G.K. Chesterton con su mujer, Frances, en una imagen de archivo
Historias de Barcelona
La ciudad catalana donde Chesterton vio su primer semáforo: lo convirtió en una genial lección de vida
Enrique García-Máiquez recupera una anécdota que revela el carácter y la personalidad del autor inglés
El genio británico G.K. Chesterton –autor de, entre muchas otras obras maestras, El hombre que fue jueves, El hombre eterno o la serie del padre Brown– será uno de los tres protagonistas del IV Congreso Internacional «Fe, Arte y Mito». El evento, centrado en la obra de Chesterton, pero también en la de J.R.R. Tolkien y la de C.S. Lewis, se celebrará en Barcelona dentro de unos días, entre el 17 y el 19 de octubre.
La relación entre Chesterton y la capital catalana, no obstante, viene de mucho más atrás. De hecho, el año que viene se cumplirán 100 años de la visita del inglés a Barcelona: en mayo de 1926, Chesterton viajó a la ciudad invitado por la sección catalana del PEN Club, como parte de un tour por toda España.
En lo que él mismo escribió acerca de este viaje, «alabó la fiesta y estaba entusiasmado por la relación entre padres e hijos, mucho más próxima que en Inglaterra, así como de ver las iglesias llenas», recordaba en una conversación con El Debate la directora del Centro de Estudios y Documentación G.K. Chesterton, Sílvia Coll-Vinent.
Según las crónicas de la época, Chesterton ofrecía en Barcelona una estampa inconfundible: recorría la Rambla con un fajo de periódicos bajo el brazo, y ofreció varias conferencias en las que pronunció «palabras de ángel». Se cuenta, además, que en Barcelona fue donde Chesterton vio por primera vez un semáforo.
Recoge la anécdota un chestertoniano de pro, el poeta y columnista de El Debate Enrique García-Máiquez, en un artículo publicado recientemente para la serie Papers de Pensamiento Político del Club Tocqueville. García-Máiquez –que es, también, uno de los ponentes del citado Fe, Arte y Mito– refiere la historia en este texto, titulado no sin cierta retranca como Gilbert K. Chesterton: En el semáforo de la política.
En el texto, García-Máiquez describe así el descubrimiento del semáforo: «Su secretaria [de Chesterton] Dorothy Collins, que conducía el coche, no supo qué hacer frente a ese Polifemo por triplicado de luces de colores», por lo que causaron «un considerable atasco».
Sin embargo –la anécdota concluye con una aguda lección vital–, cuando Collins afeó a Chesterton que hubiese seguido leyendo en el asiento trasero sin inmutarse en vez de ayudarla, éste contestó: «Querida, te ayudé de la mejor manera posible. De gritarte indicaciones absurdas y contradictorias, habría empeorado más la situación».