejo rojo, lleno de espíritu como la letra de Santa Teresa. Anagramas, escudos, insignias y detalles de una fantasía sobrehumana: todo respiraba y vivía en el singular edificio, gloria de Barcelona, que Enrique de Ossó comenzó sobre un terreno comprado sin una peseta (perdón, tenía una), por 26.000 duros. Enrique de Ossó, encantado y agradecido por la serie de milagros, cantaba —como el edificio— la gloria de Dios. Comprendió, en medio de todo, que Gaudí tenía razón cuando le decía: ‘Usted a predicar y yo a hacer casas, padre Enrique’”.