Vista de la plaza de Sant Jaume, en Barcelona: a la izquierda está la Generalitat y la derecha, el Ayuntamiento
Historias de Barcelona
La plaza que concentra todo el poder en Barcelona se construyó derribando una iglesia dedicada a Santiago
La plaza de Sant Jaume hoy alberga el Ayuntamiento y la Generalitat, pero durante siglos fue un templo
La plaza de Sant Jaume de Barcelona debe su fisonomía actual a una fecha relativamente cercana en el tiempo. Durante siglos no existía como plaza: era una plazuela que fue atravesada por un eje, promovido por el Ayuntamiento de Barcelona en 1820, para conectar la Ciudadela con las Ramblas. Por ese trazado recto, dividido en tres sectores, encontramos las calles Princesa, Jaime I y Fernando.
La calle tenía que representar la pujanza de la economía burguesa barcelonesa. Se le encargó el proyecto a Josep Mas Vila, arquitecto municipal. Teniendo en cuenta esto, decidieron dar realce a los dos edificios que se encontraban en la actual plaza: el Ayuntamiento de Barcelona y la Diputación del General de Cataluña, el actual palacio de la Generalitat.
Ahora bien, ¿cómo lo hicieron para convertir una plazuela en plaza? Como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, derribando y reconstruyendo. En la actual plaza de Sant Jaume había una iglesia dedicada a este santo. Detrás estaba la Casa de la Ciudad, donde se reunía el Consejo de Ciento, que se convirtió en el Ayuntamiento a partir de 1813.
La antigua iglesia
La entrada estaba situada en la calle Ciutat. La iglesia de Sant Jaume, o Santiago, estaba formada por el templo, rectoría, huerto y cementerio. El ábside y la torre estaban donde hoy encontramos la fachada del actual Ayuntamiento. En la entrada había un pórtico, del 1388, con cinco arcos ojivales y dos arcos laterales.
Porche de la antigua iglesia de Sant Jaume, en una ilustración de época
La iglesia estaba datada desde el 985. Empezó a ser parroquia en el 1057. En el pórtico era normal que se reuniera el Consejo municipal en las ocasiones notables. Estaba formada por una nave gótica, y algunos de los capiteles del porche se encuentran, hoy en día, en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).
También se sabe que las bóvedas y el porche tenían pinturas de Francesc Tramualles Roig, y que en una de ellas se representaba la batalla de Clavijo. La fachada estaba coronada por una barandilla con gárgolas, y tenía un campanario situado en la calle Ciutat. No queda nada de su interior.
Sabemos, además, que tuvo dos retablos: uno de Martín Díez de Liatzasolo, Pere Nunyes y Enrique Fernándes, y otro del siglo XVIII, obra de Nicolás Traver. Este último fue trasladado a la iglesia de Santa Mónica. En 1835 se vendió a la iglesia parroquial de Cardedeu y en 1936 fue quemado. Sólo queda un fragmento con los santos Esteban y Catalina, en el Museo Diocesano de Barcelona.
El Consejo de Ciento
Como hemos dicho, en la parte trasera estaba la Casa de la Ciudad, donde se reunía el Consejo de Ciento. Al principio, en el siglo XIII, este consejo se reunía en las escaleras del Palacio Real Mayor, en la plaza del Rey. Luego empezaron a reunirse en el convento de Santa Catalina, donde hoy encontramos un mercado con el mismo nombre. Luego, en el siglo XIV, lo hacían en el convento de San Francisco. Finalmente empezaron a hacerlo en el pórtico de la iglesia de Sant Jaume.
El Consejo de Ciento compró la casa adyacente a la iglesia, que era la del escribano de esta entidad. A partir de ese momento aquel lugar se convirtió en la sede de la Casa de la Ciudad. En la plazoleta, a parte de lo descrito anteriormente perteneciente a la iglesia, estaba la fuente de san Jaime y la Taula dels Comuns Dipòsits (Mesa de Comunes Depósitos), unas entidades financieras precursoras de las actuales cajas de ahorro modernas, con la diferencia de que estaban vinculadas a las instituciones municipales. También estaban las escribanías, donde había personas que escribían cartas para las personas analfabetas.
La puerta de entrada a la Casa de la Ciudad fue un encargo al maestro de obras Arnau Bargués. Era una fachada gótica, que aún puede verse. Eso sí, modificada y mutilada. El edificio constaba de dos pisos, y la puerta de entrada era un arco de medio punto con grandes dovelas. Sobre estas se esculpieron tres escudos: dos de la ciudad y el central con las armas del rey Pedro III, realizados por Jordi de Déu.
La antigua puerta de entrada a la Casa de la Ciudad
La puerta estaba coronada por una escultura del arcángel San Rafael situado debajo de un pináculo de Pere Sanglada, con ventanas góticas en ambos lados. En el piso superior, tres grandes ventanales de arcos apuntados con dos finas columnas, con decoración de tracería gótica, de la que quedan dos. En la parte superior de la fachada hay un friso de arcos ciegos, gárgolas y pináculos. Las gárgolas son de Pere Johan, hijo de Jordi de Déu. En ambas esquinas encontramos a San Severo y Santa Eulalia, que en aquella época eran copatrones de Barcelona.
Patrimonio rescatado
Cuando en 1823 se derribó la iglesia, estuvo a punto de destruirse todo este patrimonio, pero logró salvarse gracias a las protestas de la Real Academia de las Buenas Letras y la Real Academia de Bellas Artes de San Jordi. Consiguieron salvarla, pero no pudieron impedir que se mutilara.
Hoy en día podemos observar la fachada entera hasta la puerta. El arco que la decoraba está doblado en 90 grados. Esta es la solución que se le ocurrió al arquitecto municipal, Josep Mas Vila. El escudo de la derecha de la ciudad también quedó mutilado. La escultura del arcángel San Rafael se rompió, y la actual es una réplica.
El encargado de construir la nueva fachada del Ayuntamiento, una vez derribada la iglesia, fue hecho al mismo arquitecto municipal. Esta se inauguró en 1847. De estructura neoclásica, tiene un esquema donde se adelanta la parte central, para remarcarla en el primer piso, con cuatro grandes columnas con capiteles jónicos que forman el balcón presidencial.
Cuando se inauguró la plaza, se le puso el nombre de Constitución. Mas Vila incluyó en la fachada un reloj y dos estatuas, a lado y lado de la puerta de entrada: una dedicada a Jaime I y la otra a Juan Fivaller. Años después, en 1940, pasó a llamarse plaza de San Jaime, en recuerdo a la antigua iglesia desaparecida en 1823.